3 de mayo de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (La Estrella de la sabiduría. Parte II).





LIII



LA ESTRELLA DE LA SABIDURÍA



Extracto perteneciente a Sillmarem Libro II: Torre por Alfil.


Por Gabriel Guerrero Gómez.



Capítulo LIII. La Estrella de la sabiduría. (Parte II).



-Salek… ¿Qué? –dijo Dhalsem Thagore censurándole con los ojos.


-Viejo amigo, debo penetrar en el Faro Blanco. Está a solo unos kilómetros de aquí, hay que contactar con los Delphinasills. Usaré la Estrella de la Sabiduría -dijo Salek que, al parecer, tenía un plan.


-Entonces yo bajaré contigo. Alguien debe ayudarte. El transporte abrió una de sus compuertas posándose con suavidad. Soltó a sus dos viajeros para acelerar motores, acercarse al mar, y sumergirse rumbo a la aquaesfera del antártico sur.


Salek y Dhalsem comenzaron a correr por la orilla empapándose los pies; trozos de algas arrastradas por la marea cubrían la playa; a lo lejos, se podía divisar el gran Faro de Marelisth con un penacho de humo negro elevándose al cielo.


Tras varios minutos corriendo, alcanzaron la entrada de Faro Blanco. Accedieron al interior y descendieron a las estancias subterráneas. En una pequeña sala de color azul se encontraba lo que buscaban. Ambos se sentaron, mirándose con fijeza y apoyando sus manos sobre una esfera de la espiralada Estrella de la Sabiduría.


Aunque las probabilidades eran escasas, cuantas más mentes se uniesen en la búsqueda con el explorador del conocimiento y la sabiduría, antes podrían conectarse, no sólo con los Delphinasills, sino encontrar algún indicio o rastro que le mostrasen quiénes eran aquellos guerreros de los que les había hablado Nika y que ahora les atacaban a ellos.


Dhalsem Thagore asintió en silencio, ambos colocaron las manos sobres sus respectivas esferas de la sabiduría y cinco pequeños círculos de luz irisada cubrieron las yemas de sus dedos para después emitir finas hebras luminosas que recorrieron sus brazos hasta sumergirse, a través de sus sienes, en sus consciencias.


Se vieron arrastrados por un ondulante torbellino de luces e imágenes, sonidos, extraños idiomas, rostros danzantes, planetas, galaxias, nebulosas, cuásares, infinidad de mundos y universos. Salek, sin saber cómo, sintió unirse a él la consciencia de Dhalsem. Éste lo guió hasta lo que parecía ser un corredor espacio-temporal que adquiría la forma de un planeta que le era familiar, Ákila.


-Deja aquí tu mensaje, rápido -le urgió Dhalsem.


-Delphinesen, vuelve a Sill -dijo Salek.


Sabía que si Valdyn recibía el mensaje, lo entendería. De nuevo, sintió su consciencia arrastrada por la de Dhalsem Thagore. Sobrepasaron acumulaciones de estrellas hasta superar las fronteras del Imperio, para adentrarse en las Tierras Vírgenes, los sistemas y mundos aún no explorados por el hombre.


Sólo algunas colonias industriales bordeaban las fronteras imperiales. En un débil amago por adentrarse en aquellos límites desconocidos, la consciencia de Dhalsem le volvió a arrastrar, aún más, hacia partidas de exploradores que Salek pudo reconocer por sus ropas, eran Triterian.


El nombre de Nika Corintian acudió a su memoria; las imágenes de excavaciones y ruinas cruzaron como una exhalación por su mente. Imágenes grabadas en piedra, trazos Koperian, antiguas guerras, signos de significado oculto para él, clarificados con la traducción de Dhalsem Thagore.

-Hubo un tiempo en que los Koperian fueron expulsados por una antiquísima raza.


El delicado relieve de una extraña y hermosa criatura con pose vencedora, dictaminando su expulsión, brilló sobre la piedra.


-La estirpe Corlárida.


Salek intentó averiguar más, ya que al parecer habían desaparecido hacía miles de años. Dhalsem condujo sus mentes fuera de aquel flujo de universos, y Salek, con un fuerte dolor en las sienes, adquirió de nuevo el sentido de la realidad tridimensional que le rodeaba.


Frente a él, Dhalsem Thagore se desvanecía, agotado. Había llevado todo el peso de la inmersión en los vastos océanos de la Estrella de la Sabiduría, invirtiendo en ello todas sus fuerzas.


