2 de julio de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (Los jardines Imperiales. Parte I).




XLVI

LOS JARDINES IMPERIALES (Parte I).


“Es en la paz de la sabiduría donde vemos que absurda y peligrosa es la vanidad humana”.
Dhalsem Thagore.

(Rompiendo nuestras cadenas)




Más allá de las murallas se podía oír el rumor de las olas del mar de Loft. En los muelles, una acumulación de embarcaciones de distintos tipos cabeceaban bajo la luz de una luna que rielaba, con destellos de plata, sobre el agua.
El viento traía un frío húmedo de los que por más que uno se abrigase, calaba hasta los huesos. Una luz roja parpadeó sobre una compuerta ovoidal en la parte alta del ala de descanso de los jardines imperiales de Ravalione, en el planeta Ákila.
Era hora del cambio de guardia, y un destacamento de Walkirias se dirigió al centro de la plaza. Sus capitanes se inclinaron empuñando sus rifles láser, y sustituyendo un par de guardias a sus homónimos. Una costumbre que no había cambiado durante siglos en el Imperio. Por último, el relevo fue escoltado por las Walkirias hasta salir por el siguiente portón, para repetir la misma operación.
Löthar Lakota las estudió con atención. No había sido tarea fácil adentrarse de nuevo en aquella inmensa fortaleza que representaba el planeta Ákila. La configuración de los jardines había cambiado, al igual que los caminos y rutas de entrada. Aunque Rebecca les había facilitado los códigos de acceso, era estúpido pensar que éstos no habrían sido sustituidos, y más teniendo en cuenta que no habían recibido ningún mensaje de palacio desde por la mañana, cuando las comunicaciones empezaron a sufrir interferencias para después cortarse por completo.
Las peores sospechas de Löthar se estaban confirmando. Todo en la fortaleza le olía a trampa. Por fortuna, y como único consuelo, sabía que ni Rebecca ni el Príncipe Umasis habían abandonado el planeta, ya que ellos controlaban el espacio cercano a Ákila. Esa certeza suponía para el Comandante de los Xiphias un rayo de esperanza para realizar su misión con éxito, una misión que por momentos le parecía más suicida.
No vio ningún Casaca negra durante su entrada, lo que le hizo albergar la ilusión de que los generales imperiales no se hubieran aliado con el Conde, ya que de una cosa sí estaba seguro, y era de que el Conde era el responsable de aquello. La presencia de sus Walkirias lo confirmaba.
Habían penetrado por la única vía poco vigilada de Ravalione, el río Loft, por sus profundidades, más concretamente. Löthar, como buen estratega, había aprovechado la superioridad de la tecnología marina de Sill para abrir brecha en sus defensas.
Sus lugartenientes Ekonyes y Pholaris aguardaban a su lado, en silencio, estudiando el terreno, porque a pesar de los años transcurridos, la fortaleza seguía siendo un lugar muy peligroso para cualquier visitante.
-Deberíamos dar un rodeo -susurró Pholaris, inquieto.
-Aguarda -murmuró Löthar mientras situaba a sus Xiphias.
Una mano de viento osciló las copas de algunos árboles centenarios. Sus soldados prepararon sus armas.
-Usad los rastreadores de Androkazes -ordenó Löthar a Ekonyes.
-Esas Walkirias son un problema -dijo Pholaris acariciándose la barba.
Löthar asintió en silencio. Es cierto, siempre lo son, pensó.
-Están armadas hasta los dientes, Comandante -dijo Ekonyes.
-Hay que hacerlo antes del siguiente relevo, mi Señor -sugirió Pholaris, señalando el segundo portón con la cabeza.
-No hagáis ruido -dijo Löthar usando unas lentes de visión nocturna.
-Señor, debemos tener en cuenta los dispositivos y sensores de detección -advirtió Pholaris.
-Estarán desactivados durante cinco minutos -matizó Ekonyes.
-A estas horas, todos los accesos de los jardines deben estar aislados -dijo Pholaris inquieto-. Esto está demasiado tranquilo, no es normal, no me gusta, Comandante.
-Deja de refunfuñar y haz tu trabajo.
Pholaris se mordió el labio inferior.
-Solo tenemos una oportunidad para rescatar a Rebecca -dijo Löthar observando a sus Xiphias arrastrándose sobre la hierba con sigilo-. Sus sistemas de vigilancia estarán colapsados por nuestros ingenieros durante estos cinco minutos.
-Pero mi Señor… ni siquiera sabemos dónde está -dijo Pholaris.
-Usaremos nuestros localizadores de ADN -explicó Ekonyes.
-Es hora de actuar -susurró Löthar.
-Pero… -Pholaris titubeó.
-¿Se puede saber qué te pasa?
Löthar nunca le había visto tan nervioso, y lo que era peor, Pholaris nunca lo estaba si no había un buen motivo para ello.
-Tengo un mal presentimiento, mi Señor -se disculpó Pholaris.
-¿Qué esperáis que hagamos? ¿Qué les pidamos una cita? Dos hombres para cada una -ordenó Löthar.
Pholaris intercambió un par de mensajes con el resto de sus hombres por su intercom de muñeca. Retrocedieron sobre sus pasos hasta resguardarse bajo el tupido ramaje de dos cedros. Pholaris sacó del bolsillo de su cartuchera una pistola con silenciador de plastanio, un arma muy usada por los asesinos imperiales. Sacó un proyectil, examinándolo antes de insertarlo en la recámara y asegurándose de que ésta estaba limpia.
-Sólo tendrás un disparo para cada una. No hay tiempo para más –dijo Löthar señalando una de las torretas de alarma.





















3 comentarios:

Sandra dijo...

Hola, imagino que ya lo sabréis y no es necesario que os lo comente, pero por si acaso decirte que el libro en la página 170 tiene un defecto de impresión.

Un saludo

Gabrielacus dijo...

Tomo nota. Muchas gracis por tu observación. Un abrazo.

Gabrielacus dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.