10 de julio de 2009

ESCENAS DE SILLMAREM (La alianza. Parte I)



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IV
«YO SOY LA MÁXIMA EXPRESIÓN Y LA ESENCIA MÁS EVOLUCIONADA DEL DEPREDADOR DE DEPREDADORES, EL HOMBRE».
VIKTOR RAVENTTLOFT. (EL PODER DE LA CÉLULA)

Capítulo IV. La alianza. (Parte I).
Tres días más tarde, tras la caída de Zaley–te, con una nutrida escolta de guerreros Shinday, Stephan Seberg aguardaba pacientemente una insólita visita, tan difícil de creer como inesperada. Se hallaba oculto y a punto de partir de Zaley–te, en lo más profundo de uno de sus escondites submarinos cerca de las tierras del sur del planeta, cómodamente sentado en un sillón de piel de agua oceánica.
Sus ropajes oficiales habían desaparecido, sustituidos por la capa y uniforme de un guerrero Shinday del pueblo Rebelis. Observaba complacido las evoluciones marinas de una gigantesca rhino–ballena azul de lomo moteado que jugueteaba con su cría al otro lado de un gigantesco ventanal submarino.
Stephan sabía que aquella espectacular criatura no podía verle pero sí notar su presencia. Un majestuoso paisaje acuático se mostraba ante sus pupilas. La misma estancia submarina en la que se encontraba, era una gran obra de ingeniería creada por él mismo e inspirada en las lecciones recibidas por los mejores aquaingenieros de Sillmarem.
Se hallaba intrigado por lo que Onistaye le había hecho saber mediante un mensaje cifrado esculpido con un láser–óptico en las retinas de un mensajero Rebelis. Al parecer, Rebecca Sillmarem, la hija del mismísimo Archiduque de Portierland, solicitaba su audiencia y su protección.
Era un inesperado golpe del destino justo antes de su inminente partida. Si en verdad era ella, podía suponer un completo giro de los acontecimientos. Miró la lucecita del tubo–ascensor. Varios parpadeos luminosos, el suave siseo y un deslizar de puertas automáticas le mostraron una escolta de guardia Rebelis rodeando a una figura ataviada con una capa de camuflaje.
¡Así que es ella!, pensó Stephan Seberg. ¡Increíble!, ¿cómo demonios habrá superado los cinturones de seguridad imperiales? Puede ser una trampa. Una discreta seña de uno de sus lugartenientes le dio a entender que había pasado los controles de seguridad interna, los análisis de ADN, oculares, dactilares y de voz. Daban positivo. Todo iba bien por el momento.
—Sentaos, por favor. Una levito–silla le fue ofrecida por un guerrero Shinday. Rebecca agradeció el gesto con una silenciosa inclinación de cabeza.
—Sed bienvenida. Lamento no poder ofreceros nada pero nuestras rutas de suministros han sido bloqueadas y creo que de manera definitiva. Bien, ¿en qué puedo ayudaros? —preguntó Stephan.
Rebecca dejó deslizar sobre sus hombros, en un delicado gesto, su capucha, mirándole fijamente a los ojos por un momento.
—Os agradezco a vos y a vuestros hombres la protección y hospitalidad, Señor Premier
—su tono de voz parecía sincero.
— ¿Cómo lograsteis contactar con mis hombres? —inquirió bruscamente Stephan.
—Un explorador de las fronteras me ayudó. Se llama Nika Corintian, posee buenas relaciones con los Rebelis.
— ¿Es ese de ahí? —preguntó señalando a una alta figura custodiada por cuatro guerreros Shinday. No parecía nervioso en absoluto.
—El mismo.
—Poco es lo que puedo hacer ya por vos. Mi pueblo huye y Sisfron está cayendo bajo las hordas imperiales —explicó Stephan. La rhino–ballena comenzó a alejarse con su cría.
—Sé lo que es eso —dijo amargamente Rebecca.
—Vuestra familia… —comenzó a decir Stephan.
—Creo poseer la llave para derrotar al Imperator —cortó Rebecca secamente.
—¿Ah, sí? ¿Cuál es esa llave? —preguntó Stephan.
—No lo sé exactamente pero eso poco importa. El Imperator seguirá arrasando planeta tras planeta, al igual que ha hecho con Zaley–te y Portierland —dijo Rebecca—. Después, en ausencia de toda oposición, asumirá el poder incluso de Krystallus–Nova. Será el principio del fin.
—Necesitareis un transporte que os ayude a llegar a los mundos de Sill —aventuró Stephan estudiando con detenimiento las reacciones faciales de Rebecca— Puede que esto no sea el fin.
Rebecca le miró atónita:
— ¿Qué queréis decir? ¿Acaso ignoráis lo desesperado de nuestra situación?
