24 de marzo de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (Entre tinieblas. Parte I).






Capítulo XVII



Entre tinieblas (Parte I)




«EL DÍA QUE UNA SOCIEDAD IGNORA POR COMPLETO EL SUFRIMIENTO DE SUS SEMEJANTES, COMIEN­ZA EL PRIMER PASO DE SU DESAPARICIÓN, COMO CIVILIZACIÓN Y COMO PUEBLO».



ASEY, LÍDER REBELIS.


(MÁS ALLÁ DE NUESTRA FRENTE)



Extracto perteneciente a Sillmarem Libro I: Gambito de Dama


Por Gabriel Guerrero Gómez



—Ni un solo superviviente como podéis comprobar —dijo tímidamente Slava Taideff.


—La supervivencia no conoce amigos —respondió pensativo el Conde.


—Pero los crea —puntualizó Slava Taideff.


—En ocasiones sí, raras ocasiones —dijo el Conde—. Seguidme.


Esto merece ser celebrado con una copa de buen vino.

Slava Taideff paseó su lengua por los labios. La boca se le hacía agua ante tal pensamiento. Antes de franquear la salida el Conde murmuró:


—Aaaah, qué callados están siempre los muertos. La muerte es tan, tan aburrida —dijo bostezando el Conde.

¿Aburrida?, pensó con un estremecimiento Slava Taideff.


—Sois un romántico, mi Señor.


—Oh no, querido amigo, todos los románticos son pobres —dijo iró­nicamente el Conde, dejando tras de sí un panorama tan esperpéntico como tenebroso.


Salieron de la estancia y recorrieron un ancho pasillo atravesando varias lujosas habitaciones interiores, hasta que penetraron a un salón–come­dor decorado con varios cuadros de incalculable valor, cerámicas y esculturas de fino mármol de Norole.


Tanto las paredes como el suelo estaban revestidas con un carísimo mármol de Indha conocido como marfego. De un fuerte y brillante tono salmón, que al contacto con los reflejos de las lámparas de cristal tanto del techo como de las paredes, deslumbraban la vista desplegando multitud de ento­naciones. Slava Taideff se acomodó sobre un sofá de oscura tapicería, enmarcada con brazos y bordes dorados, mientras Mesala le servía vino en una copa de oro macizo cuajada de rubíes.


El Embajador de Septem paseó la mirada por todo el salón. Solo con las obras de arte concentradas en esta habitación se puede dar de comer a cien mil hombres durante un año entero, pensó.


El Conde se acercó a cinco enanos que, en fila india, penetraron por una disimulada puerta de servicio, portando sobre sus cabezas sendas bandejas repletas de golosinas, pasteles, fruta y refrescos. Iban ataviados con levitas de botones dorados, resaltando sobre sus pechos el escudo imperial. Golosamente degustó un pastelillo, haciendo una mueca de desagrado. Tomó otro pastelillo, le dio un mordisco y lo tiró a sus espaldas mientras se limpiaba las manos en la manga de uno de los enanos.


—Bien, mi buen Slava Taideff. Tenéis una ardua tarea que llevar a cabo en Thenae. Oh, disculpadme, ¿es el vino de vuestro agrado?


—Es exquisito, mi Señor.


—Me complace que lo sepáis apreciar. Proviene de las bodegas de nuestro bienamado Imperator.


—Entonces lo degustaré a su salud, mi Señor. ¡Larga vida al Imperator Viktor Raventtloft I!


—Así sea —dijo el Conde inclinando la cabeza a la vez que trataba de decidir qué otra golosina probar—. Quiero cinco escuadrones completos de Homofel para antes del mes que viene.


—Como gustéis mi Señor, ¿los usaréis pronto?


—Sois un auténtico perillán. Fijaos Slava Taideff, una palabra, una sola palabra puede encerrar perfectamente el fracaso de todos los logros humanos. Guerra, por ejemplo. Si las madres tuvieran voz y voto en las guerras, estas proba­blemente no sucederían —razonó sonriente el Conde mientras se llevaba a la boca una golosina, para después limpiarse los dedos en el hombro de otro enano.


—Mira, le gustan los míos —susurró un enano.

El Conde tomó otro pastelillo.


—Ha cogido otro.


—Sería algo vil, espantoso que nuestros generales y veteranos fueran al campo de batalla cogidos por sus venerables madres de la mano, portando en la otra un peligroso biberón y detrás de ellos una andriza (una androide–nodriza) para cambiarles los pañales —dijo Slava Taideff.


Los dos se echaron a reír con una suave carcajada. Otro enano mirando de refilón, comenzó a hurgarse la nariz con el dedo índice, sacó una pequeña pelotilla y se la lanzó a otro de sus compañeros mientras sus facciones se enro­jecían con una socarrona sonrisa.


El Conde se acercó a otra bandeja, percatándose de cómo una hormiga debía haberse introducido en las cocinas y deambulaba entre sus pasteles. Sú­bitamente soltó un puñetazo sobre la hormiga, haciendo caer dolorosamente al enano que sujetaba la bandeja sobre sus posaderas.


Este, rápidamente trató de recoger todos los frutos que, desperdigados rodaban por la alfombra. Con una seña, el Conde ordenó al enano que dejara de recoger las frutas del suelo e hiciese para él las veces de taburete. El enano se puso a cuatro patas sintiendo cómo se sentaba sobre su espalda, arrellanándose y limpiándose la mano en su hombro al mismo tiempo que Mesala le servía una copa de vino. El enano soltó un doloroso soplido.


—Sin embargo el hombre ha hecho de la guerra una necesidad natural que purifica la raza, una necesidad de la que obviamente solo sobreviven los más fuertes, los más aptos, los más dignos para perpetuar el patrimonio genético de la raza. Ganándose con ello el derecho a la libertad, —dijo el Conde— la libertad de los vencedores.


