20 de abril de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM. (En la superficie. Parte II).








Capítulo XVIII



En la superficie (Parte II)



Extracto perteneciente a Sillmarem Libro I: Gambito de Dama


Por Gabriel Guerrero Gómez



—Preparaos para salir de aquí lo más rápidamente que podáis —dijo Yassu.


Rebecca se irguió dolorida de su escondrijo. Un ramalazo de impaciencia cubrió sus retinas, sofocando un gemido siguió con la mirada a Demetrius que se inclinaba hacia la manta de cámaras. Se arrodilló y soltó otra explocam que levitó rauda hacia el marco de luz azulada que bañaba la acera, por la boca de la puerta recién abierta al final de la calle, una figura permanecía agazapada a la espera.


La explocam sorteó fácil­mente algunos hierros que yacían ocultados por el barro. Se precipitó al interior de lo que parecía ser una especie de establecimiento.


Pasó entre las piernas de su único ocupante, exploró la zona y se situó de frente con un brusco movimiento, elevándose lentamente a unos cuantos centímetros de distancia de la misma figura que permanecía inmóvil y sonriente, exhibiéndose. La escaneó de arriba a abajo. Con un veloz giro retornó a su punto de origen.


—La identificación da positivo, mi Señor. Es un Sintoide de la clase Ome­ga–9. Es Ramsés —dijo el hombre de la capa.


—Haz que tus hombres cubran nuestra fuga tanto tiempo como les sea posible.


—No perdáis cuidado, mi Señor. Les daremos una calurosa bienvenida.


—Estoy seguro de ello.


Demetrius se levantó e hizo una seña a Yassu, rápidamente se vieron rodeados de varias figuras armadas. Guiados calle arriba penetraron, asegurando la puerta a sus espaldas, topándose con una alta y fornida figura que los miraba sonriente. Alexia se acercó y la abrazó cariñosamente.


— ¡Padre!


Rebecca se sintió intrigada. Había oído decir que algunos Sintoides adop­taban niños abandonados e incluso se les permitía dar a luz hijos previamente fertilizados, pero nunca de la adopción de otro Sintoide. Era algo cuanto menos inusual y muy poco común.

Ramsés pasó la mano por la cintura de Alexia.


—Me alegra verte, pequeña. Deberías venir más a menudo a esta casa, tu casa

—le reprochó Ramsés cariñosamente, besándola en la frente con ternura.


—Padre yo… —Alexia trató de disculparse avergonzada.


—Sí ya sé, ya sé, tienes tanto trabajo.

Alexia miró a su padre.


—De sobra sabes lo mucho que me gusta venir a veros.


—Hijos, solo vienen a verte cuando tienen problemas o necesitan dinero.


Alexia sonrió y le pellizcó en un brazo.


— ¿Y madre? ¿Dónde está? —sus ojos inquietos buscaban en vano.


—Salió hace una semana a ver a tus primos a Thenae—dijo tratando de tranquilizarla, aunque sin lograrlo.


—Siento interrumpir, pero…

El duro tono de mando de Demetrius cortó aquella escena familiar. Ramsés no pareció impresionado en absoluto, dignándose a dirigirle una serena mirada.


—Salud, mi Señor, sed bienvenidos a mi humilde hogar. Hacía tiempo que no visitabais mi casa, noble Señor de Alexa.


—Lo sé y lo siento profundamente —se disculpó Demetrius.


—Con vuestra presencia no solo dignificáis mi humilde hogar sino que también dignificáis mi persona. Es para mí un honor servir al nuevo Señor de Andriapolis–Alpha. Vuestro padre fue un hombre extraordinario. Querido por todos y admirado por sus más encarnizados enemigos. Poseía una cualidad extraña en la mayoría de los hombres.


—¿Cuál, Maestro? —interrogó Demetrius con curiosidad preguntándose qué tramaría aquel astuto anciano.


—Sabía leer lo que sucedía en el corazón de los hombres con claridad. Poseía, por así decirlo, un don. Pero por favor, sed indulgentes con las melancolías de un pobre viejo al que el paso de los años le hace cada día más lento y más torpe. Cuando se llega a una determinada edad, solemos vivir del pasado, eso es señal del final de nuestros años y de la necesidad de renovar nuestra alma con nuevas metas, por humildes que estas sean.


—Todavía sois muy joven, Maestro —dijo Demetrius.


—Oh, por favor, acomodaos, sentaos y decidme en qué puedo serviros, noble Señor —dijo Ramsés ofreciendo una butaca flotante a Demetrius. Este se inclinó agradecido. Su expresión se suavizó. Yassu lo saludó con respeto.


Aquel Ramsés parecía ejercer una fuerte influencia sobre Demetrius. Con una inclinación de cabeza saludó al resto de visitantes, dio dos pasos cortos y se asomó con discreción tras la cortina, identificando varias imágenes humanas difuminadas por la noche.


—Últimamente vuestros hombres son más ruidosos que de costumbre.

Yassu tosió. Ramsés sonrió.


—Cada cosa a su tiempo, Señora, cada cosa a su tiempo.


—Por favor Ramsés, nuestra situación… —Yassu intentó decir.


—Sé cuál es nuestra situación mucho mejor que vos —cortó bruscamente Ramsés mirando de soslayo el macuto de Rebecca.


—Entonces de sobra sabéis, la urgencia de… —insistió Yassu.


—Y el valor de esta bella jovencita. Demetrius, veo que vuestra imagen últimamente deja mucho que desear —dijo irónicamente Ramsés golpeándose la nariz con el dedo índice.


Demetrius se sonrojó. Una espesa pestilencia había inundado, con su presencia, su hogar. Rebecca estudió la estancia. Uno de los hombres de Demetrius terminó por desconectar su intercom y se inclinó al lado de Demetrius:


—Por el momento la zona está limpia, mi Señor. Algunos heridos precisan atenciones de urgencia, si Ramsés quisiera…


—Ahora mi hija os atenderá.


Alexia los guió a una habitación regresando minutos más tarde al lado de su padre. ¿Qué estará tramando? se preguntó Rebecca.










No hay comentarios: