22 de octubre de 2009

ESCENAS DE SILLMAREM (La Jungla de Puline. Parte II).




Extracto perteneciente a Sillmarem Libro I: Gambito de Dama.


Por Gabriel Guerrero Gómez.


Capítulo XLII. La Jungla de Puline. (Parte II).



Unos minutos más tarde, entre la maleza, Rebecca se esforzaba por mover un brazo. Dolorida, despegó los parpados sintiéndose aliviada al comprobar que el resto de su cuerpo no adolecía de ningún hueso roto.


Tanteó, con las yemas de los dedos, la hierba silvestre, palpando el correaje descosido de su inapreciable mochila. Tiró de él con suavidad e inspeccionó su contenido, expulsando más tranquila el aire cuando vio que todo estaba intacto. Sentía que su cuerpo protestaba ante los múltiples cortes y arañazos que la cubrían por completo.


Nika recobró el conocimiento, llevándose la mano a la frente. Le dolía insoportablemente la cabeza, pero estaba vivo y entero, era lo único que le importaba, pero, ¿Rebecca? A unos metros vio a alguien moverse trabajosamente. Se levantó, mareado, caminando entre todo aquel espeso mar esmeralda de vegetación, patinó y cayó de rodillas, comprobando apenado, cómo del vehículo sólo quedaban las cenizas carbonizadas.


—¿Rebecca?


—Sí, aquí. Nika se acercó y la ayudó a incorporarse entre quejidos. Tenía una brecha en la frente.


—Lo logramos. Ahora, ¿qué demonios vamos a hacer? —dijo Rebecca.


Sus labios se crisparon con una mueca de dolor. Algunos miembros de los cazadores, carbonizados, yacían desparramados en los lugares más inverosí­miles. Rebecca observó, aún aturdida, que una cabeza seccionada con el casco de protección ennegrecido y salpicado de algunas pulpas de masa encefálica, fue a parar no muy lejos de ella, rebotando contra un tronco, con sus gafas de seguimiento todavía enfundadas.


—Esta jungla parece no acabarse nunca —se lamentó Rebecca indagando los alrededores. Una nubecilla de palpitantes mariposas revoloteó a su alrededor, sorprendiéndola gratamente.


—Un auténtico infierno verde —dijo Nika alzando el mentón y observando un exuberante matorral.


—Debemos encontrar un refugio para pasar la noche.


—Mi mochila debe estar en alguna parte —dijo Nika ignorándola.


— ¿Y el vehículo?


—Hecho cenizas. Una pena, era un bonito cacharro. Tendremos que buscar alguna ruta


—dijo Nika—. ¿Dónde está el holoplano con el punto de encuentro?


—No será necesario. Lo memoricé.


—Gracias a ellos.


— ¿Y a mí?


—A ti también, tonta.


—Creo que algo se mueve. Vayámonos.


En la distancia, el sonido de propulsores se perdía hasta difuminarse con los inquietantes ruidos de la jungla.


—Parece que los hemos despistado. Ojalá los demás corran la misma suerte


—dijo Rebecca.


—Por ahora sí, sólo por ahora.


—Que la Dama luminosa de Sillmarem te oiga —susurró pensativa Rebecca viendo moverse furtivamente algo entre las ramas—. Mujeres–árbol.


El hábil movimiento de sombras, cual ilusiones intangibles, atrajo su atención, manteniéndose inmóvil. Nika, a su lado, deslizó la mano muy cerca de la cartuchera de su arma, sin llegar a tocarla. Estamos en su territorio.


Hubiera jurado que los relatos que le habían contado no eran más que viejas leyendas para niños, pero estaba equivocado y asustado barruntando el desenlace de aquel inesperado y fortuito encuentro con el pueblo de las mujeres–árbol.


Esbeltos cuerpos se fundían y camuflaban, arropados por las sombras de troncos y espeso ramaje del bosque. Mitad ninfas, mitad guerre­ras, tienen el aspecto de criaturas inocentes, apasionadas y glaciales, pensó.


