7 de abril de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (Entre tinieblas. Parte II).



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Capítulo XVII
Entre tinieblas (Parte II).

Por Gabriel Guerrero Gómez
Slava Taideff se inclinó y salió de la habitación guiado por Mesala. Una patrulla de fornidas Walkirias imperiales se les unió. A medida que avanzaban, a ambos lados del corredor, Slava Taideff pudo apreciar sendos bustos esculpidos en mármol de antiquísimos músicos.
Inesperadamente, las luces del pasillo parpadearon hasta casi extinguirse. La presión agarrotó sus músculos. Un sudor frío empapó su frente. ¿Asesinarme? Soy valioso para él todavía, pensó Slava Taideff. Mesala hizo una seña a una de las Walkirias.
—Llamad a mantenimiento inmediatamente, Capitán.
Slava Taideff carraspeó. El corazón le dio un vuelco.
—Dadme solo un minuto, mi Señor.
La Walkiria se giró y salió por el corredor de su derecha. Slava Taideff sintió en la oscuridad un picotazo. Se llevó la mano al cuello, en tanto se escuchaba el zumbido de un enorme mosquito que salía por una ventana completamente abierta. Mesala la cerró y aseguró los cierres.
—Este maldito servicio de mantenimiento —murmuró irritado—. Os pido disculpas por este contratiempo, Embajador.
Mesala encendió una linterna, cegando por un par de segundos a su ilustre huésped con centelleos luminosos.
—¡Oh! Os ruego me disculpéis, mi Señor —dijo Mesala.
—Estas cosas pasan —dijo serenamente Slava Taideff mientras atra­vesaban varios patios interiores. Ignoraba por completo que Mesala le había implantado un micro rastreador cerca de la nuca, de tal manera que tendrían siempre controlados los movimientos del Embajador de la Heptarquía Septem en el planeta Thenae.
Las luces volvieron a iluminar los pasillos.
Dos Walkirias se les unieron. Observó su indumentaria. Finos monos negros que se les adaptaban perfectamente mostrando una fornida y hermosa silueta, débilmente disimulada por una amplia capa con el escudo imperial bordado en su pecho izquierdo. Las retinas de Slava Taideff se posaron en la espalda de Mesala.
Se había recuperado de su estado de shock inicial. Una furtiva sonrisa se formó en los labios de Slava Taideff. Este sí que es un elemento de cuidado, pensó. Poseía, al parecer, conocimientos sobre la vida privada de personas rele­vantes, ya fueran políticos, banqueros o militares, tanto dentro como fuera del Imperio. Slava Taideff de sobra sabía que si intentase traicionar al Imperator o al Conde, este le exterminaría sin pestañear.
Era consciente de que el Imperio poseía muchos aliados, demasiados. Y aunque algunos de ellos estaban descontentos, no se atrevían a enfrentarse al Imperator por temor a las consecuencias. Si conseguía hacerse con el control, tendría que cuidarse de que los mismos que le iban a ayudar en su ascensión al poder del Imperio no conspirasen contra él cuando el Imperator fuera eliminado. Esos indeseables podrían provocar una guerra civil, así que lo mejor era hacerlos desaparecer en el momento en que dejaran de ser útiles.
Debía llegar a Thenae lo antes posible. Cuanto antes estallase la guerra en­tre el Imperio, la Interfederación y Sillmarem, antes podría alzarse Septem con la victoria sobre los despojos de tales potencias. Debía precipitar los acontecimientos. Estrategia, una pura cuestión de estrategia. Estaba inmerso en una letal operación de gigantescas proporciones.
El secuestro del Príncipe de Sillmarem era una pode­rosa moneda de cambio, ¿la excusa? Estrechar los lazos de amistad e intercambios comerciales entre Thenae y Septem. Una auténtica ironía, por supuesto. Thenae pagaría por las humillantes derrotas infligidas a su mundo en el pasado. Su papel era bien sencillo. Debía mantener alejado al Rector de Thenak del Príncipe de Sill­marem mientras los comandos del Conde entraban en acción, entreteniendo por otra parte al Gobernador de Thenae, Menelao Deucalion. Una delicada misión de la que obtendría beneficios de todo tipo. De la que obtendría el poder, su poder.
Torcieron una esquina saliendo a un amplio corredor. Estudiando la figura de Mesala, su mente comenzó a divagar libremente. Corrían rumores de que Mesala era realmente un Cerento e incluso un Psilogat. Lejanos quedaban los días preespaciales, cuando apenas se comenzaban a investigar los ordenadores cuánticos e incluso los primeros ordenadores biológicos, basados en la capacidad de procesamiento de las proteínas. No obstante, la angustia golpeó su psique, sintió un nudo en la garganta. Avanzaban por un pasillo muy cerca de sus aposentos y por más que se esforzaba, no lograba dominar una creciente inquietud.
