21 de octubre de 2009

ESCENAS DE SILLMAREM (La Jungla de Puline. Parte I).




XLII



«PROCURA PENSAR POR TI MISMO, DE LO CONTRARIO SERÁS UN JUGUETE DE LAS MISERIAS DE TUS SEMEJANTES».


CHAKYN CHAKIRIS.


(LA PERPETUACIÓN DE LOS EGOÍSMOS YA HEREDADOS)



Extracto perteneciente a Sillmarem Libro I: Gambito de Dama.


Por Gabriel Guerrero Gómez.



Capítulo XLII. La Jungla de Puline. (Parte I).



Alguien accionó un portón automático. Una abertura ovoidal les mostró una riada de estrellas expandidas en el firmamento. Los vehículos levitaron con majestuoso silencio y atravesaron cientos de volcánicos kilómetros. El clima, al igual que el relieve, se transformaba a medida que avanzaban, haciéndose más espeso y húmedo. Rebecca conectó su intercom:


—Sunas, ¿Por dónde nos llevarás?


—Existen dos rutas según el holoplano de vuestro banco de datos. La pri­mera circundando las montañas nos llevaría hasta el límite de la Jungla de Puline, cerca del río Dizma. La segunda ruta nos adentraría hasta las profundidades de la jungla en el territorio de las mujeres árbol.


— ¿Qué ruta tomaremos pues?


—La segunda, mi Dama.


—Bien, es bueno saberlo.


Mientras pasaban por abruptos pasajes, se abría frente a ellos una densa y exuberante riada de vegetación tropical en la que apenas se podía distinguir algo salvo los omnipresentes sonidos de la noche captados por los sensores del transporte.


— ¿Cómo se encuentra Siava? —preguntó Rebecca.


—Sus constantes vitales son estables, mi Dama —dijo Sunas—. Es una niña extraordinaria.


—Es cierto, lo es.


—Tened en cuenta que la voluntad, el criterio y los anhelos personales en el Imperio son lujo y privilegio de quienes detentan el poder, son derecho de nacimiento y de linaje. Algo normal en la Interfederación, es algo desconocido para los siervos de los planetas interiores del Imperator. Desconocen por completo la igualdad de los miembros de los clanes en Atalantika, en el que cada miembro forma parte de una gran familia con total igualdad.


—La igualdad por sí sola no basta. Igualdad en la independencia de identidad.


—¿Igualdad en la independencia de identidad? Explicaos, mi Dama.


—La igualdad por sí sola es antinatural —afirmó Rebecca.


— ¿Antinatural?


—Cada individuo nace con unos talentos propios que le diferencian del resto de sus semejantes. Pretender suprimir tal pluralidad en pro de una igualdad que anula la iniciativa individual, sólo conduce al estancamiento, empobrecimiento y extinción de la especie.


—En el Imperio seriáis tachada de terrorista.


—La ignorancia impertinente y estancada ni ve, ni oye, ni calla, Sunas. El Imperator es plenamente sabedor de lo que una inteligencia independiente es capaz de hacer, de tal manera de que si ésta, al ser identificada, no se somete a su servicio, es automáticamente machacada. ¿Lo comprendéis ahora?


—Demasiado bien, mi Dama, demasiado bien. No cesará en sus esfuerzos hasta aniquilarnos a todos.


—No desesperes amigo —dijo Rebecca mientras peinaban las copas de una bolsa de palmeras amparadas en la oscuridad. Partiendo a cegadora velocidad desde diferentes direcciones, sendas lan­zas luminosas, trazadas por numerosos interceptores imperiales, brotaron de la espesura saliendo en pos de ellos, en arco descendente.


—Sunas, nos han localizado —dijo el piloto mientras sus manos bailaban frenéticamente sobre el teclado iniciando las maniobras de fuga.


—Dispersaos, nos reuniremos en el punto de encuentro A–7. Es una orden


—Dijo Sunas por su micrófono—. Dividámonos Rebecca, sumergíos en la jungla. Es vuestra única oportunidad. No perdáis cuidado, os encontraremos más tarde.

Una ráfaga de disparos láser desniveló la nave por unos segundos.


—¡Partid! Maldita sea vuestra sangre, nos va la vida en ello.


—Pero Siava… —dijo Rebecca.


—Sólo dividiéndonos tendremos alguna posibilidad. Nosotros haremos de liebre. Como dicen en vuestro mundo marino, que el poder de la vida os fortalezca siempre —con estas palabras, Sunas cortó la comunicación.


