27 de junio de 2009

ESCENAS DE SILLMAREM (El encargo del Imperator. Parte I)



I

Capítulo I. “El encargo del Imperator”


“NO EXISTE NADA QUE ME DIVIERTA MÁS NI QUE ME PRODUZCA TANTO REGOCIJO Y PLACER COMO COMPROBAR A DIARIO QUE NO HAY NADA MÁS ÚTIL Y MANEJABLE PARA MIS PROPIOS FINES QUE LA VIOLENCIA DEL IGNORANTE”.
CONDE ALEXANDER VON HASSLER RAVENTTLOFT.
(COMENTARIOS)



-Hace un poco de frío mi querido Conde, ¿no creéis?.
—En absoluto, mi apreciado Slava Taideff, en absoluto. No hay nada que nos enseñe más a valorar algo que la propia ausencia de ese algo —murmuró el Conde con voz lejana.
Slava Taideff fue a protestar pero se cuidó mucho de importunar al Conde pese a que para sus adentros maldijese la mal disimulada condescendencia de la que hacía gala. Un rasgo muy suyo era el uso de floridas frases en los momentos más inverosímiles. La actitud del sobrino del Imperator no daba pie para la más mínima duda.
No quería despegar los labios para ningún tipo de bagatelas. Por un momento, con el rabillo de un ojo gris perla, Slava Taideff recorrió de arriba a abajo la singular figura del Conde Alexander Von Hassler, sobrino del Señor del Imperio de las dos águilas de platino.
Se hallaba cómodamente sentado con sus delgadas piernas cruzadas, luciendo unas relucientes botas de caña alta. Sobre sus rodillas apoyaba ambas manos embutidas en la clásica casaca negra imperial. Tocándose cada yema de sus dedos formando una semiestrella que partía sus labios en dos partes iguales.
Un hermético rostro de pálida piel, a cuyos lados caía una amplia melena de rizados cabellos negros como el carbón. Sus párpados seguían cerrados ocultando unas profundas pupilas que parecían haberse sumergido en los laberínticos pensamientos del Conde.
Una vez más, Slava Taideff se agitó nervioso. Todo a su alrededor era silencio y oscuridad. Una siniestra oscuridad que le ponía la piel de gallina, aunque nuevamente se guardó mucho de que sus regordetes rasgos transmitieran el más leve gesto de debilidad. Podía sentir el aliento del depredador tanteando a su nueva presa con sibilina paciencia.
A sus espaldas percibía la respiración del senescal del Conde, Mesala, aunque era más correcto llamarle «Mesala el cruel». Era la mano derecha del Conde. Sus cabellos platinos, sus ojos azules como el mar y su alta y musculosa figura estaban completamente ocultos por aquella omnipresente oscuridad. La única luz que llegaba a las retinas de Slava Taideff era la de una arena con forma pentagonal situada a no muchos metros de su dorado palco imperial.
De una de sus metálicas puertas triangulares, en no mucho tiempo, saldría el principal motivo que justificaba su presencia en aquel maldito palco y en aquel maldito planeta, Ákila.
Inconscientemente se llevó la mano a su dorado reloj que pendía de una gruesa cadena de oro, colgada de un elegante chaleco de seda roja que delataba una amplia y pronunciada barriga. Un reloj que para muchos podía ser una antigualla, pero que para el embajador de Septem era un signo de distinción.
—No os impacientéis mi querido embajador, no os impacientéis —dijo sonriente y sin abrir los ojos el Conde mientras volvía a cruzar las piernas pero cambiándolas de posición.
Slava Taideff guardó el reloj no sin darle cuerda antes, disponiéndose a aguardar pacientemente. Aquello era una severa prueba para sus nervios, y el Conde ¡Malditas fueran sus entrañas! lo sabía. Eran cerca de las cuatro de la madrugada y no sólo todavía no había logrado adaptarse a los biorritmos de aquel condenado planeta sino que lo habían sacado de sus aposentos a aquellas horas tan intempestivas.
La excentricidad del Conde era insoportable. ¿Es que esto no va a comenzar nunca? Y además aquel penetrante frío que se le metía a uno hasta los huesos.
Inesperadamente el Conde chasqueó sus dedos. Los calefactores situados debajo de sus asientos comenzaron a funcionar. Un suspiro de alivio aleteó por los carnosos labios de Slava Taideff al mismo tiempo que una amplia sonrisa se dibujaba en el rostro de Mesala y de forma más discreta en las cinceladas facciones del Conde.