Salek llegó a la conclusión de que Nika Corintian, explorador Triterian, era la pieza clave que podía guiarles hasta aquel enigmático pueblo para ofrecerles una alianza que les permitiera vencer a los guerreros que ahora les atacaban, si es que aún existía tal raza. Comenzó a alzarse y resbaló; se sentía muy débil. Recordó lo agotador que podía ser para la mente usar la Estrella de la Sabiduría.


Se acercó a Dhalsem Thagore para ayudarle; sus fuerzas flaquearon, sintiendo cómo sus piernas se torcían, derrumbándose sobre el suelo, desvaneciéndose y sumergiéndose en un profundo e inquietante sueño.


-Corláridas… -susurró antes de perder la consciencia.


No muy lejos de allí, después de cruzar parte de la costa a nado tras el hundimiento de su levita-crucero, y ocultarse en los bosques de palmeras de las afueras de Xanadú, Chakyn Chakiris, Jefe de Científicos de Sillmarem, pilotaba un aquadeslizador sin quitar ojo de uno los gráficos de su consola de mandos; las constantes vitales de Sophy y Sarah permanecían estables.


Gracias a sus detectores de ADN, Chakyn había logrado localizarlas en un refugio custodiado por guerreros de Navinok, no muy lejos de los escombros del Palacio Blanco. Por desgracia, el hijo de Sarah no aparecía por ninguna parte.


Aún no sabía cómo iba a explicarle a Valdyn la desaparición de su hijo, aunque, por ahora, lo importante era mantenerlas con vida, llevándolas a una de las aquaesferas de seguridad. Debo aguardar hasta el regreso de Löthar Lakota y sus tropas, si es que regresan, pensó con amargura Chakyn.


El blindaje de su vehículo comenzó a vibrar con insistencia y Chakyn inició una lucha para que no perdiera la estabilidad ni la velocidad. Desde donde él estaba, se podían apreciar las dimensiones de aquella gigantesca nave nodriza que cubría el cielo de Marelisth, y que debía tener una anchura de, al menos, dos kilómetros.


Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Dudaba de que su castigado transporte aguantara el ritmo de marcha durante mucho tiempo, y además, a cada segundo que pasaba sus propulsores perdían fuerza.


Lo había previsto todo menos aquel desastre, la caída de los campos de ocultación. En ese instante, la inquietud de Löthar al respecto le sacudió en la consciencia. Chakyn estaba tan seguro de su sistema de camuflaje, que había ignorado los avisos del Comandante de los Xiphias, llegando a discutir con él por ese motivo.


Chakyn observó fugazmente la gráfica de sus teledetectores; incesantes ráfagas comenzaban a envolverlos con un torbellino de polvo y humo; el vehículo temblaba intensamente y la tensión se aferró a sus intestinos. Un impacto sacudió la parte trasera del transporte, haciendo que su aparato estuviese a punto de volcar.


Chakyn apenas si logró mantener el control del deslizador cuando una sorda explosión lo sacudió de nuevo, viéndose empujado hasta el panel de mandos, golpeándose la frente. Comenzó a soltar toda una retahíla de tacos, cosa inhabitual en un hombre tan flemático como él. Ya no estoy para estos trotes, pensó.


Algunos trozos de metralla se estrellaban sobre el cristal blindado de la cabina, provocando fuertes fogonazos. Debían adentrarse en el mar. El siguiente aluvión de impactos destrozó el casco del vehículo con rapidez, y la estructura empezó a crujir.


Chakyn, con una forzada maniobra, logró enlazar con un túnel marítimo, penetrando por el espeso bosque externo que bordeaba la ciudad costera, mientras los cazas seguían arrasando los árboles que encontraban a su paso. Nada quedaba en pie, nada. Pudo ver cómo dos cazas colisionaban entre sí por el ansía de cobrarse su pieza de presa, provocando una fuerte explosión.


-Os está bien empleado –dijo Chakyn.


La panza de su deslizador acarició el borde de las olas; le preocupaba el estado del casco. Los escáneres señalaban algunas fisuras y sabía que el sistema de reparaciones de su nave carecía de parches nanotecnológicos, nanorobots para ser más exactos.


Para poder alcanzar las profundidades abisales era necesario un aislamiento interior que soportase la presión bajo las aguas, ya que sino el vehículo quedaría estrujado si se producían filtraciones. Chakyn sabía que por sí mismo no llegaría hasta la aquaesfera, pero que sí podía sumergirse lo suficiente como para contactar y solicitar que los recogieran.


El deslizador se sumergió en las profundidades marinas, y con habilidad, Chakyn cruzó los bosques de coral, activó los eco sonares del vehículo, y empezó a emitir, en largos intervalos, mensajes cifrados de ayuda. Era sólo un viaje de ida, la nave estaba tan dañada que si no los localizaban a tiempo, morirían.






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