15 de febrero de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (Una jaula de oro. Parte I)




XIII



UNA JAULA DE ORO



“Nos ofrecen grandes héroes, salvadores, padres de la humanidad, haciéndonos olvidar que lo único verdaderamente importante es que seamos nosotros mismos, pensemos por nosotros mismos, siendo lo que somos, solamente hombres. Esto es suficiente para vivir nuestra felicidad, sin ser carne de cañón para nadie”.



Stephan Seberg.


(La libertad de poder escoger)



Extracto perteneciente a Sillmarem Libro II: Torre por Alfil.

Por Gabriel Guerrero Gómez.



Capítulo XIII. UNA JAULA DE ORO. (PARTE I).



Stephan Seberg se encontraba a solas con Rebecca y Nika, en una sala especialmente diseñada por los científicos de Sillmarem para anular cualquier dispositivo espía del interior del palacio de Ravalione, en el planeta Ákila. Después de haber sido informado del intento de secuestro del hijo de Rebecca, las incursiones que estaba realizando un general imperial en Nemus-Iris habían pasado a un segundo plano, aunque eran una buena excusa para justificar su presencia en la capital del Imperio. Por todos era sabido que las relaciones entre los Rebelis, y más concretamente sus guerreros Shinday, y las tropas imperiales de los Casacas Negras, nunca habían sido cordiales. Incluso Stephan había tenido que vestir a su escolta con uniformes Xiphias para que no se produjese ningún altercado en el palacio.


-Por favor, Señor Premier, tomad asiento –ofreció Rebecca.


-Podéis llamarme Stephan, mi Dama.


Rebecca observó cómo Stephan se acomodaba en un sillón tomando una copa de licor. A ella le gustaba pensar en él como Asey, su nombre Shinday de guerra. La personalidad de Asey tenía dos caras, una era humana y profunda, la otra salvaje e imprevisible. Cada nueva faceta de su personalidad no hacía sino aumentar la admiración de Rebecca por él.


-¿Sabéis algo de vuestro hijo, mi Dama? –preguntó Stephan observando el lujo que rodeaba cada rincón del palacio.


Tanto despilfarro de medios era intimidatorio y despreciable a sus ojos, pero no por el hecho en sí mismo del lujo, sino por el precio que representaba su logro, las vidas y muertes de miles de personas. Esculturas del más fino mármol de Chaney, fuentes decoradas con piedras semipreciosas, las mejores maderas de Thanos cubriendo paredes y suelos u holocuadros de los más prestigiosos artistas. En definitiva, la ostentación del poder del Imperio en todos y cada uno de los detalles de aquel lugar.


-Todavía no hay noticias –respondió Rebecca.


-Lo lamento enormemente, mi Dama. Espero que pronto recibáis buenas nuevas.


-Yo también lo espero –añadió Rebecca mirando a Nika.


-Respecto a Nemus-Iris… -comenzó a decir Stephan que no se sentía cómodo teniendo que tratar esos temas en un momento tan delicado para la regente del Imperio.


-Oh, sí. Es verdad. Sé que tenía que haberos mandado un informe de resolución, pero me he demorado por cuestiones burocráticas –aclaró Rebecca-. Ante todo, querría disculparme tanto por el hecho en sí, como por la tardanza. Lamento no ser capaz de controlar a las tropas.


-No tenéis por qué disculparos, mi Dama, no os estoy acusando. Además, entiendo que la situación no debe ser fácil para vos.


-Que tenga problemas personales, no justifica la desobediencia por parte de ningún general del Imperio. La verdad es que en cuanto me enteré de que se dirigían a Nemus-Iris, envié la orden de repliegue inmediato, pero no parece que tengan intención de cumplirla. Así que, por lo que al Imperio respecta, ese general y sus tropas se han convertido en desertores. Ya sabéis cuál es la pena por ese delito. Sólo puedo deciros que si les dais muerte, no se iniciará ningún tipo de represalia por nuestra parte –aclaró Rebecca con determinación.


-Comprendo –dijo Stephan-. Lo que no entiendo es qué pueden buscar en esa zona. No posee nada de interés militar.


