11 de julio de 2009

ESCENAS DE SILLMAREM (La alianza. Parte II)



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IV

Capítulo IV. La Alianza. (Parte II).
—Analicemos los hechos. Con este nuevo mineral no solo se aumenta la longevidad. Según mis informaciones en Septem, no olvidéis que este cargamento fue interceptado en uno de sus mundos fronterizos, se están llevando a cabo experimentos con un nuevo potenciador o sustancia que permite el desarrollo y mutación de ciertas características genéticas, utilizando para ello una mezcla de genes alterados anteriormente en otras especies. Se produce entonces un cambio evolutivo cuyo resultado final es un formidable salto genético. Fijaos bien, ya no solo es la fabricación de un híbrido cuyo genotipo es modificado molecularmente produciendo una mutación de genes «puros» de otras especies. Es una mezcla de varios genes alterados de varias especies con resultado final de un ser con talentos potenciados hasta unos límites que ignoramos. Todo esto son solamente rumores, aunque perfectamente viables.
—No todos repiten los chismes que oyen. Algunos los mejoran y otros los exageran o tergiversan —hizo notar Rebecca.
—Puede, pero este nuevo mineral es una realidad y sus nuevas propiedades son una realidad. Por ahora estamos experimentando y estudiando estas muestras, pero todo esto no es lo más importante. Se me ha informado de la posible creación de una nueva raza híbrida denominada Homofel. Una especie de ejército de invasión.
Si pudiésemos aliarnos con ellos, pensó Stephan.
— ¿Por qué no mostráis vuestras cartas de una vez por todas, Stephan?
Stephan por un momento pareció dudar y algo extraño en él, parecía inseguro, incluso nervioso.
—Esto que os voy a decir ahora es solo una hipótesis, una hipótesis muy personal, aunque… —titubeó Stephan.
— ¿Aunque?
—Tengo la convicción de que puede tener ciertos visos de realidad.
—Aclaraos, Señor.
Stephan dudó por un segundo más, y finalmente se decidió a hablar mientras se acariciaba la barba distraídamente.
—Suponed que los científicos del Imperator hayan creado una fórmula magistral que permite la fabricación de un elixir que perpetúa la regeneración celular hasta unos límites hasta ahora desconocidos e impensables, cuyos ingredientes son de fácil acceso y fabricación. Todos excepto uno de ellos, que no aparece en la tabla periódica de ningún mundo y de cuya existencia sólo son conocedores el Imperator y algunos de sus hombres de máxima confianza. Este elemento desconocido es, al parecer, esencial para llevar a cabo la fabricación de este elixir. Supongamos por un momento que este elemento se halle precisamente dentro del ecosistema de Krystallus–Nova o en uno de sus mundos colindantes. Ello podría explicar el verdadero motivo por el control de Krystallus–Nova. De todos modos…
—Necesita ese elemento para completar la fórmula —razonó Rebecca.
—Esto no es lo más significativo del caso.
— ¿Es acaso otro sucedáneo?
—Es mucho más que eso. Es una especie de… —Stephan se calló.
— ¿De…? —Rebecca le miró.
Aquí Stephan titubeó:
—Elixir de la eterna juventud —dijo Stephan con tono dubitativo.
Rebecca y Nika le miraron perplejos. Ya era de por sí increíble el lograr la fabricación de un mineral como el Vignis, potenciando sus propiedades diez veces más que el natural como para pensar en la fabricación de un elixir que otorgase la renovación de la existencia. Una especie de inmortalidad.
—¿Me estáis hablando de un superregenerador celular que otorgue la vida eterna? ¿Y que está en manos del Imperator? —preguntó con incredulidad Rebecca, con un tono de voz apenas más alto que un susurro.
Poco imaginaba Rebecca que no era uno sino dos los ingredientes de la fórmula magistral que necesitaba el Imperator, encontrándose el segundo en el mismísimo Sillmarem, extraído de la savia de un alga marina conocida como Vitan. De ahí el frenético deseo del Imperator por conquistarlo todo lo más rápido posible.
—Exacto, dicho en términos profanos, sí —un extraño brillo cubría las retinas de Stephan—. Creedme Señora tengo la fuerte convicción, por no decir la certeza, de ello. Explicároslo ahora sin pruebas concluyentes sería perder la fuerza por la boca, pero sería absurdo no tener en cuenta esta posibilidad y sus consecuencias. Ya no estamos hablando de un alargamiento de la vida sino de la vida eterna. Esto en manos del Imperator podría significar la creación de una raza de dioses que mantuvieran al resto del cosmos sometido a perpetuidad —dijo Stephan—. Analizadlo con detenimiento. Esta guerra secreta le provee de un propósito fundamental al Imperator: discreción. Si los otros mundos conociesen o sospechasen de la existencia de esta fórmula lucharían contra él y entre ellos mismos por obtenerla. Sería el caos total. He ahí uno de los motivos de su anticipación.
