11 de junio de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (Las Alcantarillas. Parte II).




Capítulo XV



Las alcantarillas (Parte II)



Extracto perteneciente a Sillmarem Libro I: Gambito de Dama



Por Gabriel Guerrero Gómez.



Del fondo del túnel llegaban voces, gritos, gemidos tanto de hombres como de bestias. El derrumbamiento de una pared sacudió la superficie del canal; órdenes y gritos inundaban el túnel a sus espaldas; varios zumbidos láser estallaron sobre sus cabezas. Los ojos de Alexia brillaban; varias grietas se dibujaron en la pared. Rebecca observó los arañazos de sus manos, sus uñas rotas. El frío la obligó a equilibrar su temperatura corporal enviando más flujo sanguíneo a sus extremidades. Se sentía demasiado débil para correr.


—Aquí está. Ahora o nunca —gritó Demetrius disparando su rifle.


A su espalda Yassu y Nika abrieron fuego intercambiando ráfagas con los cazadores imperiales; apenas se tenían en pie.


Algo se movía velozmente sorteando los escombros. Con violentos movi­mientos, una Lobo–Tikre saltó sobre ellos, siendo despedazada por una descarga a quemarropa de Yassu. Casi al mismo tiempo, delante de Demetrius emergió la ancha quijada cuajada de dientes de un aligasar. Demetrius pudo sentir cómo atrapaba la boca del rifle, arrancándoselo de las manos. Alexia le disparó todo el cargador, giró su rifle sobre sí y con ambas manos le asestó desesperadamente varios culatazos. Otro de los hombres de Demetrius se les unió soltándole un certero tiro entre los ojos, salpicando la pared de sangre y trozos de carne.


—Era enorme. Creía que habían sido eliminados hacía mucho tiempo.


—Pues parece ser que no —dijo Demetrius tratando de recuperar el aliento.


—Deprisa, salgamos de aquí cuanto antes, ¿Yassu? Yassu retrocede, ¡ahora!


La descarga de un bazooka arrancó fragmentos del techo, brotando una fuerte cascada de agua que les empujó contra la pared. Saunhae llevaba sobre los hombros a un compañero desmayado. Alexia le ayudó a cruzar la catarata y a subir la escalera bajo las descargas láser.


—¡Apretad el paso o moriremos todos, malditos seáis! —rugió Demetrius fuera de sí.


Todos se dirigieron hacia la escalerilla, en un constante intercambio de zumbidos y líneas azuladas. Subieron la escalerilla a trompicones. Saunhae se sujetó firmemente con ambas manos en la escalerilla. Una cercana explosión lo hizo resbalar de su peldaño, arrancándole una dolorida exclamación. Él y su pesada carga estuvieron a punto de caer de no ser por la ayuda de los demás, que agarrándole por las posaderas, lograron alzarle y alcanzar la salida, jadeantes.


Todos le siguieron. Solo faltaban Nika y Rebecca. Este subió la escalerilla preci­pitadamente. Rebecca le seguía de cerca y antes de posar su pie sobre la salida, el foco de un potente reflector móvil se posó a sus espaldas. Una descarga hizo saltar la escalerilla a sus pies. Rebecca resbaló y se balanceó suspendida en el aire, apenas sujeta por la mano de Nika. Se asía débilmente al correaje descosido de su macuto. Un metálico sonido raspó la pared; la escalerilla se hundió en el agua con violencia.


Ráfagas enlazadas arrancaron piedras y trozos de roca a su alrededor. Rebecca soltó un gemido, percatándose de cómo algo le quemaba la ropa a sus pies. Su capa se prendió en uno de los bordes. Un trozo se desgarró y el pelo en su mejilla derecha se chamuscó.


—Vamos aguanta, ya casi estamos —dijo Nika rechinando los dientes por el esfuerzo.


—Voy a morir —gimió Rebecca muy débil.


—¡Aguantad! ¡Aguantad, ya casi estamos!


Demetrius y Alexia tomaron por la cintura a Nika, ambos tiraron fuerte­mente mientras una lluvia de destrucción sembraba de cascotes la salida. Las pisadas de un grupo de Lobos-Tikre hicieron a Rebecca girar la cabeza en un incómodo ángulo. Un trío de ellas saltaron rabiosamente dando sendas colmilladas al aire, rugiendo enloquecidas.


El terror casi anuló sus sentidos, persistiendo por en­cima de todo su instinto de supervivencia. Se balanceó ante otro ataque de los Lobos–Tikre, lo eludió, pero sus manos mojadas se resbalaron un poco más de Nika. Más estallidos, no aguantarían otro ataque.


