30 de julio de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (La insignia. Parte I).



Capítulo XXXIV

La insignia (Parte I)

«DURANTE GENERACIONES SE HAN JUSTIFICADO LA HOSTILIDAD Y LA VIOLENCIA COMO UN ACTO NECESARIO PARA FAVORECER LA LUCHA POR LA VIDA. PURO SUBTERFUGIO PARA OCULTAR NUESTRA AVARICIA Y CRUELDAD. LA MADRE NATURALEZA SIEMPRE NOS HA OTORGADO TODO LO NECESARIO PARA PODER SOBREVIVIR. ¿POR QUÉ ENTONCES TALES LOCURAS? PORQUE ES ALGO INHERENTE A NOSOTROS. SI EXISTIESE UN PARAÍSO, YA SE ENCARGARÍA ALGUIEN DE VENDERLO AL MEJOR POSTOR».
CONDE ALEXANDER VON HASSLER.
(LLAMÉMOSLO POR SU NOMBRE)

Löthar se acercó un poco más la insignia a los ojos. Destelló en su mano, mostrándole un oso panda con dos cañas de bambú cruzadas, símbolo de la casa de Lowenstein. Unos pasos más adelante vio los cuerpos de los Zasars. Había signos de lucha por todas partes. Se inclinó tomando del suelo una aguda astilla impregnada de sangre.
Continuó su camino llegando hasta las afueras del invernadero donde se detuvo a estudiar las huellas de la tierra, leyendo el primer enfrentamiento entre Nathan, Valdyn y sus agresores, la posterior huida del primero detrás de Valdyn y la tenaz lucha de Nathan cubriendo la fuga de Valdyn, en la encina como último punto de contacto. Hasta aquí, todo con­cuerda, pensó Löthar. No obstante, el cuerpo de Nathan no se hallaba en ningún lado, todo lo contrario, parecía haberse arrastrado sobre un pie hasta… ¿El helipuerto? ¿Una pista falsa? Mejor será asegurarse.
En el jardín también había varios cadáveres con la marca personal de Nathan. Löthar reconoció el estilo de lucha impartido por Anastas Krátides. Envió varios hombres a seguir el rastro de Nathan, a la vez que él proseguía hacia la entrada del invernadero. Lo atravesó, estudiando las señales de Sarah Seberg y las marcas de arrastre de un Zasars.
Estudió un trozo de tela en el suelo, olisqueándolo y percibiendo el olor de Sarah enmascarado por un penetrante perfume. Traspasó la alcantarilla del invernadero hallándose al otro lado del muro de protección. Se detuvo, volviendo a leer entre el barrizal. Había llovido aun­que, afortunadamente, ninguno de sus hombres había pasado por la zona. Más ramas rotas, olor a tabaco, piedras desplazadas, fuerte olor a sudor. Las huellas estaban frescas.
—Vaya…
Sacó un detector térmico. La pantalla le mostró las huellas de Sarah, sus compañeros y las del grupo perseguidor en un color rojo fosforescen­te. Siguió el rastro a través del Bosque Alado al mismo tiempo que sus hombres peinaban la zona. Löthar se detuvo de nuevo cuando su detector de ADN zumbó. Se inclinó y tomó del suelo un largo pelo azabache.
El vuelo rasante de los coches–aéreos de apoyo era constante haciendo crepitar las copas de los árboles. Casi en los linderos del bosque, Löthar se volvió a detener en seco, concentrado en lo que sus sentidos le transmitían. Un grupo de perseguidores les había seguido desde Mithra, otro desde la Academia uniéndosele en los bordes del Bosque Alado.
Eran ocho cadetes de diferentes edades, utilizando la clásica formación de escapada–silenter. Las huellas eran recientes y más numerosas cada vez. Los cazadores estuvieron parados poco tiempo, reiniciando la caza de los pequeños en dirección a las montañas Olympia, probablemente con apoyo aéreo. Algún satélite orbital quizás. Siguió husmeando el perfume por entre la maleza, hallando señales de codos, rodillas y manos entre la espesura.
—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —murmuró Löthar mientras cogía un dardo de metal del suelo.
Lo estudió atentamente y se lo guardó en un estuche de plastanio revestido de una fina capa aislante de ceramet. Las zancadas de los cazadores eran largas pero se acortaban a medida que aumentaba el ritmo de marcha. Son botas de campaña, pero no botas impe­riales sino de asalto. Sus pies son anchos y largos. Deben ser muy altos. ¿Tropas de asalto? No, son mercenarios adiestrados por oficiales imperiales.
