15 de septiembre de 2009

ESCENAS DE SILLMAREM (El Conde. Parte II)




Capítulo LXVII. El Conde. (Parte II).

El Conde, que tenía plena consciencia de lo que era capaz de hacer un hombre acorralado, decidió que ya era suficiente.

—Mesala, el antídoto, por favor.

Mesala se acercó a Nathan. Las cobras retrocedieron al instante al identificar sus feromonas y comprobar que eran de un hombre de palacio. De lo contrario, lo hubiesen acribillado a mordiscos. Se inclinó, buscó el pulso de Nathan, sacó una pisto­la–inyector, la acercó a la altura del cuello y, presionando con fuerza, inoculó el antídoto observando cómo evolucionaba, tomándole el pulso de nuevo. En toda la sala sólo se oía la cuenta de Mesala:

—Uno, dos, tres… quince, dieciséis, ciento veinte.

Una vez seguro de que el pulso se restablecía, oprimió el intercomunicador de su pectoral y llamó al personal médico. Por una puerta lateral, camuflada tras un senso–cuadro, penetraron un médico y dos de sus ayudantes con una camilla a suspensor, volviendo a des­aparecer de la misma forma. En un latido de corazón, Mesala volvió a correr las sedosas cortinas rojas como si nada hubiese tenido lugar y todo fuera un mal sueño. Únicamente pronunció una palabra:

—Vivirá.

Anastas se dejó caer sobre el respaldo de su asiento. Se veía pesado y extenuado.

— ¿Y bien, Conde? —preguntó Anastas.

—Esto es sólo una pequeña prueba de lo magnánimo que puedo llegar a ser, pero no olvidéis la otra cara de la moneda.

—Comprendo.

—Más vale que sea así —dijo con frialdad el Conde—. Bien, bien, ya veo que nos entendemos.

A sus espaldas, Anastas observó cómo el senso–cuadro, al paso del Con­de, mostraba formas alegres, sinuosas, con colores y movimientos armoniosos, reflejando claramente su estado de ánimo. Éste se apartó y dejó a Anastas frente al senso–cuadro. Ahora las formas y líneas eran abruptas, nerviosas, con movi­mientos espasmódicos, un oscuro torbellino de sangre parecía explotar en aquel cuadro. Anastas sabía que aquello reflejaba su estado de ánimo.

 A base de lectores neuronales los dispositivos del cuadro podían percibir las sensaciones nerviosas del observador más cercano. Esperaba con temor la puesta en escena que le estaba preparando el Conde para hacerle saber qué quería de él.

Anastas seguía con la mirada al Conde, haciendo acopio de energías. El Conde, con delicadeza, era la viva expresión de la afabilidad, la sumisión y la bondad personificada. Una ingenua inocencia pareció circundar sus bellas y por lo general frías y herméticas facciones. Parecía dormido en sus propios pensa­mientos. Terminó de darle la espalda y, con singular lentitud, comenzó a girar sobre sí, apenas conteniendo una carcajada, encorvando la espalda, retraído, en señal de acatamiento.

Inesperadamente, Anastas sintió cómo un temblor creciente de incontrolado terror le recorría la espalda como si la calma de una temible hecatombe a punto de estallar le despertara una de sus peores pesadillas. El Conde bajó la mirada con timidez, levantó su mano derecha, blanca y pálida como una estrella del norte, y con cálida voz, comenzó a hablar.

—Fijaos bien en mi mano, Anastas.

Anastas posó sus pupilas, hipnotizado sobre aquella mano de ultratumba.

—Fijaos en este simple dedo meñique, porque en él hallaréis concentrado un poder del que ningún ser humano ha logrado ni imaginado poseer jamás.

—Deliráis —balbuceó Anastas sin fuerza en la voz.

—Porque con tan solo un gesto de mi dedo meñique…

El anillo del Conde brilló con especial intensidad.