—Una interminable esclavitud —murmuró Rebecca, apenas recuperada del shock—. Nuestra condenación si no lo impedimos.
—Ni más ni menos que un inagotable purgatorio para todos nosotros. Si además de esta propiedad le añadimos el desarrollo de nuevos talentos tendremos la creación de seres eternos con los poderes y atributos de auténticos dioses. ¿Os imagináis semejante posibilidad en manos del Imperator? Sería la creación del paraíso para unos pocos privilegiados y del infierno para el resto de la raza humana —esto lo dijo Stephan con un acento tan siniestro que Rebecca tuvo que utilizar hasta el último de sus recursos para mantener la serenidad. Un oscuro temor parecía posarse sobre sus hombros.
—Una fuente de vida de dioses —murmuró con incredulidad Nika, visiblemente impresionado. Algo mucho peor que el infierno, pensó.
—Debéis tener en cuenta, mi Dama, que la raza siempre está en constante evolución. ¿Os imagináis en qué podrían evolucionar tales seres? Tendrían toda la eternidad para mejorar o modificar su genética y sus poderes, produciendo cada vez mayores saltos tanto evolutivos como genéticos. Ello conllevaría la creación y perpetuación de nuevos poderes. Sería una lucha de Titanes. Dioses contra dioses. Se haría realidad lo que para los antiguos era tan solo pura fantasía y mitología —dijo pensativo, Stephan—. Estamos hablando de auténtico poder, la quintaesencia del poder.
Stephan era ante todo un erudito, un hombre de ciencia. Quizás estas mismas palabras en boca de otro habrían sido tomadas a la ligera, incluso ignoradas, pero en sus labios eran simplemente aterradoras.
¿Estaría el hombre preparado para hacer uso de semejante creación? Si el resto de mundos se enterase de la existencia de tal sustancia, ¿no se iniciaría una lucha sangrienta para conseguir y adueñarse de tal elixir? ¿Ello no acarrearía de nuevo inacabables luchas entre los hombres? ¿Se estaba iniciando una carrera por la supervivencia? ¿O por el alcance y supremacía de la eternidad? ¿Era esto lo que el Imperator pretendía ocultar anticipándose al resto de los mundos?
Todo esto es absurdo, absurdo e irreal. Tan solo hipótesis y castillos en el aire. Una vulgar locura mitológica. Una mentira para críos, pensó Rebecca sobrecogida.
—¿Por qué creéis que mataron a vuestro padre, el Archiduque de Portierland?
—preguntó Stephan.
Rebecca le miró sin decir nada.
—Porque él sabía de alguna manera lo que el Imperator pretende. Conocía su secreto, la existencia de la fórmula —dijo contundentemente Stephan.
Rebecca empezó a encontrar respuestas a preguntas e incógnitas que hasta ese instante le habían permanecido inaccesibles.
—Vos sabéis o poseéis algo que el Imperator desea a toda costa conseguir y cuya existencia desea que pase totalmente desapercibida —afirmó Stephan.
— ¿La fórmula?
—Es más que probable —dijo Stephan mirando significativamente el macuto que portaba Rebecca.
—Debéis llegar a Sillmarem a toda costa. Es nuestra única oportunidad. Y entregar ese libro que portáis en vuestro macuto para que descifren la fórmula en Sillmarem. Sólo allí poseen la tecnología adecuada. Nada debe deteneros, nada. Es más, os propongo una alianza.
—Os escucho. El tiempo apremia.
—Mis hombres os proveerán de los medios para llegar hasta la isla Niss. Allí uno de mis agentes os servirá de enlace y os ayudará a llegar a Thenae para contactar con su Rector, Anastas Timónides Krátides y éste, a su vez, con Löthar Lakota, guiándoos definitivamente a Sillmarem, con Miklos Sillmarem, vuestro tío —le informó Stephan—. El itinerario de viaje será Nemus–Iris, Andriapolis-Alpha, Thenae y finalmente, Sillmarem.
—Y, ¿a cambio de tan generosa ayuda?
—La ayuda de Sillmarem y la confirmación de mis sospechas. Mi servicio secreto contactó con vuestro padre, nos dejó entrever esta posibilidad. Ahora sé que es cierta. Vos poseéis el libro de Akila, el libro del Imperator. Está fabricado con nanotecnología criptográfica sólo descifrable en Sillmarem. Debemos impedir que el Imperator domine todo el universo conocido.
Rebecca asintió en silencio. Stephan Seberg se levantó y, con una elegante reverencia, se despidió.
—Que el poder de la vida os fortalezca siempre —saludó Stephan—. Ahora partid.
Mientras Rebecca era conducida a su transporte quería creer que todo aquello no era más que una historia sin sentido. Las vibraciones de su cabina espacial le hicieron ver que no. Lejanas explosiones aparecían y se esfumaban en la oscuridad de la fría noche, tan fría e insondable como el porvenir que les deparaba a todos el destino.

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