Cazadores de hombres. Las huellas son profundas. Seguro que llevan equipos de campaña y supervivencia. Vio señales de sangre en algunas hojas, las cogió y guardó para analizar. Con eso ya tenía suficiente material para trabajar. Han ido a las montañas, concluyó Löthar. Giró sobre sí mismo llamando la atención de algunos de sus subalternos más próximos.
—Licaón, Teseo, Cronos. Llevaos un escuadrón. ¡Utilizad Noxed de rastreo (perros–zorro) si es necesario! Habrá una bonificación para el primero que aviste a Sarah Seberg y al resto de cadetes —dijo Löthar entregando el detector térmico al primero de ellos.
—Sí, Comandante.
—Mantenedme informado.
—Sí, Comandante —dijo Licaón.
Que los cazadores sientan tanta angustia, miedo y terror como sus presas, pensó Löthar.
—¡Vamos, en marcha! Disponemos de poco tiempo.
—Sí, mi Señor —la voz de Licaón sonó casi alegre. Tanto su ojo normal como el dorado ojo artificial, destellaban con un ramalazo de alegría.
Chakyn Chakiris no aprobaba, ni mucho menos, el uso de bonificaciones pese a reconocer que cualquier tipo de incentivo o estimulación para sus hombres, en un momento determinado, podía ser muy útil. "Creas malos hábitos" le solía decir. "La lealtad no se compra. Se gana con lealtad y con la fuerza de la verdad". Löthar compartía por completo esa opinión pero, ¿acaso no es esta una situación especial y de extrema urgencia?
Volvió sobre sus pasos hacia la Academia. Sus hombres crearon un círculo protector a su alrededor, vigilando y rastreando con los ojos bien abiertos y los sentidos en tensión. De repente, su interaudio sonó.
—¿Comandante Lakota? —dijo una voz.
—Sí, al habla, ¿quién…?
—Sargento Andreos, mi Señor.
—¿Sí?
—Señor dispongo de la lista de bajas y…
—¿Cuántas?
—Los alumnos fueron los primeros en ser evacuados, pero el resto de personal que se quedó en las instalaciones para protegerlas ha sido asesinado, mi Señor.
—¿Ningún superviviente? —preguntó incrédulo, Löthar.
—Ninguno, mi Señor. Ha sido un trabajo muy limpio. No hay testigos.
Löthar permaneció en silencio por un instante. Un trabajo limpio. Obviamente eran asesinos profesionales de primera, con un buen servicio de espionaje.
—Sargento —dijo Löthar.
—Sí, Comandante. Sigo en contacto —la voz de su subalterno era prudente y alerta, pero firme.
—Preparad un informe completo de la situación en la Academia para Chakyn Chakiris y para el servicio de inteligencia. Quiero una redada en la ciudad de Mithra de posibles sospechosos y dobles agentes. También quiero a los máxi­mos responsables de los satélites de vigilancia fronteriza, estaciones orbitales y de aduana en este sector. ¡Pronto!
—Sí, Comandante.
Apenas había salido por la puerta del invernadero cuando posó su mirada en una fuente repleta de sucia agua escarlata, con multitud de peces boqueando desesperados en busca de oxígeno. Se podían distinguir algunos centinelas apostados a su alrededor con sus enormes rifles cruzados sobre su regazo, con cintos repletos de cargas con cápsulas–energéticas de munición.
El incendio se estaba extendiendo rápidamente por las arboledas de las aulas inferiores. Sería difícil extinguirlo, habría que hacer cortafuegos, aislar y precintar los almacenes con productos inflamables, evitando así que se extendiese hasta la reserva zoológica del Bosque Alado. Qué estúpida pérdida, pensó Löthar. Los asesinos querían asegurarse de dejar su firma de muerte y destrucción allí por donde pasaran.

Una patrulla de vehículos aéreos se posó sobre el césped frente a él y en varias carreteras principales de acceso. Löthar pulsó un botón del teclado que llevaba en la muñeca. Las puertas del vehículo blindado se abrieron con un suave siseo.








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