Comenzó a repasar los detalles observados en sus Homofel. Todo concor­daba con sus perfiles diseñados, pero había algo más. Sus uñas curvadas de pies y manos que les otorgaban la capacidad de agarrarse a cualquier superficie, estaban demasiado desarrolladas para la edad de aquellos Homofel.
No sobrepasaban los dieciocho años standard y sus capacidades no terminaban de desarrollarse hasta alcanzar los veintiuno. A menos que no fueran un prototipo beta. De ser así, el Conde se hallaría con tres auténticos prototipos–alpha de Homofel, sin el total de sus talentos desarrollados y aún por descubrir.
¡Maldición!, si hace un análisis de ADN rutinario, sospechará sin lugar a dudas. Apenas he logrado mantener alejados a los especialistas imperiales de los Homofel, pensó Slava Taideff palideciendo. El seleccionador lo pagará caro. ¿Cómo puede haber sido tan torpe? Me encargaré de mutilarlo con discos láser de sujeción.
La situación es grave. Antes de partir a Thenae debo ejecutar a los tres proto­tipos–alpha. Con discreción, por supuesto. Si el Conde se percata de su verdadera naturaleza, estaré en un serio aprieto, tanto con el Imperator como con mis superiores. Antes de tres noches no hallarán ni sus cenizas, serán sustituidos por réplicas iguales, pero de menor calidad.
Ya más tranquilo, divisó la entrada de su habitación. Sus cejas se alzaron sorprendidas al comprobar cómo las largas uñas de las Walkirias imperiales estaban pintadas con diminutas figuras y retratos magistralmente detallados con composiciones como una estatua griega, un hombre desnudo excitado o un dibujo cómico. Al parecer eran tan extravagantes y caprichosas en sus gustos como lo era el propio Conde y, por supuesto, tan mortíferas y sanguinarias como él.
¡Letales mujeres! pensó desasosegado Slava Taideff recordando el pánico de sus ojos al presenciar a los Homofel en acción. Un lujo visto por muy pocos hombres.
—Bien, os deseo un feliz descanso y un feliz viaje. Cualquier cosa que necesitéis, no dudéis en pedirla, mi Señor. Mis Walkirias velarán por vuestra seguridad y tranquilidad —dijo Mesala con amabilidad.
Dos Walkirias franquearon la entrada del dormitorio.
¡Mis ejecutoras!, pensó Slava Taideff.
—Sois muy generoso. Estoy seguro de que descansaré con profundo y reparador sueño.
—Vuestra presencia dignifica nuestra humilde morada. Buenas noches
—dijo Mesala dando un taconazo e inclinando la cabeza mientras giraba sobre sí y se retiraba con paso firme ocultando una sardónica sonrisa.
—Buenas noches.
Sin encender la luz se desvistió y deslizó en la cama. Cerró los ojos pensando en aquel estúpido error que casi lo había echado todo a perder. Por fortuna, lo corregiría en poco tiempo. Desde luego, uno ya no se podía fiar de nadie. ¡Ese maldito seleccionador incompetente!
Era hora de descansar, le aguardaba una dura jornada. ¡Tantas cosas por hacer! En la antigüedad hubo un emperador que nombró cónsul a su caballo. Un hombre sabio. Una fuerte carcajada sacudió su panza. ¿Me habré vuelto loco yo también? pensó volviéndose a reír a solas.
Antes de que sus pupilas se acostumbraran a la tenue iluminación de su alcoba, sintió el pataleo de una pequeña figura entre las sombras, a los pies de su cama.
—¿Rufus? ¿Eres tú, pequeñín?
Un alegre ladrido contestó al Embajador.
—Chico, ven aquí.
Un diminuto foxterrier se encaramó sobre las sábanas de satén de la cama y, pataleando, se acurrucó entre los brazos de Slava Taideff, jugueteando con un fleco suelto de su manga.
—Hola, hola chiquitín, ¿tuviste un buen día?
Por toda respuesta el perro le dio la patita y le lamió los dedos de la mano.
—Buen chico, buen chico –dijo Slava Taideff acariciándole con ternura—. No sé qué haría sin ti pequeñín. Me sentiría tan solo.
La tecnomascota de compañía soltó otro cariñoso ladrido. Qué mara­villoso mecano, pensó Slava Taideff. Los de la clase ST40 de Invenio son los mejores.
—Puede que algún día yo también te nombre cónsul —murmuró mien­tras lo acariciaba—. Debo pasarte por el scanner a nuestro regreso a Septem. Me desagradaría que te hubieran insertado algún implante espía, chiquitín. Los hombres son tan, tan malos.










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