17 de marzo de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM. (Peligro).



Capítulo XXIX


Peligro



“EL AMOR ES CAPAZ DE LOGRAR COSAS QUE LA LÓGICA NI SIQUIERA SE ATREVE A IMAGINAR”.



Dhalsem Thagore.


(Meditaciones sobre la sabiduría)


Extracto perteneciente a Sillmarem Libro I: Gambito de Dama.


Por Gabriel Guerrero Gómez.


—Silencio. Estamos en peligro, poneos a cubierto —gritó Rebecca en tanto un brutal estruendo la empujaba contra la pared sin darle tiempo a reaccionar.


Una triada de silbidos cobró intensidad, terminando en una ensordecedora nube de fuego tras estallar, tiñendo la habitación de sangrientos brillos. Yassu y el resto del grupo se tambalearon, siendo arrojados contra el suelo.


El cielo parecía precipitarse sobre ellos. Una enorme lámpara de cristal se descolgó sobre sus espaldas, entre piedras y vigas. Los ventanales estallaron hechos añicos, infringiéndoles muchos cortes.


Las luces de las lámparas se apagaron cubriendo toda la habitación de os­curidad. Rebecca gateó a tientas, torpemente, esforzándose por mantener la calma a través de los gemidos y voces de auxilio de los heridos. Los menos afectados se esforzaban en rescatar a los demás entre los cascotes y escombros.


—No perdáis la calma —dijo una voz.


—¡No! ¡No, mi brazo! —dijo un guerrero de Demetrius.


—¡Si no escapamos ahora, nos exponemos a ser masacrados por cualquier Androkaze! —dijo una voz histérica que parecía ser la del joven Pericles.


Rebecca pudo identificar a Nika por el olfato. Su colonia era inconfundible. Un gruñido suyo la sacó de la incertidumbre. Estaba vivo.


—¡Malditos sean! Ojalá os pudráis en el pozo más oscuro del infierno. ¡Hijos de mil padres! —chilló un cadete.


—¡Vamos, levantaos! ¡Levantaos ratas de cloaca! —gritó Demetrius.


Sonidos de más zumbidos láser atravesaron las ventanas. Descargas racheadas de bazookas, oleadas de ataques aéreos. Una cruenta batalla estaba comenzando en las calles. Los comandos imperiales se movían con un fulgurante ataque relámpago. Demetrius, con enérgica voz, repartía órdenes levantando la moral de sus hombres, haciéndoles reaccionar.


Sabía que aquellos segundos eran cruciales para poder salir vivos de aquel desastre. Rebecca siguió gateando entre fragmentos de piedra, madera y vidrios rotos con las manos ensangrentadas. Palpó algo húmedo a su derecha. Alguien logró encender una mini–linterna. Su foco de luz giró por toda la habitación, posándose fugazmente en su mano. Rebecca jadeó cuando comprobó que era sangre.


En un principio creyó que era suya, por los arañazos y cortes, pero se dio cuenta de que pertenecía a uno de los hombres de Demetrius. Las nauseas se agarraron a su garganta, se sentía abotargada y mareada. Extenuada, apenas si se podía valer por sí misma.


—¡Es indispensable alcanzar el alcantarillado! ¡Aaaargh, no veo nada, no veo nada. Mis ojos, me queman!


—¡Mantened la calma! —rugió Demetrius.


El ruido de los levita–rastreadores, volando a ras de los tejados, hacía temblar los restos de cristales que aún se sostenían en los marcos de las ventanas. Sepultado entre los escombros, Rebecca vio otro cuerpo. Huesos rotos que sobresalían astillados de las piernas. Una mano amputada llena de polvo y semienterrada entre trozos de piedra y lo que quedaba de un armario. Al lado, pudo identificar lo que sobresalía de otro cuerpo mutilado de otro de los hombres de Demetrius.


Otra potente explosión retumbó haciendo vibrar los cimientos de la casa. Nuevas descargas castigaron la estructura, causándole terribles desperfectos. Intensos estallidos salpicaron los tejados, demoliéndolos por completo. La man­zana estaba siendo arrasada. Otra explosión así y todo se vendrá abajo, pensó Rebecca.


La sola idea de ser enterrada viva le hizo recobrar el ánimo. Apoyó su mano sobre la esquina de una mesa para levantarse, cuando una violenta explosión la sacudió, tumbándola de nuevo y resquebrajando las paredes de la sala. Las astillas de un armario enorme se clavaron en la mano de Nika. Yassu se esforzaba en ponerse en pie mientras Demetrius y el resto de cadetes tanteaban buscando algo donde apoyarse.


—Esto es el fin —dijo Pericles.


—Ya están aquí. Tenemos que salir de aquí cuanto antes —dijo Yassu.


—No perdáis el control —dijo Demetrius izando del suelo a uno de sus hombres que no dejaba de dar gritos por el dolor.


Multitud de detonaciones hacían vibrar las paredes. Rabiosos gritos de lucha se percibían desde el exterior. Los centinelas de Demetrius se hacían notar en los tejados y áticos de la calle agotando los cargadores de sus rifles y armas láser en una encarnizada lucha.


Agazapados bajo el cobijo de una columna o una barandilla, no podrían rechazar a los soldados del Imperator por mucho tiempo. Su superioridad numérica era aplastante. Solo los tres Itsos se mantenían erguidos, ajenos, inexplicablemente, a lo que acontecía a su alrededor.


La colisión entre dos trineos a suspensor de superficie y una nave–explora­dora imperial derrumbó una pared, resonando en sus tímpanos con estruendo. Por unos segundos, el interior se iluminó con cegadores destellos. Algunos cadetes tosían por el polvo entre los escombros, apoyándose unos en otros.