—Dudo que esa sea la verdadera intención del Imperator, aunque sí puede ser la de su sobrino. Corren rumores…
—Me confundís, por favor Señor, explicaos —casi ordenó Rebecca.
— ¿Y si Krystallus–Nova perdiera su monopolio? —preguntó Stephan.
—Pero, ¿perder su monopolio? Eso es imposible. En todo caso sería para mejor
—dijo Rebecca.
— ¿Vos creéis eso?
— ¿En qué os basáis para afirmar lo contrario? Dejad de especular os lo ruego y ofrecedme algo más tangible —exigió Rebecca.
Stephan sacó un pequeño estuche escarlata recubierto de terciopelo de su bolsillo y lo puso sobre la mesa, abriéndolo y sacando del mismo un pedazo de lo que parecía ser mineral de Vignis. Se lo entregó a Rebecca y observó cómo lo estudiaba con intensa concentración.
Rebecca pudo comprobar que el peso, el tacto, el color, e incluso el olor eran prácticamente iguales al Vignis común, pero su violáceo brillo parecía más intenso. Un fulgor característico, muy brillante. Demasiado brillante, pensó Rebecca.
—Es el mineral de Vignis más puro que he visto en mi vida. Este ejemplar en el mercado valdría una auténtica fortuna.
Stephan volvió a poner el valioso mineral en su estuche y se lo guardó en el bolsillo, dibujando una sonrisa.
—Es falso —aseguró Stephan.
—No puede ser. ¡Estoy segura!
—Bueno en realidad debería decir que no es natural —matizó Stephan.
Rebecca le miró perpleja.
— ¿Queréis decir que es…?
—Sí, es artificial —aseguró Stephan.
La alta figura de Nika Corintian, a sus espaldas, apenas pudo disimular una exclamación de sorpresa.
— ¿Dónde habéis conseguido…? —comenzó a preguntar Rebecca.
—Deberíais preguntaros en todo caso quién, cómo y por qué ha fabricado esto, junto a las consecuencias que se derivan de todo ello —sugirió Stephan.
— ¿Cómo…? —preguntó Rebecca.
— ¿Cómo lo he conseguido?
Rebecca asintió en silencio.
—Llegaron hasta nosotros algunos rumores sobre la fabricación de un sucedáneo tan potente como el Vignis, creado con la más sofisticada ingeniería molecular de Invenio. Imaginaos nuestra sorpresa al interceptar un cargamento cerca de Septem donde hallamos una buena cantidad de estas muestras. Como ya habéis podido comprobar es de una calidad muy superior a la normal y en contra de lo que se podría esperar, sus propiedades han sido aumentadas casi diez veces más que las del Vignis natural —explicó Stephan—. Una de las principales preocupaciones a lo largo de las últimas décadas ha sido el agotamiento de las minas de Vignis. Siempre se ha intentado fabricar un sucedáneo pero con escaso éxito.
El Vignis es por encima de todo, energía en el más amplio sentido de la palabra. Prácticamente nada se mueve hoy en día sin este poderoso mineral. De sus muchos derivados el más apreciado, como bien sabéis, es el néctar de Vignis o miel de Vignis obtenido mediante un complejo proceso artesanal. El máximo temor por el agotamiento de este mineral no era la carencia de energía, sino la del néctar, que produce un retardamiento de la vejez impidiendo el endurecimiento de los vasos sanguíneos y como consecuencia permite un mayor transporte de oxígeno que favorece la regeneración celular y neuronal hasta ciertos límites.
Rebecca palideció.
—No puede ser, ¡no es posible! Si han logrado aumentar sus propiedades, han logrado… —exclamó Rebecca.
—Aumentar la longevidad —interrumpió Stephan.
—Si Invenio puede fabricar un Vignis de mayor calidad, tarde o temprano cualquier mundo lo hará. El mercado se saturará, los precios bajarán y Krystallus–Nova perderá su monopolio. El Vignis estará al alcance de todos, no sólo de los más pudientes. Cada mundo será más independiente. Aunque el Imperator retrasara la salida al mercado de este sucedáneo vendiendo una buena parte de los stocks almacenados y ganara así mucho dinero, después lo perdería. Todos los demás saldríamos ganando. Entonces, ¿por qué tanto interés por Krystallus–Nova? —preguntó finalmente Rebecca.
—Su monopolio ya está roto, pero al parecer el Imperator tiene prisa por hacerse con el control de Krystallus–Nova.
— ¿Pretende arruinar especulando? —preguntó confundida, Rebecca.
—No es esa la máxima prioridad del Imperator, ni son estas todas las ventajas del nuevo mineral —dijo Stephan.
Explicaros.



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