20 de mayo de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (Un punto de Encuentro. Parte I).




Capítulo XXXVI


Un punto de encuentro (Parte I)


«CUÁNTO SE ESFUERZA EL HOMBRE POR CONQUISTAR Y ATESORAR PARA, DESPUÉS, PERDERLO TODO Y SER CENIZAS EN EL OLVIDO. ¿COMPRENDÉIS AHORA POR QUÉ ES NECESARIO QUE ME APODERE DE LA ÚLTIMA ANHELADA CONQUISTA DEL HOMBRE, LA INMORTALIDAD? EL RESTO VENDRÁ POR SÍ SOLO».


CONDE ALEXANDER VON HASSLER.


(CONQUISTANDO LO IMPOSIBLE)


Extracto perteneciente a Sillmarem Libro I: Gambito de Dama

Por Gabriel Guerrero Gómez


Titlomes tomó de la mano a Rebecca.


—Por favor, mi Dama, apresuraos. Debéis salir de aquí.


—¿En eso? —preguntó Rebecca señalando la moto–jet estacionada al final del callejón.


—Creedme, os será muy útil. No tenéis otra alternativa. Por favor, no os demoréis más. Dirigíos por la parte norte de la ciudad hacia las tierras de los volcanes y atravesándola llegareis a la jungla de Puline —respondió Titlomes— es la única ruta posible. Vamos, no dudéis, mi Dama.


—Pero cómo… —intentó decir Rebecca. Últimamente no escuchaba otras palabras que alternativas y posibilidades. Se sentía como un muñeco za­randeado.


—Idos, mi Dama.


—Pero…


—Será mejor que hagamos caso, Rebecca —susurró Nika.


Se hallaban en una encrucijada. Espeluznantes rugidos sonaron, más cerca aún si cabía. Una pareja de agresivas fentaras (panteras de guerra), se les venía encima desde la parte trasera del callejón, cortándoles la huida. Dos certeros disparos del guardaespaldas de Titlomes las derribaron disipando las dudas de Rebecca.


—Está bien. Vayámonos de una vez por todas —dijo más resueltamente Nika estudiando aquel singular transporte.


Estaba reluciente. Un notable contraste con la miserable dejadez de aquella callejuela. Rebecca miró hacia atrás.


—¡Idos! —gritó furioso, Titlomes.


—Maldita sea ¿y qué rumbo? —preguntó Rebecca.


—La ruta de navegación se halla codificada en la computadora de a bordo. Os guiará hasta el punto de encuentro, mi Dama. ¡Salid de aquí! Nos van a matar a todos.


Nika observó que aquella moto estaba equipada con el último sistema–múltiple anti–gravedad del mercado. Es una máquina con temperamento. Justo lo que necesitamos, pensó al desconectar su burbuja de protección–aislante.


—Hacía tiempo que no manejaba una de estas —murmuró con una sonrisa—. Sensores de rastreo, blindaje mercúrico, una maravilla.


Nika tomó el casco y se disponía a ponérselo cuando unos disparos pasaron sobre sus cabezas y se lo arrancaron de la mano. En ese instante alzó la cabeza, sobresaltado. ¡Sin el casco no podemos conducir la moto–jet!


—¡El casco! ¡Lo necesitamos! ¡Sin él no podemos pilotar la moto!


Rebecca se abalanzó a buscarlo. No quería quedarse atrapada en aquel sucio callejón. Se arrodilló, dio una voltereta, lo agarró desesperada y se lo lanzó a Nika. Por fortuna, Titlomes había desconectado el campo de protección del vehículo. El suelo explotó bajo los pies de Titlomes. Rebecca se encaramó a Nika sacando fuerzas de sus pies agarrotados.


Nika accionó el panel de mandos. La luz azul de la consola se reflejaba en sus retinas mientras en la pantalla apare­cían hileras de datos de comprobación y encendido. Un agudo zumbido cortó el aire muy cerca de sus espaldas. Titlomes, con parte de su ropa teñida de rojo, intercambiaba disparos con dos oscuras figuras que les atacaban desde lo alto de un ático cercano. Una de ellas, al ser alcanzada, retrocedió emitiendo un desgarrador alarido antes de caer.


Por fin, Nika arrancó la moto–jet. La parte delantera se levantó con un silbido, levitó unos metros, encendiendo los intermitentes de navegación y avanzó, tomando altura, entre una nutrida lluvia de ráfagas de luz. Accedieron por un largo corredor a todo lo que aquella máquina daba de sí. Otra violenta explosión sacudió el callejón a sus espaldas.


El estruendo reverberó en sus oídos mientras trozos de piedras volaban alrededor. Su moto–jet se desestabilizó al recibir múlti­ples impactos. Cientos de resplandores iluminaron la oscuridad a su alrededor. Mirando de soslayo, Rebecca vio cómo Titlomes se adentraba en la puerta del garaje cojeando.