—Dioses, solo un milagro puede sacarnos de aquí —dijo Nika levantán­dose y tomando de un brazo a uno de los cadetes. Las piernas se le torcían al intentar andar entre las ruinas.


—Esta vez nos han cogido bien por…


Otro atronador estallido empujó bruscamente a Rebecca contra una mesilla, creándole una brecha en la frente. Pronto manó sangre en abundancia.


—¡Estamos acorralados!


Equipados con sustentadores gravitatorios, uniformes negros aterrizaban sobre los tejados, neutralizando a los resistentes que aún quedaban con vida. Gritos de guerra, órdenes y desgarradores chillidos llegaban desde arriba. De sobra se sabía que las Walkirias imperiales no hacían prisioneros. Sus coléricas maldiciones e imprecaciones se oían cada vez más cerca.


Cuando todo parecía perdido, los tres Itsos se alzaron, y formando un triángulo sobre un montículo de despojos, levantaron sus lanzas uniéndolas en el aire. De sus esferas brotaban chisporroteos anaranjados que crecían, por momentos, en intensidad y tamaño, formando una especie de bola de energía que aumentaba de volumen.


Sus tres sombras cruzaron, entre un crepitar eléctrico, la habitación. Con los parpados cerrados, sumidos en una profunda concentración, crearon un enorme globo azulado que cubrió el aire en derredor del recinto irradiándolo con una capa de luz. Sus armaduras centellearon como si estuvieran bañadas por los rayos del sol.


Desde algunos coches–aéreos imperiales, con el doble águila de platino en sus portezuelas, dos pares de reflectores de rastreo se cruzaron, posándose en la fachada de la casa. A espaldas de Rebecca, algo o alguien arrancó la puerta de la estancia violentamente, destrozando el marco de la entrada.


Una silueta se dibujó en el umbral. Dos ojos escarlatas destellaban al sondear el interior. Penetró ágilmente, desplazando con facilidad todo lo que se interponía en su camino. Una borrosa imagen adquiría forma a medida que sorteaba los escombros con destreza. Re­becca se estremeció. Aquella siniestra y gélida manera de moverse… Era, era, ¡Un Androkaze!


—Estamos perdidos.


Un cadete se le echó encima intentando bloquearle. Con un golpe seco de mano lo rechazó contra la pared, impactando con un crujir de huesos. El Androkaze, impermeable a cualquier tipo de sentimiento humano, barrió la habitación con la mirada cerciorándose de la identificación de sus ocupantes. Súbitamente comenzó a disparar en círculos a todo lo que se movía.


—¡Dioses, es un Androkaze! Pronto, golpeadle en la nuca.


—¡Moved el culo!


—¡Vamos a morir!


—¡Detenedlo!


—¡Nos va a matar a todos! ¡Maldita sea, vamos a morir! ¡Cuerpo a tierra!

A un mismo tiempo, mientras una descarga hacía saltar los intestinos de otro de sus hombres, Demetrius se lanzó agarrándose a las piernas del Androkaze en tanto Nika le golpeaba la nuca con la culata de su subfusil. El Androkaze se derrumbó sobre sus rodillas, sosteniendo aún su arma de alta velocidad.


Rebecca trató de recuperar el equilibrio inútilmente. Las piernas le tembla­ban, los tobillos le dolían insoportablemente, tenía magulladuras y contusiones por todo el cuerpo. Estaba a punto de perder el conocimiento. Vacilante, pasó la mano a su alrededor hasta que se topó con la correa de su macuto. Compulsiva­mente lo atrajo hacia sí tirando con el resto de sus fuerzas.


A su lado, Alexia yacía con un brazo teñido de sangre. Tenía una fuerte hemorragia. Giró la cabeza comprobando cómo las pupilas del Androkaze res­plandecían con blanquecina luminosidad, comenzando a resurgir también por el resto de su cuerpo diversos centelleos. Todos sabían lo que significaba.


—¡Fuera de aquí! ¡Se va a eliminar!


Una fuerte carcajada brotó de sus labios, sembrando el pánico a su alrededor. Tanto los cadetes como los hombres de Demetrius se movían desesperados entre los escombros. El Androkaze se desembarazó de Demetrius y Nika soltándoles una potente descarga eléctrica y haciéndoles perder la consciencia.


Cuando comenzó a levantarse, uno de los Itsos torció ligeramente la cabeza hacia su derecha y le apuntó con su lanza–relámpago. De la parte superior surgió un haz de energía que lo empujó violentamente contra la pared, rebotando su cabeza contra el suelo.


Sin mirarle siquiera, el Itso, impasible, volvió a unir su lanza–relámpago con la de sus compañeros. Esta vez portándola con ambas manos a un mismo tiempo. Aquel gigantesco globo azulado crecía más y más. Entonces Rebecca, viendo cómo sus armaduras se cubrían con una brillante aura, se percató de lo que hacían. Estaban formando algún tipo de pórtico de teleportación. Parecía que su ciencia poseía el conocimiento para la transforma­ción de la materia.


Con un súbito impacto, aquella esfera luminosa germinó. Varios lazos luminosos les envolvieron con una crisálida de energía, uniéndolos directamente con el triángulo formado por los Itsos. Todos se vieron suspendidos en el aire, precipitándose al interior de un vórtice que conectaba con un túnel que se des­plazaba a endiablada velocidad.


Rebecca podía sentir cómo la estancia desaparecía de su vista y cómo su cuerpo se sumergía y se expandía, dispersándose en un cúmulo de moléculas incandescentes, moviéndose en una misma dirección a través de un corredor de opalinas luces.


















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