26 de abril de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (La Estrella de la sabiduría. Parte I).





LIII



LA ESTRELLA DE LA SABIDURÍA



“¿Qué son los pensamientos frente a los crudos hechos cotidianos? La realidad siempre supera con creces cualquier ficción”.


Chakyn Chakiris.


(Más allá de los límites de la ciencia)



Extracto perteneciente a Sillmarem Libro II: Torre por Alfil.


Por Gabriel Guerrero Gómez.



Capítulo LIII. La Estrella de la sabiduría. (Parte I).



Los Xiphias, con una capacidad de reacción de sobra conocida por Noah Salek, incrementaron su ritmo de acción, trasladando y socorriendo a los heridos que podían e introduciéndolos en sus vehículos para conducirles a las aquaesferas de máxima seguridad de Sill. A Salek, principal Magister-Tutor de Marelisth, se le doblaron las piernas, y el cuerpo empezó a temblarle de forma incontrolada.


Dos brazos lo tomaron por ambos codos, alzándolo con suavidad y dirigiéndolo presurosos al interior del vehículo. Aún estaba conmocionado. A su lado, Dhalsem Thagore intentaba cortar la hemorragia de un anciano.


-Los demás… -farfulló Salek, débilmente.


-No os preocupéis de los demás, mi Señor, están siendo atendidos por mis hombres -dijo un oficial Xiphias.


-Pero… los heridos tienen prioridad -interrumpió Salek.


-Los que aún se sostengan por su propio pie y cuyas heridas no revistan gravedad, vendrán con nosotros. El resto quedan a cargo de los medicus-met. No os preocupéis, están en buenas manos.


-¿Cómo sabéis…?


-Silencio. No hay tiempo para explicaciones, estamos siguiendo los protocolos de seguridad, mi Señor.


-Comprendo.


-Por favor, ahora debéis descansar.


Salek alzó la cabeza. Aquel oficial parecía saber lo que hacía.


-¡Entrad! Cuidado con la cabeza -dijo sosteniéndolo por un brazo. Salek obedeció, su espalda se hundió en la oscura quietud del interior.


–Nuestro cupo de heridos está lleno.


-En marcha piloto, ¡rápido!


El piloto conectó los suspensores del transporte, y de la parte inferior brotó un ligero zumbido silenciándose pocos segundos después. La nave se levantó y levitó en tanto se encendían sus focos delanteros. Salek sintió cómo se arrastraba, con pesadez aparente, durante unos cuantos segundos.


La holoconsola del conductor se desplegó con brillantes colores, mostrándoles las lecturas de los sensores y detectores externos de rastreo junto a un plano virtual, probablemente del sector de Marelisth en el que se encontraban. A su lado, Dhalsem Thagore susurraba cálidas palabras a su paciente.


Los campos de ocultación habían caído. Salek pudo ver que la mayoría de las granjas de la franja exterior de Marelisth estaban en llamas, mientras avanzaban a gran velocidad.


A su lado, Dhalsem Thagore alzó la vista un segundo y continuó con su labor; el anciano se sumergió en un profundo sueño. El conductor accionó los propulsores principales, hundiéndoles en sus asientos.


Era un modelo antiguo, sin campos de aislamiento acelerativo, pero aún operativo. La mano del conductor tabaleó sobre el teclado pidiendo apoyo mientras las lunas de Sill resplandecían con fría intensidad en un proceloso cielo que no prometía nada bueno.


-Por ahora la ruta está despejada -murmuró el piloto.


Por las ventanillas, no muy lejos, un enjambre de levita-trineos de combate surgió de la espesura tomando diferentes posiciones defensivas a su alrededor.


En el cielo, otro escuadrón de cazas con la estrella de Sill los escoltó abandonándoles después de que el piloto intercambiase algunos mensajes cifrados. Su vehículo trazó en el aire un vertiginoso giro bajando a tremenda velocidad, y sobrepasó casi rozando las copas de los árboles de un espeso bosque.


El piloto aflojó la velocidad situándose sobre uno de los afluentes del río Marelisth, rumbo a la aquaesfera del antártico sur del planeta; era todo silencio en el interior de la nave.


Las luces inferiores del vehículo enfocaron el suelo, emitiendo dos estelas de luz, alumbrando a ambos lados los accesos marítimos de las redes subterráneas de comunicación. Poco a poco, fueron desviándose hasta la costa. Sus interminables arenas blancas discurrían bajo ellos con un hipnótico movimiento.