Al final del callejón, una silueta, una increíble masa de músculos, se erguía ante ellos cerrándoles el paso al tiempo que los encuadraba en su punto de mira. Era un Androkaze empuñando un enorme rifle de francotirador. Nika lo embistió en una acción desesperada, cercenándole su brazo ejecutor. Tomó más altura y atravesó un maremagno de disparos en su huida. Rebecca giró la cabeza percatándose de que numerosas figuras, a la carrera, se apresuraban por cortarles el paso utilizando todo tipo de armas. Nika volvió a acelerar buscando una salida con desesperación.


Pasaron a través de aquellas construcciones de metal y cristal, llenas de letreros luminosos, sumergiéndose en un cúmulo de zigzagueos en el núcleo principal de la ciudad, buscando su cinturón exterior hacia la selva de Puline. Pronto avistaron a sus espaldas a un grupo perseguidor de vehículos–aéreos.


—En los subterráneos lograremos despistarlos. Ganaremos el tiempo que necesitamos —gritó Rebecca apretándose contra Nika.


Este miró hacia arriba.


—¡Sujétate!


Con un brusco arco descendente se introdujo por uno de los túneles de tráfico subterráneo. Un par de coches aéreos colisionaron entre sí tras ellos. Una de las naves perseguidoras zozobró contra una vagoneta a suspensor que Nika apenas sorteó, creando tras ellos una demoledora reacción en cadena de accidentes y explosiones en varias vías internas. La cadena de incendios cubrió los túneles de espuma extintora.


Su moto–jet resurgió de una espesa nube de humo negro, rumbo a los suburbios externos de la ciudad. Unos metros más adelante otro perseguidor se estrellaba contra el campo energético de un edificio transformándose en una azulada bola de fuego. Su nave acompañante logró rectificar el rumbo frenando bruscamente. Una lluvia de restos calcinados cayó sobre algunos transeúntes de la acera que, despavoridos, corrían gritando en busca de un hueco en el que refugiarse.


Nika giró por otro callejón esquivando por unos pocos centímetros la proa de un enorme carguero que emergía lateralmente, con pesada lentitud, en busca de un espacio–puerto para depositar su carga. Otro coche aéreo, en un efecto dominó, frente a él, giró bruscamente partiendo en dos el pico de un carguero que descendió en picado arrasándolo todo con increíble estrépito. Un devastador estallido apenas contenido por las barreras de seguridad y campos de contención de los edificios colindan­tes.


La lluvia de chispas descendió hasta el pavimento, reflejándose en los espejos de los edificios, como si de una exhibición de juegos pirotécnicos se tratara. Otro coche colisionó llevándose por delante todo lo que se encontró a su paso.


Rebecca deglutió y se mordió con fuerza el labio inferior hasta hacerse sangre. Creía que el corazón le iba a estallar. Mi ángel de la guarda debe estar haciendo horas extraordinarias, pensó apretando con fuerza los nudillos.


Nika logró mantener el control de la moto descendiendo con suavidad a las profundidades de otro carril. Gracias a las conexiones neuronales de su casco podía manejar el aparato como si fuera una prolongación de su cuerpo y aunque era francamente agotador estaba llevando la máquina hasta el límite de sus posibilidades.


Tras ellos, un vehículo de la policía perdía el control estrellándose envuelto en llamas contra una terraza a su derecha. La deflagración provocó una cortina de motitas luminosas que descendían hasta extinguirse en la nada. Lo último que divisó Rebecca era cómo un ancho deslizador de tres pisos se abría paso entre aquella cortina de fuego arrancando y expandiendo un número inmenso de restos carbonizados, diseminándolos por una superficie de varios kilómetros. Entre los peatones, todo era caos y confusión.


El último vehículo–interceptor se situó a tras ellos disparándoles arpones luminosos. Estaban ya en las afueras de la ciudad, cruzando las últi­mas vías de salida. Inesperadamente, Nika accionó los frenos, elevó la moto–jet encabritada, pasó por encima y se colocó con considerable pericia justo de­trás del interceptor, accionando la boca de disparo delantera y provocándole sendas fisuras al blindaje de los propulsores del interceptor, que reventaron y le hicieron patinar contra la pared del subterráneo, incrustándose contra un vehículo del carril contrario y formando dos llameantes masas metálicas que cubrieron el pavimento.


Nika apretó la mandíbula sin mirar hacia atrás e incrementó la velocidad de su vehículo. Para su sorpresa, los coches de policía de la ciudad cesaron en su persecución dejándoles vía libre. Un par de minutos más tarde salían de las fronteras de la ciudad por la parte norte, avistando las primeras bolsas de granjas solares.









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