15 de septiembre de 2009

ESCENAS DE SILLMAREM (El Conde. Parte I).



Capítulo LXVII

El Conde

«HE AQUÍ LA VIOLENCIA DEFINITIVA, INTENTAR DESTRUIR A TU CREADOR, AL CREADOR DE TODAS LAS COSAS, COMENZANDO POR SU CREACIÓN, ¿COM­PRENDÉIS AHORA MI ANTICIPACIÓN? SÓLO PRETENDO SALVAR AL HOMBRE DE SÍ MISMO, LO ÚNICO QUE NOS DIFERENCIA DEL ÁNGEL CAÍDO, ES QUE AÚN SE NOS OTORGA EL DON DEL ARREPENTIMIENTO Y POCO MÁS. CUANDO DEJEMOS DE EJERCERLO, NOS CONDENAREMOS».


CONDE ALEXANDER VON HASSLER.
(LA SUTIL LÍNEA DE LA LEVEDAD DE LA CARNE)


El Conde. (Parte I).


Anastas se preguntaba dónde demonios podía estar Nathan. En esos momentos el Conde Alexander Von Hassler, sobrino del Imperator, le observaba con atención. Como leyendo sus reflexiones, hizo una seña a uno de sus guardia­nes y, en un segundo, la lujosa estancia quedó vacía. Tan solo estaban en ella el Conde, Mesala y Anastas, Rector de la Academia de Thenak.

—Mi buen Mesala, hazle un favor a nuestro querido Anastas, ten la amabilidad de descorrer las cortinas. Tengo algo que quizás le pueda interesar a nuestro ilustre huésped —dijo el Conde esbozando una suave sonrisa, exhibiendo una perfecta dentadura.

Mesala obedeció, y tirando de un cordel descorrió dos amplias cortinas de seda escarlata. Lo primero que apareció a los ojos de Anastas, en la nueva sala presentada por Mesala, era la exhibición de muchas y preciadas obras de arte de la colección personal del Conde. Auténticas obras de todos los mundos conoci­dos. Una interminable lista que demostraba la clara despreocupación del Conde por satisfacer sus gustos hasta para el más mínimo de sus caprichos. Ingentes cantidades de riqueza que abrumaban a Anastas por su ostentación.

El Conde chasqueó los dedos. De la parte central de la sala se retiró una oscura pared que parecía ocultar una plataforma de gran dimensión. En un abrir y cerrar de ojos, oculto por la sombra, apareció la figura de Nathan Lowenstein. Permanecía completamente quieto, con el rostro muy pálido. Un trío de cobras rojas de Indha, de gigantesco tamaño, le circundaban evitando que Nathan pudiese huir al mismo tiempo que impedían que nadie se acercara a él. A pesar de su difícil situación y de estar agotado, se mantenía inmóvil.

Dos águilas de platino levitaban sobre la imagen holográfica de sendas llamas de fuego, dándole a la plataforma un clímax de irrealidad. Anastas se inquietó, esto es absurdo, absurdo, pensó. No lo podía creer, era un inesperado e impactante shock para el viejo Rector de Thenak que, con la angustia reflejada en su rostro, se giró al Conde sin apenas poder articular palabra.

—Prometisteis respetar su vida, lo prometisteis —balbuceó.

—Mi querido Anastas, os lo he dicho una vez y os lo repito de nuevo, pobre de aquel que confíe en el hombre —dijo el Conde.

—¿Por qué? Es sólo un niño, Conde, me disteis vuestra palabra.

—Ah, ah, si tan solo los problemas de los hombres se solucionasen con palabras y diálogo, ¿no habitaríamos en un universo mejor? Por desgracia no es así. Un hombre de mi posición debe adaptarse a las circunstancias y a falta de palabras, que mejor que hechos.

—Id al grano, ¿qué queréis?

—¿Que qué quiero? Deducidlo vos mismo, dibujad vuestro pensamiento mediante vuestras palabras. Necesito guardarme las espaldas, un gesto que me asegure que cumpliréis vuestra palabra y hagáis lo que os pido.

—¿O de lo contrario…?

—Mesala, por favor —dijo el Conde.

Mesala tecleó algo en el teclado de su muñeca, mirando de reojo a Nathan. La plataforma se inclinó automáticamente, hasta tal punto y con tal rapidez que Nathan no pudo mantener el equilibrio y cayó de rodillas a muy poca distancia de las cobras rojas que, con cada gesto de Nathan, se ponían más nerviosas, pero no atacaban.

—Nathan, Nathan, no te muevas, ¿me oyes, hijo? No te muevas.
Nathan permaneció quieto y rígido, susurrando:

—Maestro… maestro.

—¡Maldito seáis, Conde! ¿Qué queréis? Haré lo que me pidáis pero dejad al muchacho en paz, por todos los poderes del cielo, lo vais a matar… es sólo un crío.

El Conde logrando ya lo que quería, la colaboración de Anastas, fue a dar la orden a Mesala cuando surgió algo inesperado. Nathan, con increíble veloci­dad, lanzó su mano derecha, desplazando a una de las serpientes contra la otra, sintiendo una afilada punzada cerca de su muñeca.

—Aaaargh.

Una ardiente agonía atravesó su cuerpo como una exhalación. Sus nervios vibraban de dolor, nublándose su vista. Podía sentir cómo se le escapaba la vida, se ahogaba buscando una bocanada de aire, se le agarrotaban los músculos, la hemotoxina del veneno le paralizaba el funcionamiento de sus órganos. Trató de ponerse de pie pero resbaló con pesadez. El Conde observó a Anastas mientras decía, sonriente:

— ¿Te das cuenta de lo estúpida que ha sido esa idea, Anastas? Pobre, pobre muchacho.

Anastas se desesperó por completo, la rabia estuvo a punto de hacerle perder la cordura.




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