El calor empezó a acariciar todo su cuerpo. Lanzó otra furtiva mirada al Conde. El silencio de éste parecía decirle: «Tened la bondad de aguardar un poco más y de no interrumpir mis meditaciones».
Trató de serenarse haciendo, por enésima vez, un repaso de sus instrucciones. Los máximos dignatarios de la Heptarquía de Septem, su mundo de origen, habían sido muy precisos en sus órdenes al respecto: «No le provoquéis y dadle lo que pide. No debéis levantar ni la más mínima sospecha. Ha de estar completamente seguro y satisfecho del producto que le ofrecéis, de que éste cumple los requisitos exigidos por el Imperator, de tal manera que no pueda siquiera imaginar la posible existencia de uno mejor.
Independientemente del resultado de la guerra, y estad seguro que ésta estallará en breve, el vencedor saldrá lo bastante debilitado como para que no sea ningún obstáculo para que Septem ocupe el lugar que le corresponde por derecho propio, como lo ocupó siglos atrás antes de sucumbir bajo el poder del planeta Thenae. Ese será un error que no volveremos a cometer. Nuestra recuperada grandeza superará incluso a la del mismo Imperio de las dos águilas».
Slava Taideff pasó la mano por su perilla gris, ocultando una secreta satisfacción. El universo entero sucumbiría ante toda una nueva raza. Una soberbia raza de guerreros creados genéticamente, dando como fruto a un híbrido humano—animal, con unas capacidades que superaban todo lo visto hasta el momento. Nadie podía ni tan siquiera soñar que Invenio, con su más sofisticada tecnología molecular, había logrado fabricar un mineral de Vignis artificial de diez veces más calidad que el extraído en las minas de Krystallus—Nova.
Un mineral usado para la aplicación y producción mediante ingeniería genética, de una raza de superguerreros, de los cuales el Imperator sólo tendría un vulgar prototipo—beta de baja calidad. Septem había hecho realidad lo que para los antiguos era tan solo un sueño sobre el papel y nadie, absolutamente nadie, lo sabía. Ni tan siquiera el propio Conde.
Todo el cosmos temblaría ante aquella portentosa creación, que cada día era perfeccionada por los científicos de Septem. Aquello era tan solo el principio de una senda que ofrecía infinitas posibilidades. Una senda única y exclusivamente controlada por Septem.
Quien tiene el control, tiene el poder, pensó orgulloso de sí Slava Taideff. Lo que el Conde ignoraba era que lo que le estaba brindando Slava Taideff era hacer de cobaya para ellos. Las mejores marionetas son aquellas que no saben que lo son. Y él, era el constructor de las marionetas. La vida, en ocasiones, es tan hermosa, pensó con alegría.
Al fin y al cabo, qué eran la inmensa mayoría de los hombres sino simples marionetas. Títeres en manos del poder, salvo, claro está, quienes sabían hacerse un hueco en él. Y en ese momento Septem era el poder. Y él, Slava Taideff, la persona que manejaba con suprema maestría los hilos de las marionetas.
—¿En cuánto tiempo Mesala? —preguntó
repentinamente el Conde.
—Cinco minutos, diez como máximo, mi Señor.
—Bien, bien. Podemos esperar, ¿no es verdad mi querido embajador?
—No faltaba más mi estimado Conde —dijo Slava Taideff observando con curiosidad las manos del Conde. Eran unas manos delicadas, largas, suaves como la seda. Acostumbradas a ser servidas al instante, pensó con ironía Slava Taideff.
El Conde portaba en ambos índices y meñiques cuatro dorados anillos que lucían engastadas cuatro enormes perlas de Iridyssen, de enorme valor.
—Todo llega a quien sabe aguardar —dijo el Conde con una enigmática sonrisa.
—Por supuesto, por supuesto —aceptó Slava Taideff. Semiángel, semibestia. El hombre es una criatura volátil, pensó el embajador de Septem para sí. Y éste que tengo ante mí es uno de los más extraños y desconcertantes.
El portón de la puerta triangular se abrió verticalmente mostrando una doble hilera de soldados uniformados que comenzaron a tomar posiciones alrededor de toda la arena. Todos ellos armados con potentes rifles láser de disparo automático. La iluminación aumentó de intensidad.