Rebecca, con ojos furiosos, siguió las rápidas y precisas evoluciones del vehículo de Sunas, percatándose de cómo el resto de vehículos de escolta se desparramaban en todas direcciones, separando así a los numerosos cazas del Imperator. Innumerables fogonazos de luz y el parpadeo de las armas láser marcaron el cielo desde todas direcciones y una lluvia de fuego y destrucción lo barrió todo a su alrededor.


Nika dirigió la moto–jet hacia las profundidades de la Jungla de Puline, detectando su radar a varios rastreadores ligeros a sus espaldas. Adivinó perfecta­mente la treta de Sunas. Alejarles de ellos tanto como pudiesen. Alexia y Titlomes siguieron su ejemplo sumergiéndose de lleno en la densa arboleda de la jungla, a gran velocidad, quemando con sus chorros las copas de algunas palmeras. A su vez, y tomando la dirección opuesta, los propulsores de la moto–jet de Nika y Rebecca expulsaron dos enormes chorros de fuego.


—Los tenemos demasiado cerca —dijo Nika.


Rebecca se permitió echar una temerosa mirada por encima del hombro de Nika. Aquellos malditos rastreadores ligeros se les acercaban más y más, dis­parándoles incesantemente. El rojizo círculo de sus puntos de mira debía estar parpadeando furiosamente, en tanto el piloto se esforzaba por encuadrarles para hacer blanco sobre sus cabezas.


Nika se esforzaba desesperadamente por quitárselos de encima, haciendo un alarde de pericia, sorteando con cerradísimos giros y fintas cada roca, tronco, palmera y matorral que se interponía en su camino.


La pantalla de la computa­dora de a bordo les señalaba la ruta a seguir más despejada posible y las gafas de visión–3D de Nika, le guiaban eludiendo los obstáculos con una anticipación de milésimas de segundo.


Sabía que estaba poniendo la máquina al límite de su capacidad ope­rativa con los motores al rojo vivo. Rebecca apretaba fuertemente los brazos alrededor de su cintura, comprobando cómo, con su pericia en el manejo del aparato, se esforzaba por no estrellarse contra la espesa alfombra de mato­rrales y por no saltar en mil pedazos humeantes, esquivando aquella lluvia de descargas láser.


Sintieron la peligrosa vibración del vehículo por los múltiples impactos de troncos y ramas. El casco debía tener más de una fisura. La coraza de fuerza de protección estaba prácticamente agotada. Nika podía sentir muy de cerca los crujidos. Rebecca también. Cerró los ojos y se agarró a Nika con fuerza.


Un dentado desfiladero se abría ante ellos. Sus zigzagueantes maniobras eran cada vez seguidas más de cerca; otras serpenteadas cadenas de disparos bailaron a su alrededor, mordiendo toda la vegetación a su alcance. Entre rizos y violentísimos giros, Nika buscaba un agujero, una rendija por la que fugarse para dar esquinazo a los cazadores.


Un certero disparo arrancó un espeso penacho de gas, humo blanco y nubes de chispas en la cola de su moto–jet, balanceándola peligrosamente a ras del suelo. Trazaron un tirabuzón en el aire y frenaron en seco, haciendo que sus cazadores pasaran de largo.


Nika aprovechó su única oportunidad apretando con fuerza los disparadores laterales y sembrando de muerte lo que había delante de él. Un trasladador se agitó con fuertes convulsiones, impactando contra una colina rocosa, en tanto la otra perdía el control, aterrizando forzosamente sobre la arboleda tropical, emitiendo tras un agudo y ensordecedor silbido, una violentísima serie de estallidos.


Una retorcida columna de humo negro se elevó al aire prendiendo las hojas y matojos a su alrededor. Nika amortiguó la velocidad. La fuente de alimentación del vehículo co­menzaba a perder fuerza. Debía haber una fuga en el depósito de combustible.


Atravesaron la espesa bóveda de la Jungla de Puline, percibiendo cómo una masa de árboles se precipitaba hacia ellos en tanto tomaban tierra, quebrando todo tipo de ramas y hojas. La burbuja de protección externa de la moto–jet se resquebrajó saltando en mil pedazos cristalinos.


Una fuerte colisión que lanzó a Rebecca mientras Nika saltaba, viendo cómo el vehículo se convertía en una bola de fuego, para después perder el conocimiento.




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