15 de abril de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM. (En la superficie. Parte I).








Capítulo XVIII


En la superficie (Parte I)



«NO PODEMOS HABLAR DE PROGRESO SI EL PRECIO QUE DEBEMOS PAGAR POR ÉL, ES LA EXTERMI­NACIÓN DE OTRAS FORMAS DE VIDA. TODO FRUTO DEL INGENIO Y TRABAJO DEL HOMBRE QUE NO VAYA ENCAMINADO A LA PROTECCIÓN Y FOMENTACIÓN DE LA VIDA, ESTÁ CONDENADO AL FRACASO».


NOAH ARISTÓTELES SALEK.


(EL SENTIDO DE LAS CONSECUENCIAS)



Extracto perteneciente a Sillmarem Libro I: Gambito de Dama


Por Gabriel Guerrero Gómez



Rebecca se desenfundó los guantes y utilizó la calidez de su aliento para calentarse los dedos. Se quitó su capa raída y la tiró a un contenedor de basuras volcado. Tenía mejores métodos de entrar en calor, pero era un ritual nervioso que hacía cuando se sumergía en una actitud de reflexivo sosiego. Penetraron a un oscuro callejón.


De repente, una puerta se abrió casi al final de la calle: una mano reclamaba su presencia. Demetrius aceleró el ritmo de marcha, enviando varias señales a ambos lados del callejón. Había movimiento de oscuras siluetas entre las aceras, áticos y azoteas cercanas. Para sorpresa de Rebecca, todos se detuvieron en seco. Demetrius se agachó, avanzó ágilmente unos cuantos pasos, hizo una pausa, dio dos pasos más mirando en derredor y gateó otro par de metros con sumo cuidado.


Inclinó su cuerpo ligeramente hacia delante y, con mucha precaución, deslizó hacia atrás su capucha alzando la cabeza y asomándola al callejón siguiente. Durante un segundo, sus oídos trataron identificar los sonidos de la noche. Su procedencia ya fuera natural o artificial. Rápidamente retrocedió, posó su rodilla sobre el frío embarrado de la calzada y emitió varios mensajes por su intercom.


Yassu le seguía atentamente. Desenfundó su arma y esperó mientras con su mano derecha hacía una señal a uno de sus hombres que se escondía unos cuantos metros más atrás. A su izquierda Rebecca vio a una oscura silueta moverse con singular sigilo, fintando por el barrizal y situándose junto a Demetrius. Nika también observó con expectación cómo el hombre de la capa negra, de una desgastada bolsa de viaje sacaba, tras abrirla, lo que parecían ser varias cámaras esféricas exploradoras a suspensión, conocidas como explocam.


Eran viejos prototipos, pero aún operativos. ¿Por qué ahora? se preguntó Nika. En un principio su punto de enlace sería la biblioteca. Entonces, ¿qué diablos trama Demetrius?


El hombre de la capa negra las colocó ordenadamente en un manto extendido sobre el suelo. Sus dedos pulsaron algunas órdenes en su microor­denador de pulsera. Al instante, con una diminuta luz de un fucsia profundo, se alzaron y, suspendidas en el aire, se dispersaron en todas direcciones con gran rapidez.


Unas a ras del suelo y otras elevándose por los tejados, salvando cualquier obstáculo. Rastrearon los interiores y recovecos de varios kilómetros a la redonda. Un holograma a color se extendió y desplegó sobre la muñeca de su controlador, cubriéndole el semblante con un aura de luz, al tiempo que veía los diferentes planos tomados por sus aparatos de rastreo desde varios ángulos y posiciones.


Calles, árboles, parques, aceras, vehículos, pero ninguna señal de vida salvo algún perro vagabundo. Tecleó nuevas órdenes para regular el brillo, filtrar y eliminar los sonidos de fondo. Más imágenes fugaces.


—La zona está limpia, mi Señor.

Demetrius estudió intensamente las imágenes.

—Continúa.


—Pero, mi Señor.


—Hazlo.


El hombre de la capa negra obedeció, reajustando los diferentes planos enviados por sus explocam. Nuevas imágenes con distintos planos del antiguo núcleo urbano de Noctropolis se sucedieron con fluidez y definición. En ese instante Noctropolis era una ciudad con el rango de Centro Cultural Milenario.


Una de las capitales intelectuales de la Interfederación, con sus fortificaciones, monumentos y en particular con sus bibliotecas. Su vida cultural era intensa como lo atestiguaban sus museos, teatros, galerías de arte y prestigiosas universidades, así como reconocidos y afamados centros científicos casi tan destacados como los de Thenae. Otras explocam le seguían mandando imágenes de edificios, calles, jardines y parques completamente vacíos. Exentos de toda actividad humana.


