23 de mayo de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (Un punto de encuentro. Parte II).





Capítulo XXXVI



Un punto de encuentro (Parte II)




Extracto perteneciente a Sillmarem Libro I: Gambito de Dama


Por Gabriel Guerrero Gómez



Los reflejos de las placas de una fábrica solar atrajeron la atención de Nika. Todo parecía despejado. De vez en cuando algún que otro transporte se cruzaba en dirección contraria. Los detectores de la consola daban negativo. Nada de los cazadores. Por el momento habían escapado.


Le preocupaban los ruidos de la moto–jet ya que indicaban que había sufrido desperfectos. Si la memoria no le fallaba la computadora de a bordo les guiaría automáticamente hasta el punto de encuentro en Puline. “Mis hombres os encontrarán allí” les aseguró Titlomes. Y allí, se encontrarían también con Demetrius. Nika apretó con delicadeza la mano de Rebecca.


Ella le devolvió el apretón, indicándole que se encontraba perfectamente. Toda la parte norte de la frontera era una amplia ramificación de rocosas vías y subvias de acceso. Eran tantas que se les haría difícil a los cazadores montar puestos de control. Para entonces, estarían en las profundidades de la tierra de los volcanes. Un enorme edificio de varias plantas se erguía ante ellos. Junto al mismo, filas de chalets con fachadas brillantemente oscuras se distribuían en busca de la luz solar.


—Casas solares —murmuró Rebecca.


Frente a ellos se configuraban alineadas terrazas plagadas de espejos de pequeño tamaño, helióstatos. Giraban en busca del sol gracias a un sistema controlado por una célula fotoeléctrica, de tal manera que los rayos solares re­flejados sobre el mismo se proyectaban en un espejo parabólico que a su vez los reconducía hasta un horno industrial.


El aprovechamiento de la energía solar era una de las máximas de la Interfederación. Granjas–geotérmicas se adivinaban no muy lejos, en las colinas, con sus inconfundibles bóvedas de espejos. Las primeras colinas de lava petrificada se aproximaban a ellos con los primeros rayos de luz del día.


La moto–jet cruzaba a gran velocidad uno de los muchos senderos que diseccionaban la gran meseta de Rical, que separaba la ciudad de la Jungla de Puline. La sombra de la moto se contorsionaba sobre la superficie creando un hipnótico movimiento que envolvía las retinas de Rebecca en un somnoliento silencio en tanto atravesaban la vasta extensión de tierra y oscuras cenizas.


La multitud de rasgaduras hechas de agujas y arcos solidificados de lava les indicaban que estaban en territorio de los Hiberiones. Tribus nómadas dueñas de aquellas tierras volcánicas.


Nika sabía que no estaban en lugar seguro. La barra de energía estaba ya muy por debajo de su nivel mínimo. Debían haber llegado a los depósitos de combustible auxiliares. Necesitaban un lugar donde repostar, descansar y apro­visionarse. Pero, ¿dónde? ¿Dónde podemos hacerlo sin ser descubiertos? Quizás algún levito–tráiler comercial acepte un trueque, aunque es demasiado arriesgado. Estaban de nuevo aislados en un planeta desconocido para ellos.


Nika selló las esclusas de aire y Rebecca, pulsando un botón de su casco, protegió sus pupilas con unas lentes oscuras. De vez en cuando algunas piedre­cillas saltaban impactando en el blindaje del vehículo, haciéndoles temblar. Iban dejando tras de sí una espesa estela de cenizas fácilmente identificable desde la distancia. Era más seguro viajar durante la noche.


Rebecca reguló sus lentes aumentando su radio de percepción y avistó en la lejanía un coche–aéreo que seguía su camino por una ruta paralela. Oprimió el hombro de Nika para llamar su atención sobre lo que estaba viendo. Nika amortiguó la marcha de la moto–jet. A su izquierda se apreciaban extensas hileras de lo que parecían ser cámaras funerarias repletas de inscripciones. Estaban atravesando un cementerio Hiberion.


Aquel lugar era suelo sagrado y muy mal se les pondrían las cosas si alguna partida de Hiberiones los sorprendía profanando el descanso de sus antepasados. Rebecca buscó en vano algún tipo de indicio delator.