—Pero, mi Señor, la libertad y el derecho los poseen y disfrutan aquellos que pueden pagarlos —dijo Slava Taideff echando otro trago. Sus mejillas adquirían a cada trago una coloreada tonalidad más acusada.


—¡Ah! libertad, una bonita palabra. Tan bonita como inalcanzable —dijo el Conde cambiando la posición de sus piernas.


La cara del pobre enano que hacía las veces de taburete enrojeció por el esfuerzo maldiciendo su mala suerte y el peso del Conde. De repente, pudo sentir cómo de las insignes posaderas de su Señor, salía un apenas audible escape gaseoso. ¡El muy hijo de puta se está ventoseando! pensó el enano.


Sus facciones adquirieron una pálida tonalidad al sentir cómo un olor nauseabundo y repugnante se encaramaba a su olfato dificultándole respirar con soltura. Se ahogaba ante tan putrefacto aroma. Las manos empezaron a temblarle.


—Vaya, estas manzanas de biserne me causan gases.


El resto de enanos percibieron parte del pestilente tufo y mientras que con una mano sostenían la bandeja, con la otra se taponaban sus naricillas, desternillándose de risa.


—Bendita estrella binaria de Asdinta, ayúdame —gimió para sí el ena­no— líbrame de esta pestilencia.


—Libertad e igualdad —dijo el Conde.


—¿Como la alta–democracia de Krystallus–Nova, mi Señor? —dijo Slava Taideff.


—Mi querido Embajador, la democracia no significa libertad e igualdad. No es más que un pobre instrumento, como tantos otros, para conseguir tales fines.


—Pero mi Señor, Krystallus—Nova nada tiene que ver con las democracias de antaño. Está mucho más desarrollada. En definitiva, las democracias han sido creadas para evitar el monopolio del poder, cualquier poder.

El Conde se envaró, sorprendido.


—¿Aún defendéis la infalibidad de la democracia de Krystallus–Nova pese a su monopolio de Vignis? Es una contradicción que se quiebra por su propia base. No lo olvidéis, cualquier poder o energía, su energía…


—Comprendo. La democracia, según vos, funciona para aquellos que pueden pagarla. Para aquellos que carecen de medios, no es que funcione bien o mal, simplemente no funciona, ¿me equivoco? Entonces vos no creéis en la justicia humana.


—Soy consciente de sus limitaciones. Si me preguntaseis, diría que sí, creo en los hombres justos o que hacen todo lo posible por ser justos. Aun así, solo creo en una justicia —añadió el Conde.


—¿Cuál?


—Mi justicia —sentenció el Conde al tiempo que se levantaba y posaba sobre el trasero del enano su bota para limpiarse una pequeña mancha de arena con esmero.


Terminado esto, empotró de un puntapié al enano contra una mesilla repleta de figuras de plata. Este con ambas manos, tembloroso, las reco­gió colocándolas después desordenadamente sobre la mesilla. Apenas sí podía mantener el equilibrio. Bailoteó hacia un lado, luego hacia el otro, giro sobre sí mismo y finalmente cayó de espaldas sobre la alfombra, donde yació con ambas piernas y brazos abiertos formando una cruz. El resto de enanos tenían las manos sobre la barriga, de tanto que les dolía por la risa contenida.


Mesala, mientras el Conde se levantaba para tomar otra golosina, se acercó al enano, lo tomó por una pierna y lo mantuvo suspendido boca abajo obser­vándolo con curiosidad. Se encogió de hombros, se giró, anduvo hacia la puerta de servicio, la abrió y lo tiró contra la pared, cerrando acto seguido la puerta. El enano se irguió como pudo agitando la cabeza, a la vez que se la rascaba con insistencia.


—¡Aaay! Qué vida esta. Me duelen todos los huesos. ¡Y qué peste! Sus entrañas están podridas —gimió el enano atontado y con una pupila lagrimeante, al tiempo que, cojeando con las manos apoyadas sobre los riñones, se desplazaba hacia las cocinas maldiciendo entre dientes el nombre de su Señor.


El Conde se acercó al enano de uno de los extremos y cogió un racimo de uvas, saboreó una y esputó los huesos sobre su rostro.


—Pero mi Señor… —dijo ya más suelto por el vino Slava Taideff—. El poder y la política matan más que las enfermedades o el hambre. De hecho, en política, actuar con cierta integridad es, cuanto menos, muy poco práctico.


—¿En política solo? —preguntó el Conde.


—Bueno lo que quiero decir…


—Sí, sí. Ya sé lo que queréis decir.


El Conde soltó una fuerte carcajada, y golpeó con la palma de la mano la nuca del mismo enano de su lado, apreciándose una sonora palmada con tal fuerza, que la cabeza de este golpeó sobre la del otro, dándose así sucesivamente unos a otros y terminando por perder el equilibrio y resbalarse al suelo, tirando sus bandejas y contenidos. Los pobres enanos, mareados, patalearon por toda la alfombra tratando estérilmente de recoger las viandas. Todo esto no hizo más que aumentar las carcajadas del Conde y Slava Taideff.


—Veo que vos también filosofáis —dijo el Conde más serenamente—. Bien mi querido Slava Taideff, hora es de que partáis. Os espera una agotadora labor en el planeta Thenae. Espero que me comuniquéis tan pronto como podáis los fructíferos resultados de vuestra misión. No lo olvidéis, distraeréis al Gobernador de Thenae, Menelao Deucalion, para que mis hombres puedan actuar. Suerte y buen viaje. Podéis retiraros. Mesala y una escolta os acompañarán a vuestros aposentos.







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