La percepción especial que los Itsos le habían otorgado le permitió interpretar el extraño idioma de las mujeres–árbol. Un gesto de una de ellas les invitó a seguirlas. Nika miró a Rebecca y ésta asintió en silencio, pudiendo sentirlas deslizándose silenciosamente a su alrededor.


Las mujeres–árbol les guiaron hasta un pequeño claro, para desaparecer después sin dejar ni el más mínimo rastro. A Rebecca le pareció oír algo entre la maleza. Se giró bruscamente y vio cómo un matorral se agitaba pisado por un pie. Nika desenfundó su arma, apuntando al inconfundible rostro de Demetrius que les saludó con una reverencia.


—Por todos los diablos, sois vos… —dijo Nika, en tanto Demetrius sin dejar de sonreír miraba fijamente el arma. Nika la bajó rápidamente.


—Ruego me excuséis, mi Señor.


—Me alegro mucho de veros, queridos amigos —dijo Demetrius.


—Mi corazón se regocija al veros sanos y salvos —dijo Alextos saludando a Rebecca. El resto de cadetes se inclinaron haciendo una respetuosa reverencia.


—Debemos movernos deprisa, están muy cerca —dijo un cadete. Utilizando el código de silencio parcamente, Alextos le explicó la situación a Rebecca.


“Hemos tenido más de un problema hasta llegar aquí, mi Dama”.


“¿Los guías de Titlomes son de confianza?”.


“No perdáis cuidado, son hombres escrupulosamente escogidos por Demetrius, mi Dama”.


“ ¿Y el resto del planeta?” —preguntó Rebecca con el discreto signo de manos.


“La situación en un caos. Habían planeado su conquista. Estoy seguro de que tienen aliados en las altas esferas de la Interfederación, poseen demasiada información. Demetrius me lo ha confirmado, todo Andriapolis–Alpha es un in­fierno a punto de explotar. Están masacrando a la población por millares”.


Súbitamente, Rebecca inclinó la barbilla ante la aparición de Yassu, Pericles y su hermano, el resto de cadetes y guerreros que se dejaron guiar por los hombres de Titlomes por un estrecho sendero. Anduvieron a frenético ritmo entre el ramaje. El avance era tortuoso e incómodo con el casi perenne hostigamiento de los insectos de la jungla.


—Preparaos, mi Dama. Nos aguarda un buen trecho aún —sugirió Alextos inspeccionando sus equipos—. Hay brigadas de asalto imperiales buscándonos como pirañas buscando un trozo de carne cruda.


—Esta vez no buscan prisioneros, quieren sangre fresca —dijo a sus espaldas unos de los cadetes más jóvenes.


Pronto sentirían los estragos del calor. Un calor húmedo y asfixiante que se les metía por el cuerpo abotargando los sentidos. La noche se les echaba encima con traicionera e impenetrable rapidez, espesándose las formas vegetales entre sombras lejanas. Rebecca sabía que para poder tener una alta eficiencia en combate, debían llevar a rajatabla sus conocimientos y directrices sobre la jungla.


Pudo ver que los cadetes se preparaban minuciosamente, pensando con sumo cuidado en lo que hacían, dispuestos para reaccionar ante cualquier emergencia. Alextos le tiró de una manga suavemente.


—Protegeos toda la piel que podáis, Dama azul. Procurad tener el menor contacto posible con la vegetación ya que tanto las espinas venenosas como la savia de algunas plantas y parásitos, pueden ser fatales. Cada dos horas tenéis que comprobar sin ningún pudor vuestra entrepierna y demás partes del cuerpo porque un picotazo o una infección aquí, en la jungla, creedme no sería nada agradable —dijo Alextos.


Rebecca asintió en silencio, pensando en el término empleado para llamar su atención sin olvidar su estatus: Dama azul. En Sillmarem sólo se atribuía tal término a una princesa elegida por el pueblo, una princesa de los mares de Sill, una legítima hija de las aguas.





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