31 de julio de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (La insignia. Parte II).



Capítulo XXXIV

La insignia (Parte II).





Se disponía a entrar cuando una fuerte explosión hizo saltar en mil pedazos los cristales del invernadero. La onda expansiva lanzó a Löthar varios metros hacia atrás, golpeándole contra un enorme roble. La mayoría de sus hombres fallecie­ron en el acto. Otros gemían arrastrándose y algunos, los menos, se levantaban a duras penas para ayudar al resto. El vehículo de superficie se había convertido en un amasijo de metal. Una hilera de árboles habían sido arrancados de cuajo, otros estaban envueltos en llamas. El estanque fue reducido a un montón de escombros.

—¡Comandante! ¡Comandante Lakota!

—Estoy bien, estoy bien, Nicodemus. Aaargh, creo que me he roto el brazo. ¿Y mis hombres?

—Casi todos han muerto. Era una bomba–lapa, mi Señor. No querían dejar su rastro —dijo amargamente el Xiphias.

—Ayudadme a levantarme.

—Pero, mi Señor, no estáis en condiciones de…

—¡Hacedlo!

—Sí, Señor.

Löthar encendió su intercomunicador.

—¿Sargento Andreas?

—Sí, Comandante. Sargento Andreas al habla.

—Quiero que se limpie la Academia y sus alrededores. Mande ayuda médica para mis hombres. Quiero toda la zona aérea despejada y una patrulla de zapadores despejando esta sección hasta el último palmo.

—Inmediatamente Comandante.

—Esperad, aún no he terminado. Daré una bonificación especial al pri­mero que encuentre a Nathan Lowenstein. Que una patrulla de rastreo vaya en busca de Sarah Seberg y sus compañeros. Código AP (alta prioridad), ¿me oye sargento?

—Alto y claro, mi Señor.

—Rastreen las montañas Olympia y los alrededores del río Cervus. Quiero que Ekonyes y Pholaris se encarguen de ello personalmente.

—Sí, Comandante.

Miles de bengalas fueron soltadas por los Xiphias iluminando la Academia como una enorme feria. Avanzaban desperdigados entre densas humaredas, es­combros, cuerpos desmembrados y el desagradable hedor de la carne quemada. Calculando la distancia con sus puntos de mira, aprovechando que aquel despliegue luminoso traicionase la posición de los atacantes, iniciándose un intercambio de descargas luminosas que llenaba la noche de haces láser.

Las avenidas estaban coloreadas con fogonazos de armas de largo alcance. Destellos azulados y rojos, precedidos por insistentes zumbidos que surgían de la espesura con repetidas descargas. Barriendo todo lo que su poder de des­trucción alcanzaba, sembrando de cadáveres las inmediaciones. Tanto la cara diurna como la cara nocturna del planeta, se hallaban salpicadas de explosiones.

Se estaba luchando en todo Thenae, aunque parecían ceder las últimas bolsas de resistencia. Era evidente que el enemigo estaba haciendo movimientos de distracción y sabotaje. Tras una breve pausa mientras un medicus–met le atendía, Löthar siguió dando órdenes.

—¡Sargento!, ¿Seguís ahí?

—Sí, Comandante.

—Bien. Quiero un cordón de seguridad de cincuenta kilómetros alrededor de la Academia. Se negará el acceso al personal no autorizado por mí. Quiero también que traigáis a mi presencia al Gobernador y a su escolta.

—Pero, mi Señor, ¿el Gobernador? No creo que…

—¡Hacedlo! Decidle que asumo el mando de la Academia y de Thenae.

—Pero, ¡mi Señor!

—Decidle que declaro la ley marcial en Thenae. Que vengo por orden expresa del Primer Ministro de la Interfederación, Miklos Sillmarem. Decidle también que es una orden directa de su máximo superior y que tendré muy en cuenta su plena colaboración. Mandad un comando de seguridad para él y su familia y comunicadme su llegada en cuanto volváis.

—Sí, mi Señor.

—Otra cosa más. Cerrad las fronteras. Que los satélites hagan un segui­miento constante las veintisiete horas diarias. No se autorizará la entrada o salida de ningún vehículo o transporte civil. Tovarik se encargará personalmente de la asignación de salvoconductos y pases.

—Entendido. ¿Algo más, Comandante?

—Quiero bajo arresto domiciliario al Embajador del Imperio y al Emba­jador de Septem.

—Pero, Comandante, habrá una enérgica protesta alegando inmunidad diplomática. Será peligroso.

—Hacedlo. Decidle que soy la máxima autoridad de este sector. Si se niegan, corren el riesgo de un proceso ante el Consejo Supremo de los Sistemas Unidos, la Interfederación y el Alto Consejo de Sillmarem. ¿Queda claro?

—Perfectamente, Comandante.

—Decidles que son sospechosos del secuestro de varios súbditos impe­riales —argumentó Löthar.

—¿Traición? —preguntó incrédulo el sargento.

—Quiero que se me informe constantemente el estado de salud del Príncipe Valdyn. Ponedme dentro de tres horas en línea directa con Xanadú, por el canal de máxima seguridad. Quiero hablar con Miklos Sillmarem, Elektra Zephyrus y Chakyn Chakiris.

—Sí, Comandante Lakota.

—Eso es todo.

—Cambio y cierro —dijo el sargento.

Rápidamente su intercomunicador pectoral se encendió.

—¿Löthar? —la grave voz de Tovarik restalló nerviosa por su pectocom.

—¿Sí? —preguntó Löthar.

—Valdyn necesita sangre.

—¿Y?

—Todos los transportes médicos han sido perdidos.

—¿Todos? —preguntó Löthar.

—Todos —contestó Tovarik—. No queda plasma artificial.

—¿Entonces?

—Su código sanguíneo es 0 negativo.

—Bueno, tiene que haber algún hombre que…

—El banco de datos sólo te señala a ti.

—¿A mí?

—Ven pronto, Löthar. Sus constantes vitales son muy débiles —el tono de Tovarik estaba impregnado de una fuerte ansiedad.

—Voy para allá.

—Bien, corto y cierro —dijo Tovarik.

—¡Comandante, no os mováis! —ordenó el medicus–met que le acom­pañaba, a la vez que le deslizaba en la mano un seguidor de los signos vitales de Valdyn.

—¡Llevadme con el Príncipe de Sillmarem! ¡Pronto!

—Sed razonable, Comandante. Estáis bajo mi responsabilidad.

—Maldito matasanos del demonio, la vida del heredero de Sill está en peligro. Llevadme con él. ¡Ahora!

El medicus–met se envaró dignamente, asintió en silencio y se mantuvo a su lado mientras le trasladaban en una camilla a suspensor junto a Valdyn y Tovarik. Los signos vitales de Valdyn eran muy débiles.











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