-Yo tampoco lo sé, aunque me lo imagino.

Stephan le lanzó una interrogativa mirada.


-En esa zona hay muchos territorios Rebelis, ¿verdad? –preguntó Rebecca a Stephan. Éste asintió.


-Creo que el general busca atacar a los Rebelis para que vos vayáis en su ayuda, y así poder eliminaros. Me parece que busca vuestra cabeza

–razonó Rebecca.


-¿Mi cabeza? –preguntó Stephan, atónito.


-Bueno, la vuestra no, la de Asey. Tal como están los ánimos, si un general consiguiese la cabeza del líder Rebelis como trofeo, ganaría muchos puntos frente a las tropas. Al fin y al cabo, sois una leyenda.

Stephan no pudo evitar echarse a reír; Rebecca le miró, sorprendida.


-¿Os divierte que quieran mataros?


-No, mi Dama. En absoluto. Si os soy sincero, estaba muy preocupado por que estas incursiones fueran el prolegómeno de algo peor, pero el hecho de saber que no es más que otro general imperial intentando “cazarme”, me parece jocoso. Es casi una tradición. Claro que si se ha tomado tantas molestias para buscarme, que menos que acudir a su encuentro, ¿no creéis?


En realidad, para el líder de los Rebelis supuso un alivio descubrir que no todas las acciones que le preocupaban formaban parte de una conspiración tal y como él temía. Le parecía curioso que, en aquellos momentos, sus viejas rencillas con los Casacas Negras pudieran considerarse una buena noticia.


-No deberíais ir, puede ser peligroso.


-No lo creo. Que el ejército imperial ataque los Sistemas Fronterizos es peligroso, pero que una división, que ahora sé que no tiene refuerzos, se meta de lleno en el planeta que más guerreros Shinday tiene por metro cuadrado, dista mucho de ser un problema. Me atrevería a decir que es hasta ridículo. La verdad es que me habéis quitado un peso de encima, creí que las cosas estaban peor de lo que están –explicó Stephan.


-Me alegro de que, al menos para vos, sean buenas noticias.


-Lamentablemente, ahora debemos tratar temas más serios –dijo el líder Rebelis bebiendo un poco de licor.


-Respecto a los guerreros que os atacaron, creo que tenéis alguna sospecha de su procedencia.


-Sí, Nika cree saber quiénes son. Si deseáis hablar a solas podría…


-Más tarde quizás, pero gracias –interrumpió Stephan-. Lo que verdaderamente me preocupa es saber quién está detrás. Supongo que Miklos os habrá contado mi opinión sobre el responsable.


-Me habló de vuestras sospechas hacia el Conde –aclaró Rebecca.


-Ya sabéis que yo no me fío de él. Querría conocer vuestra opinión –pidió Stephan.

Rebecca se quedó pensativa durante unos segundos.


-Yo no me fío de nadie –sentenció Rebecca.


-Ya pero… -fue a decir Stephan.


-¿No lo comprendéis? –interrumpió Rebecca-. Estoy aquí encerrada, en un lugar en el que no deseo estar, con un cometido que no quiero cumplir, soportando las miradas y los recelos de todos los que me rodean, como si pudiese leer en sus mentes lo que piensan. Todos ellos creen que este no es mi lugar, que haría bien en marcharme, incluso yo lo creo, y si no fuera por mi marido y por mi hijo hace tiempo que habría perdido la cordura, maldita sea.


Las lágrimas asomaron a los ojos de Rebecca, consumida por la impotencia. Nika le agarró la mano para consolarla.


-Entiendo vuestro sufrimiento. Sólo os pido que no perdáis de vista al Conde, por favor.


-Como si no me hubiera hecho ya bastante daño.


-Sé que la muerte de vuestro padre os es muy dolorosa. De veras lo lamento.


-Gracias.


-Además, me consta que habéis realizado un magnífico trabajo de educación con el Príncipe Umasis. De ser así, valdrá su peso en oro, esto salvará muchas vidas y puede que abra una nueva etapa en el Imperio. En cuanto veáis los primeros resultados, todo esto será agua pasada, merece la pena la espera. Aguantad un poco más.





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