28 de junio de 2009

ESCENAS DE SILLMAREM (El encargo del Imperator. Parte II)


II



Capitulo I: “El Encargo del Imperator”. (Parte II).



—Mesala si eres tan amable —pidió el Conde alargando lánguidamente la mano mientras Mesala sacaba de un bolsillo de su negra casaca una larga boquilla, colocándole después de haberlo encendido, un fino cigarrillo especialmente fabricado para el sobrino del Imperator en los lejanos mundos de Indha.
Raras personas tienen el hábito de los antiguos de tragar humo como el Conde. Exceptuando, claro está, a las gentes de Thenae, pensó Slava Taideff observando al Conde. Éste lo degustó dándole una larga calada, expeliendo el humo con complacencia. Algo arañó la puerta a sus espaldas.
Mesala giró sobre sí mismo y oprimió una tecla, abriéndose con un silbido la puerta de entrada. Slava Taideff sintió cómo un cálido y suave pelaje rozaba una de sus manos. Sus ojos siguieron un movimiento entre las sombras hasta que se toparon, atemorizados, con la figura de dos enormes panteras «dientes de sable», en cuyos cuellos brillaban dos collares cuajados de piedras preciosas, diamantes de Zankla.
Estos dos magníficos ejemplares de predadores se acercaron mansamente hasta el Conde buscando una cariñosa caricia de su amo. Debe haber una fabulosa fortuna concentrada en esos collares, pensó con avaricia el embajador de Septem. Por sus miembros relampagueó un estremecimiento y el pánico mordió sus intestinos, produciéndole la urgente necesidad de ir al retrete.
—Venid a mí, chiquitines. Venid a mí, mis pequeños —dijo el Conde con acento alegre mientras acariciaba con dulzura el cuello de sus mascotas.
Éstas pasearon sus cabezas acariciando las rodillas del Conde, tumbándose finalmente a sus pies. Emitiendo un constante ronroneo de satisfacción.
—¿No son magníficos mis pequeños? —preguntó el Conde, sonriente. Dio otra calada, expeliendo otra bocanada de humo, poniéndose a dibujar en el aire pequeños aros y volutas.
—Sí —fue todo lo que logró articular Slava Taideff.
Anteponer la fuerza de voluntad al pánico es lo que se denomina como coraje, se dijo a sí mismo tratando con esfuerzo de que la calma retornara a él para, por todos los medios, serenarse y no perder la compostura.
—No os preocupéis, querido embajador, mis querubines ya han cenado —murmuró el Conde.
¡Vaya consuelo! pensó Slava Taideff sintiendo cómo otro retortijón le sacudía el estómago. Un segundo después las barbillas de los Homofel, al unísono, se alzaron mirando fijamente al frente. Parecían haber olfateado las feromonas de sus rivales y aquello no pasó inadvertido al Conde. Este se miraba, como quien no quería la cosa, las uñas de su mano izquierda. Ya que, muy lejos de lo que pudiera pensar Slava Taideff, el Conde había previsto aquella actitud.
De otra puerta triangular, esta vez a su izquierda, surgieron otros tantos luchadores ataviados y armados para un combate en la arena. Se dirigieron al centro de la misma, repitiendo el mismo saludo lanzado con anterioridad por los guerreros de Slava Taideff.
—¡Larga vida al Imperator Viktor Raventtloft I!
Retrocediendo también como estos y preparándose para la lucha inminente mientras comprobaban sus armas y equipos. Clavaban, de vez en cuando, miradas furtivas a sus rivales que, como figuras de bronce, permanecían inmóviles. Aguardaban la hora del enfrentamiento con una calma que llamó mucho la atención de los hombres del Conde, provocando su desconfianza y recelo.
Habían salido por el portón de entrada con toda la agresiva arrogancia del cazador y en tan solo unos cuantos segundos ya sentían la ansiedad de la presa. Olían el peligro. Aquello llamó poderosamente la atención del Conde.
—¡Nueve! mi querido Conde, ¡nueve! Creáis una diferencia de tres a uno. ¡Me lo prometisteis!, me prometisteis igualdad de condiciones para mis Homofel —se quejó visiblemente indignado Slava Taideff.
—Mi querido embajador, si vuestros guerreros son como vos me asegurasteis, creedme, ya están en igualdad de condiciones —dijo con frialdad el Conde lazándole una mirada que no admitía réplicas.
Slava Taideff empezó a levantarse de su asiento cuando sintió cómo la mano de Mesala se posaba en su hombro obligándole a sentarse. ¡Los muy estúpidos! Si sus hombres los acorralan, desatarán toda la furia de mis Homofel con terribles consecuencias para todos ellos, pensó.
La autosuficiente sonrisa que exhibió el Conde a Slava Taideff le obligó a mantener cerrada la boca, ya que pese a que éste había prohibido a sus Homofel usar otras armas salvo las elegidas por el Conde, sabía que podían desobedecerle si se veían acorralados.