—Un gesto de mi dedo meñique y civilizaciones supervivientes a través de los eones, en cuestión de minutos, dejarían de existir siendo presa de las ce­nizas. Un gesto, y planetas sobrevivientes a los más poderosos cataclismos de la naturaleza, desaparecerían convirtiéndose en trillones de asteroides condenados a errar eternamente por los senderos del cosmos.

Anastas se vio paralizado por un pánico como sabía que jamás había experimentado en toda su existencia.

—Tan solo un gesto de mi dedo y legiones completas se someterían y sacrificarían sus vidas sin vacilación alguna. Se construirían ciudades capaces de tocar el cielo, galaxias enteras se inclinarían a mis pies, brillantes culturas se extin­guirían en el helado pozo del olvido sin dejar la más mínima huella. Un gesto de mi dedo y millones de criaturas al borde de la extinción volverían a vivir, desafiaría con un gesto a sus dioses y a sus hombres, haría del mal una ciencia y del bien un arte, fabricaría para los hombres un cielo y un infierno a partes iguales, simple y llanamente por capricho. Sería adorado y odiado por igual…

El Conde se echó a reír relajadamente.

—Un solo gesto, y crearía criaturas que los hombres jamás han oído nom­brar, un gesto puede significar la condenación o salvación de los descendientes de linajes tan antiguos como el mismo sol de Ravalione. Un gesto llenaría de felicidad o de sufrimiento a millones de familias. Fijaos bien, Señor de Thenae, Thenak y Mithra, un gesto mío y el más sordo de los dolores o un éxtasis sin fin podríais alcanzar si con ello hago de vos un mártir o un profeta para generaciones futuras —dijo encogiéndose de hombros—. Puedo convertir a reyes en mendigos y a mendigos en reyes, a ignorantes en sabios, y a sabios en perfectos inútiles… Puedo hacer lo que me plazca, por eso os lo ofrezco… ¡Uníos a mí!

— ¿Cómo? —preguntó Anastas, incrédulo.

—Os tiendo mi mano, uníos a mí e iniciaréis el camino hacia las cotas más altas nunca soñadas por hijo de hombre alguno. Os puedo proporcionar vuestros anhelos más profundos, saborear el auténtico poder, os puedo propor­cionar la eternidad, tan solo os pediré una cosa a cambio, un insignificante gesto por vuestra parte.

— ¿Cuál? —dijo Anastas viendo su conciencia al borde de un precipicio sin fondo.

—Decidme la localización exacta de Sillmarem y os proporcionaré la vida eterna.

— ¿La vida eterna? Bromeáis, ¿verdad? Vos no podéis…

—Sí, puedo hacerlo y en su momento lo haré.

—Pero, ¿cómo…?

—Acceded a mi petición y lo comprobareis por vos mismo.


El cuerpo de Anastas temblaba, la tentación era demasiado fuerte. El Conde le miraba con una intensidad que parecía perforarle el cráneo de parte a parte. Cerró los ojos y con un supremo esfuerzo alcanzó a decir muy débil:

—No…

El Conde, durante unos cuantos segundos siguió presionándole con la mirada, después se giró, y por último dijo con mucha suavidad:

—Sé que estáis agotado, os dejaré que meditéis a solas.

Anastas sabía que la duda en la soledad haría más mella en su ánimo que la propia presencia del Conde. Éste, por supuesto, lo sabía.

Alguien lo trasladó a sus habitaciones. Sobre las sábanas de su cama comenzó a rezar, sabedor de que aquello sólo era el primer asalto de una batalla personal con el Conde para arrancarle el precioso secreto de la localización de Sillmarem.

Él era el único de la Interfederación que contactaba con Miklos. Sabía que el Conde no cejaría en su empeño por arrebatarle su secreto, utilizando cualquier medio para ello. Cualquier medio en la terminología del Conde era una frase muy, muy amplia. Con el miedo royéndole, Anastas se durmió presa de una insoportable ansiedad, sumergiéndose en sus miedos. Preparándose para el siguiente asalto.












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