—Nada… Nada.


—Insiste. Debemos movernos lo más aprisa que podamos —dijo Demetrius.


—Veré lo que puedo hacer. Todo esto no es normal, Demetrius. Cuanto antes salgamos de aquí, mejor para nosotros.


—Debemos ganar un poco de tiempo, hacer una distracción —susurró Demetrius.


El hombre de la capa gesticuló nervioso, presionó con familiar rapidez su teclado enviando nuevas órdenes. En la parte inferior de la proyección holográfica desfilaban líneas cifradas de palabras, describiendo la información recogida por las explocam. Yassu frotó ambas manos emitiendo un gruñido. Estaba helada. Rebecca miró a Yassu.


—Sencillo y eficaz.


—Hurgan y fisgan en todas partes, son como una prolongación de nuestros ojos y oídos —dijo en tanto un par de sus hombres se encaramaban a una terraza para aumentar su campo de visión—. Cada uno tiene sus propios métodos de combate.


Tantas medidas… Androkazes, pensó Rebecca. Deben estar muy cer­ca. Cruzó una mirada de comprensión con Nika, dudando si esta vez lograrían salir con vida de Andriapolis–Alpha. Ello explicaba por qué los hombres de Demetrius portaban corazas de protección ultraligeras bajo sus capas. Eran armaduras térmicas.


Levantó la barbilla. Algunos escuadrones atravesaron el firmamento. Peque­ños resplandores se sucedían señalando el intercambio de disparos y explosiones más allá de las montañas. Los combates se extendían por todas partes. Su olfato captó el fuerte olor a orina y excrementos de una cañería de desagüe rota, las emanaciones ascendían gaseosas desde el alcantarillado. Notó cómo las nauseas se agarraban por su garganta creándole una intensa y desagra­dable acidez en el estómago.


—Si no andamos con cuidado no llegaremos muy lejos —dijo Yassu.


—He de reconocer que poseéis cierto grado de originalidad —contestó irónicamente Rebecca.


—Os lo agradezco.

Yassu deslizó en su mano unas lentes de visión nocturna.


—Observad, prestad atención un momento.

Rebecca obedeció y pudo comprobar cómo de la amplia gama de huellas que marcaban y deformaban aquella ancha calle embarrada, sobresalían en un verde fluorescente, en dos hileras separadas, las huellas que pertenecían a dos sujetos concretos.


—No comprendo… ¿Qué? —preguntó Rebecca quitándose las lentes.


—Fijaos con más atención, mi Dama —insistió Yassu.


Rebecca se las puso nuevamente.


—Esas huellas en concreto superan con igual simetría y gran exactitud todos los desniveles del terreno, escogiendo siempre la ruta de más fácil acceso. Salvo raras excepciones, ningún ser humano puede moverse con tal perfección, similitud y tan parecido a otro de sus semejantes, a no ser que estén dotados con los mismos parámetros y medidores dimensionales de distancia, forma y espacio —dijo Yassu.


—Como los Androkazes imperiales.


—En efecto. Desarrollan esquemas parejos de comportamiento, según su numeración de origen y procedencia de fabricación. Estos que hemos de­tectado son de vieja producción. Los nuevos prototipos desarrollan sus propias personalidades y pautas de carácter, amoldándolas a las experiencias cotidianas que sufren y viven, lo cual complica mucho su detección e identificación. Su efectividad de ataque es de hasta un noventa y ocho por ciento. Algunos incluso poseen capacidades metamórficas de último nivel. Rebecca se estremeció.


—Nuestra única defensa es la anticipación visual —dijo Yassu—. No hace mucho que pasaron por aquí. Los tenemos muy cerca. Debemos obrar con mucho tiento si no queremos saltar por los aires hechos pedazos.

Rebecca asintió. Nika parecía ensimismado, retraído, casi taciturno, expectante a un mismo tiempo, pero siempre alerta mientras se acariciaba la mandíbula y atusaba el bigote. Su cartuchera siempre abierta.


—¿Cómo estás? —preguntó Nika a Rebecca.


—Todavía puedo sonreír —dijo Rebecca devolviéndole las lentes a Yassu.


Contuvo el aliento al apreciar cómo una de las explocam torcía a baja altura la esquina y regresaba prestamente hasta su controlador, girando sobre sí misma y posándose suavemente en una de sus manos. A su alrededor los hombres de Demetrius utilizaban detectores anti–minas de proximidad. Obraban con suma precaución. Aquellos segundos de espera le parecían eternos.


Una abrasadora tos golpeó su garganta irritada, pese a que las cápsulas vitamínicas de Alexia habían revitalizado su organismo, parecía que el sueño podía con ella. Solo quería descansar.



















































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