¡Es muy estúpido! Poner a un Homofel en peligro de muerte provocará el uso de sus poderes para eliminar cualquier amenaza para su especie. Pues bien, como dirían los antiguos, el Conde ha sembrado vientos y recogerá tempestades, pensó el embajador de Septem mientras devolvía una cándida sonrisa que despertó la curiosidad del Conde.
Dos Casacas negras, dos Zasars, dos Gladiatores imperiales, dos Metamorfos y un Ciberdroide de guerra. ¡Increíble!, cinco de las mejores armas que poseen las tropas del Imperio. Menuda sorpresa os vais a llevar querido sobrino del Imperator, pensó.
—Hay demasiado silencio aquí —dijo bostezando con sonoro aburrimiento el Conde al mismo tiempo que soltaba un pequeño eructo sin ningún recato—. ¿Os gusta Vivaldi?
¿Música? ¿Por qué habla de música el Conde en un momento crítico como este?, pensó sorprendido.
—He escuchado algún concierto en el Teatro imperial, mi Señor.
—Vamos, vamos. No seáis tan modesto, querido amigo —amonestó el Conde—. Bien, que sea Vivaldi mi buen Mesala. Las cuatro estaciones, a ser posible.
Mesala asintió pulsando una orden en su teclado de pulsera. Por unos altavoces disimulados alrededor de la arena—pentagonal comenzó a sonar la pieza musical elegida por el Conde. Slava Taideff enmudeció, mirando estupefacto al Conde, sin saber qué decir.
—Ah, la primavera. Hay que reconocer que los antiguos, pese a lo primitivo de su desarrollo tecnológico, tenían cierto talento para la música. Es delicioso, francamente delicioso. Escuchad esta parte de cuerda, magnífico —dijo el Conde con ojos extasiados, desperezándose.
Los guerreros imperiales parecían acostumbrados a sus excentricidades. No obstante, los Homofel de Slava Taideff nunca habían escuchado una música semejante, quedándose durante varios segundos maravillados ante aquella exótica pieza. Rápidamente se concentraron en sus rivales de enfrente.
Una luz naranja situada encima de la puerta triangular central parpadeó tres veces. Todos los guardianes imperiales con sus enormes rifles láser abandonaron el recinto desapareciendo por aquella salida con presteza y férrea disciplina, cayendo a sus espaldas el portón de seguridad con un metálico siseo.
—Que comience la función —murmuró alegremente el Conde frotándose las manos de pura excitación.
Sobre la arena, los guerreros imperiales formaron un semicírculo de ataque, avanzando tan solo tres de ellos. Dos Casacas negras y un Zasars. El resto permanecía aguardando su turno. Los Homofel formaron un triángulo defensivo, dejando más atrasada a la hembra del grupo. Las estrofas de música daban a la arena—pentagonal una sensación surrealista.
Los soldados dieron un paso más, con una coordinación perfecta, como si los uniera un lazo—psíquico. La pareja de Homofel más adelantada se puso de perfil, adelantando cada uno su pierna izquierda, ofreciendo tan solo un lado al mismo tiempo que levantaban en un gesto defensivo una katana—corta, alargando a todo lo que daba de sí su brazo izquierdo, situándola a la altura de los labios.
Los soldados imperiales avanzaron otro paso formando una única línea de ataque a la vez soltaban su aterrador grito de batalla.
—¡Kosakre! ¡KOOSAAAKREE! (¡Saborearé la sangre de tu derrota!). Las armas que les habían permitido portar a los Homofel eran únicamente una katana larga y un cuchillo corto de artesanía rebelis. Para Slava Taideff era algo tremendamente cautivador cómo la práctica totalidad de los Homofel solían escoger armas de origen rebelis instintivamente.
Por el contrario, los soldados imperiales iban armados hasta los dientes. Tenían nunchakus de triple vara, espadas largas, tonfas de plastanio, redes eléctricas, amplios tridentes y katanas imperiales de doble filo, tremendamente afiladas y generalmente impregnadas de veneno. Sentían el contacto de sus armas con una autosuficiente confianza. Se aproximaron un paso más mientras las notas de Vivaldi saturaban el ambiente.
Enigmáticos, pensó el Conde.
—Solo en el combate cuerpo a cuerpo, apreciareis la esencia de este inapreciable presente, mi Señor —susurró Slava Taideff. El drama seleccionado por el Conde estaba a punto de comenzar.











































































































































































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