—Suéltame o caeremos los dos —jadeó Rebecca.


Con rabiosos rugidos, las bestias se alzaban sobre sus patas traseras tanteando con sus anchos hocicos el aire. Rebecca cerró los ojos casi paralizada por el pánico. El asa de su macuto deshilachado se desgarró.


—No aguanto más, voy a caer.


Un enorme macho saltó, embistiendo el macuto, haciéndole bailar. Otro desgarrón. Uno más y caería sobre las aguas fecales.


Una de las panteras hundió sus colmillos sobre el macuto de Rebecca. El peso añadido la iba a hacer caer. Los dedos de su mano se aflojaron definitivamente.


Su cuerpo habría caído al vacío de no ser por Nika, que afe­rrándola por la muñeca, tiró de ella hacia atrás. La tensión de su brazo la hizo gemir de dolor.


Con la otra mano le agarró por la espalda y tiró de ella en un desesperado esfuerzo final. Una hilera de disparos arrancó trozos de la salida sobre sus cabezas. Yassu disparó a la cabeza de la pantera–tikre que soltó un gemido y se precipitó al vacío estrellándose contra varios de sus compañeros. Todos cayeron pesadamente hacia atrás, agotados y doloridos. Rebecca y la mochila se habían salvado.


Demetrius colocó varias bombas alrededor y conectó el secuenciador.


—Quince, catorce, trece, doce, once, diez…


—Malditos seáis, corred.


Corrieron a través de un túnel en pos de la salida. Torcieron en una bifur­cación, chapoteando entre charcos. Un segundo más tarde un estallido derrumbó todo el túnel a sus espaldas, formando una espesa nube de polvo y escombros.


La onda expansiva les levantó, lanzándoles unos metros contra la pared.


Todo se derrumbó estrepitosamente. En el tenso silencio de la oscuridad por fin alcanzaron la superficie. Se hallaban ahora en una sucia calle adoquina­da del centro de la ciudad. A ambos lados, los edificios de la callejuela habían sido construidos antes de la llegada de las inversiones de los Sistemas Fronterizos a Andriapolis–Alpha. Estaban hechos de madera plástica y plastanio. La niebla se había disipado ya, formándose nítidas líneas de edificios en perfecto orden. En su mayoría negocios familiares, plateados por los destellos lunares.


Los hombres de Demetrius caminaban silenciosamente, extenuados y con los residuos olorosos y de porquería impregnando sus ropas. Una suave brisa de aire fresco acarició sus mejillas. Hicieron una pausa, estaban harto doloridos por el sobreesfuerzo del túnel. Rebecca se apoyó sobre una rodilla. A su lado Alexia comprobaba en un holoplano su situación actual.


Entumecida, respiraba dificultosamente; sus miembros fatigados enviaban men­sajes de socorro por todo el cuerpo. Rebecca apoyó su cabeza sobre el hombro de Nika. Los hombres de Demetrius tomaron posiciones. Rebecca observó a Alexia.


¿Es una Androide? No, una Sintoide. Comprendo, murmuró para sí.

Una Sintoide era el punto intermedio entre un Ciborg y un Androide. Prácticamente la totalidad de su cuerpo era sintético, exceptuando sus órganos principales: corazón y cerebro, que en un tanto por ciento muy alto estaban fabricados con componentes humanos.


En cierto sentido un Sintoide era un Androide mucho más evolucionado. Lo más parecido que existía al ser humano. Un imitador del intelecto humano en muchos aspectos, en algunos incluso lo superaba, desarrollando sus propios esquemas de pensamiento o deducción. Estudió el aspecto exterior de Alexia. Ojos y pelo azabache, tez morena. Decían que poseían la capacidad de variar su pigmentación a voluntad. Sorprendente.


Rebecca captó más movimientos de sombras por los alrededores palpitando sumergidos en el ambiente de la noche. La fetidez de sus ropas la incomodaba. Dio un salto para sortear un hilo de aguas procelosas que partían de una tubería rota. Parte de la calle estaba levantada y salpicada de charcos. Como toda gran ciudad que se precie, en Noctropolis siempre había obras por hacer. El barro les llegaba hasta los tobillos, dificultándoles su avance.


Una ordenada escuadra de flechas luminosas cruzó el cielo perdiéndose en la lejanía. Por su manera de desplazarse Rebecca juzgó que, probablemente, serían naves de asalto imperiales. Giraron por una esquina, no sin que antes Demetrius inspeccionara el callejón colindante.


¿Y ahora qué? pensó Rebecca.







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