El miedo a lo desconocido inundó a Nika, ha­ciéndole aumentar su ritmo de marcha. No era supersticioso, pero no convenía correr riesgos innecesarios. Procuró centrarse en el holopanel de mandos y en el mapa–guía del vehículo ignorando los grandiosos acantilados que se repartían en derredor. De momento ningún rastreador imperial sobrevolaba la zona. Aquello era un buen augurio, pasajero, pero bueno.


Una vibración del transporte obligó a Rebecca a sujetarse con más firmeza a la cintura de Nika. Sus manos sintieron la firmeza de sus abdominales. A través de su casco podía sentir su aroma y su fuerza. Apoyó la cabeza en su espalda dejándose llevar por la sensación de protección que Nika provocaba en ella. Al fin y al cabo, seguía estando viva y podía sentir la llamada de su feminidad.


Aunque, en parte, se avergonzaba por desear a alguien que tan solo era un compañero de viaje, no podía impedir la tentación de sucumbir a sus instintos. Sus pupilas se perdían en la melancolía, inspirando larga y profundamente.


Rebecca leyó en el holograma del panel de mandos el siguiente rótulo informativo: “Territorio de las tribus Tiglibas de origen Hiberion. Número indeterminado. Exentas en los censos de la Interfederación de Planetas Libres”.


Comenzaron a adentrarse en sus montañas por una ruta conocida como Las Puertas de Sinzar. Bordearon, fascinados, el excepcional lago interior de un volcán dormido conocido como Rinjadad. Los vapores de las fuentes termales ascendían expelidos por la tierra, formando espesas nubes. A su derecha, y como surgido de la nada, vieron un oasis que se expandía hasta donde alcanzaba la vista.


Pese a esta inesperada aparición de belleza, había que ser cauto con la flora y fauna de aquel planeta ya que podían ser nocivas para ellos.


El holopanel emitió un mensaje de alerta. No muy lejos, enormes extensiones de orquídeas negras de Sior se mecían acariciadas por el viento. La holoconsola les brindó una información más detallada:


“Orquídea de Sior, clasificada como orquita sor. Comúnmente cono­cida como «flor de los recuerdos». Sus acumulaciones son denominadas jardines del olvido. Crecen en oasis de origen volcánico debido a su capacidad termodi­námica. Su polen, inocuo para otras especies, inhalado por humanos standard, provoca una amnesia temporal de mediana duración, solo combatible con un anulador derivado del néctar de Vignis llamado naror. Se recomienda usar mascarillas de protección ante su avistamiento. Comercializado por Gisal como potente afrodisíaco”.


—Gisal —susurró Rebecca ensimismada en sus pensamientos.


Gisal era uno de los más poderosos imperios tecnológicos.


Independien­te de toda pugna entre el Imperio y la Interfederación. Basaba su poder en su monopolio especializado en la construcción y venta de enormes ciudadelas y fortalezas espaciales. No en vano se denominaban a sí mismos los “arquitectos del espacio”. Rebecca había conocido sus ciudadelas siderales. Su poder era temible. Otro factor a tener en cuenta, otra peligrosa incógnita.


En los tiempos que corrían, cada incógnita representaba para ella un motivo de indescriptible escalofrío. Nada había tan pavoroso como enfrentarse a un peligro al que no se lograba identificar. Sus ojos se levantaron al frente. En su ruta aún había volcanes activados. Rebecca se preguntó cuándo descansarían. Estoy tan, tan cansada.













4 comentarios:

Macu Marrero dijo...

hola q tal? Siempre me han gustado los cómics gráficos sobre seres de otras galaxias y que describan otros mundos. Ahora que estoy leyendo Sillmarem, esta segunda parte me va enganchando. Ya hice un comentario a la editorial porque ví las librerías que hay en Las Palmas vendiéndolo. Y es que hay dos dedicadas a estos géneros que no aparecen, y sería buena idea contactar con ellos. Un saludo

Gabrielacus dijo...

Hola Macu. Un placer saber de ti. Puedes enviarles o enviarme un mail con sus nombres y direcciones. Toda ayuda es siempre bienvenida. Cualquier otra idea o sugerencia no dudes en comentarla.

Sillmarem@gmail.com

gabrielacus@hotmail.com

Un abrazo.

Macu Marrero dijo...

Hola, te envío por mail dos librerías. Ok? Saludos

Gabrielacus dijo...

Muchas gracias, Macu. Un abrazo.:)