—Bien, espero que las afirmaciones sobre vuestros productos de ingeniería genética se vean justificados esta noche —murmuró el Conde con los ojos cerrados.
—Pero mi querido Conde, en Septem hemos elevado la ciencia de la transgenética a la categoría de arte. Un pintor crea cuadros, un escritor libros, pero ni por asomo se pueden comparar todos estos logros con el de crear la Vida. El fruto de nuestro arte está vivo. ¡Son criaturas vivas, mi Señor! —respondió indignado Slava Taideff.
—Por muy vivas que estén, son artificiales. Todo lo creado por el hombre independientemente de los medios de que se valga, ha sido, es y será siempre catalogado como artificial.
—Es cuestión de puntos de vista. Aunque reconozco que el vuestro es tan respetable como el que más.
—Veremos.
—Pero mi Señor, os voy a proporcionar el sueño de todo militar, de todo ejército, de todo líder como vos. El soldado perfecto.
—¿Qué soldado es ese? —preguntó el Conde con irónica curiosidad.
—El que os traerá la victoria sobre vuestros rivales —sentenció Slava Taideff.
—Ningún enemigo mío o del Imperator es digno de ser calificado así. No creo que se les pueda considerar rivales. Personalmente les considero como piezas de ajedrez que deben ser eliminadas para que pueda ganar la partida. Resulta más poético así, ¿no creéis?
—Como gustéis, mi Señor. Es un punto de vista un tanto sugerente.
Slava Taideff deglutió. No es que temiera por su seguridad pero no se le había permitido acceder al recinto con ningún tipo de escolta y aquello era frustrante. Se sentía como el manipulador manipulado. Pues bien, otro giro de tuerca del destino, le devolvería el control de la situación.
Era tan solo una cuestión de paciencia. Toda precaución pecaba de pequeña cuando se tenía enfrente a una alimaña tan letal como el Conde. Slava Taideff paseó su mirada por las gradas que rodeaban la arena—pentagonal. Permanecían oscuramente vacías. Tan vacías como el corazón del Conde. Aquel pensamiento le divirtió y le asustó al mismo tiempo.
Súbitamente, por otra puerta triangular situada justo a su derecha, emergieron los guerreros seleccionados por el embajador de Septem. Su pulso se aceleró momentáneamente.
Dos hombres y una mujer. Ataviados con las protecciones propias para la lucha en la arena. Corazas con protecciones para brazos y pies, perfectamente adaptados a sus cuerpos.
Eran armaduras duras, ligeras y extremadamente flexibles. Como una segunda piel. No convenía estropear una mercancía tan preciosa a los ojos del Conde. El trío de guerreros avanzó lenta y solemnemente. Su apariencia era completamente humana.
Imagen externa que, sin embargo, ocultaba una ferocidad fuera de lo común junto a unos recursos tan insospechados como mortíferos. Ahí le espera un auténtico pozo de sorpresas, pensó Slava Taideff.
Los guerreros se detuvieron en el centro de la arena. Giraron sobre sí al mismo tiempo, mirando de frente al palco imperial. Acto seguido se arrodillaron levantando un puño a la altura del pecho izquierdo, e inclinaron la cabeza.
No podían percibir otra cosa que el escudo imperial, dos águilas de platino, situado debajo del palco. Estaba protegido por un opaco cristal blindado que ocultaba a sus ocupantes de cualquier mirada del exterior.
Permanecieron así durante varias pulsaciones, alzándose y retrocediendo unos cuantos pasos y aguardando pacientemente hasta el inicio del combate. Sus pupilas medían con escrupulosidad hasta el más pequeño detalle de aquel escenario de lucha, buscando las ventajas y desventajas del terreno.
Sus sentidos permanecían en máxima alerta, estudiando y palpando con una habilidad que se percibía muy preparada. No parecían asustados en absoluto. Su control emocional era perfecto.
Los gélidos ojos del Conde se abrieron fugazmente durante un segundo y sus párpados volvieron a caer una vez satisfecha su curiosidad. Los movimientos de los guerreros eran precisos, fríos y fluidos. Aquella primera ojeada agradó y cumplió con las expectativas del Conde. Son disciplinados y poseen una fuerte empatía entre ellos. Bien, eso hará más fácil su instrucción, pensó el Conde.







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