Las fragancias del mar tranquilizaban a Salek, que bajó los parpados con cansancio y recordó una vieja máxima de Sillmarem: “Ama la paz del silencio, pues ella mitiga y cicatriza las heridas del alma, en su reposada quietud”.


¿Ha sido todo un sueño? se preguntó, esforzándose por coordinar las ideas. No, ha sido real, todo esto es real, sus heridas y quemaduras son reales, así como su dolor. Nadie puede escapar al dolor, nadie, reflexionó tapándose el rostro con ambas manos.


Los gemidos de los heridos no podían ser ignorados, las vacías miradas de los niños, ensimismados en su silencio, tampoco. En esta ocasión, Salek estaba seguro de que este golpe de mano por parte de sus enemigos, podía ser definitivo.


Las gentes de Sill habían huido buscando la protección de los bosques o de las naves-médicas en los espacio-puertos que todavía no habían sido arrasados, uniéndose al éxodo masivo hacia las bases secretas desperdigadas más allá de las montañas.


Subieron tomando más altitud, giraron y cambiaron de rumbo. El vehículo se deslizó con suavidad sobre un camino rural. Se acercaron rápidamente a la cabeza de un largo puente, levantando a ambos lados sendas nubes de arena.


Salek se mantenía ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor con ambas manos sobre el regazo y los parpados bajados, concentrado mientras algunos Xiphias comprobaban sus armas, Dhalsem terminaba de colocar un vendaje de urgencia a otro paciente y el conductor conversaba con voz grave con su copiloto; un oficial estudiaba un holoplano desplegado sobre una de sus manos; a su lado, un Xiphias intercambiaba por su intercom algunas palabras con un compañero, y los medicus-met se ocupaban en la parte trasera del vehículo de los heridos.


De repente, tres ideas brotaron de los labios de Salek:


-La Estrella de la Sabiduría, Nika Corintian, los Koperian


-Bendita Dama de Sillmarem. ¡Mirad! ¡Mirad en el puerto! -gritó un Xiphias sintiendo el frío y la humedad en las palmas de las manos apoyadas en la ventanilla ovoidal.


Sus pupilas estaban contemplando el hundimiento de una fragata de guerra de Sill. Los cazas de Ekatón lo azotaban con fuerza en el puerto, bombardeándole sin pausa y cebándose sobre las embarcaciones más pequeñas, arrastrándolas y haciéndolas zozobrar con aterradora facilidad.


Los escasos supervivientes se agarraban donde podían, esperando inútilmente a que alguien los rescatara. Las pocas embarcaciones atracadas se irían a pique en breve, eran modelos muy viejos, armatostes que carecían del equipamiento de inmersión adecuado para superar un ataque de tal envergadura.


-Son muchas naves -murmuró un Xiphias contemplando cómo los náufragos braceaban desesperados luchando contra los golpes de las olas, mientras su vehículo continuaba presuroso, adentrándose por un tupido bosque.


Antes de que sus parpados cubrieran los agotados ojos de Salek, cansados de ver tanta muerte a su alrededor, éste reaccionó.


-Piloto, déjeme aquí -ordenó Salek.


-Cuando todo esto haya pasado las naves de desembarco imperiales sólo tendrán que rematar la faena -dijo un Xiphias con siniestra calma.


-Todavía no estamos a salvo, todo este sector está plagado de cazas -advirtió un Xiphias, con voz ahogada.


-Pero, ¿cómo han logrado superar nuestras defensas? –se preguntó otro.


-Mi Señor, ahora no es posible.


-No me importunéis piloto, bajadme ¡ahora!


-Señor, yo…


Dhalsem Thagore le lanzó una interrogativa mirada. Salek observó que el piloto aún dudaba. El vehículo los zarandeó bruscamente al sortear varias acumulaciones de tierra y ramas esparcidas por el bosque. Su vuelo era muy bajo para no enfrentarse a los cazas enemigos.


-Proseguiréis con la ruta acordada. Yo debo bajar aquí.








2 comentarios:

Sandra dijo...

hola, antes de nada, gracias por hacerte seguidor de mi blog, también voy a seguir yo el tuyo. Veo que has escrito una saga, espero en breve leerla y promocionarla en mi blog. Un saludo

Gabrielacus dijo...

Un placer conocerte Sandra. Bienvenida a Sillmarem.