16 de julio de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (Los jardines Imperiales. Parte II).



XLVI

LOS JARDINES IMPERIALES (Parte II).





Pholaris estudió su blanco meticulosamente. Insertó y ajustó su mira telescópica en la cubierta del arma. Eran dardos anestesiantes.

-Tenemos poco tiempo -dijo Ekonyes.


Los focos de algunos coches aéreos danzaron en la lejanía.

-Vigila que no haya ninguna otra Walkiria por las inmediaciones. No quiero sorpresas -dijo Löthar mirando a uno de sus rastreadores, y dando el visto bueno con el código del silencio. Todo despejado.


El aleteo de un búho los sobresaltó por un momento; las Walkirias se interrumpieron por un instante, y prosiguieron su conversación sin dejar de mirar alrededor. El susto le sobrecogió el corazón, pero se rehizo, pensando en la tarea que debían llevar a cabo. Tenían que proteger la vida de Rebecca Sillmarem, eso era lo único importante.

Pholaris insertó el proyectil, cuidando mucho no rozar la punta del dardo; Ekonyes se separó un momento rodeando a ambas centinelas; Pholaris se arrastró hasta que divisó a la primera Walkiria, acechando, agazapado, mientras procuraba apuntar con la pistola al cuello de la guerrera. La espió, expectante, con infinita paciencia.

No obstante, las Walkirias estaban ataviadas con una armadura de asalto con protecciones en todos los puntos claves de su cuerpo, preparadas para entrar en combate. Era una armadura de plásmica, un material duro y ligero, revestida con una fina capa de pintura mimética.

Si la Walkiria se ocultaba, su armadura adquiría las entonaciones del fondo como si de un cristal se tratase. Sólo permanecía al descubierto la comisura de los labios. Sería un disparo difícil. Para sorpresa de Löthar, la figura de otra Walkiria asomó al otro extremo del sendero. ¿Pero qué demonios…?.


-Ekonyes… encárgate -susurró Löthar.

Con el arma desenfundada, se acercaba a la espalda de Pholaris, que parecía paralizado, apoyado sobre una rama. Löthar maldijo por lo bajo. ¡Dioses, lo va a cazar! Era consciente de que tenían que adelantarse o la operación se vendría abajo antes de empezar.


Ekonyes se puso al descubierto durante una fracción de segundo; Pholaris sabía que el armazón de las Walkirias le ofrecía pocas posibilidades de éxito, así que tendría que aprovechar su retaguardia.

Ekonyes se acercó dando otro paso más; Pholaris parecía ajeno a lo que sucedía a sus espaldas. Löthar pensó que si salían de esa, sería un auténtico milagro. Con mucho tiento, Ekonyes avanzó un paso, otro, otro, tratando de silenciar sus pisadas. Pholaris contenía la respiración y apuntaba a la barbilla y cuello de la primera de las Walkirias.

En un segundo, un proyectil salió con fuerza por la abertura de su pistola. Por desgracia, erró el disparo y alertó a las guerreras. Con rapidez, Pholaris buscó otro dardo y Ekonyes se detuvo conteniendo la respiración. Cuando fue a dar un paso más, la Walkiria se giró lanzando una maldición.

Ekonyes se abalanzó sobre ella, pero aún le separaba la suficiente distancia como para darla tiempo a reaccionar y esquivar el arriesgado ataque de Ekonyes, golpeándole con la culata de su rifle en el hombro derecho, lanzándolo contra el tronco de una conífera.

Casi al mismo tiempo, la Walkiria giró sobre sí misma y avanzó en la dirección en la que se hallaba Pholaris, que permanecía completamente absorto, apuntando de nuevo. La primera de las Walkirias se le acercó despacio, apuntando a la oscuridad con su rifle, comenzó a cargarlo y le quitó el seguro… su compañera imitó sus movimientos.

Löthar sacó un puñal de su bocamanga; La Walkiria no había acercado el dedo el gatillo, cuando una oscura sombra sumergida en la hierba, atravesó el aire. Un dardo se le clavó en la barbilla; sintió una dolorosa picadura y se llevó la mano a la misma viendo cómo se deslizaba entre los dedos de su guantelete un pequeño proyectil.

Al reconocerlo, comprendió lo que iba a suceder y, furiosa, se precipitó sobre Pholaris echándole ciegamente ambas manos al cuello. La segunda Walkiria sintió cómo dos garras de acero le estrujaban la garganta, asfixiándola. Ya sólo podía percibir la agitada respiración de Ekonyes a su espalda.

Casi al mismo tiempo, la tercera Walkiria sintió cómo algo frío atravesaba su nuca, esputando sobre su pecho un borbotón de sangre, sintiendo que se le doblaban las piernas, derrumbándose sobre la hierba, y dejando parte de su cuerpo sobre el sendero y parte sobre la maleza.

A sus espaldas, apareció la figura de Löthar con su daga teñida de sangre. Pholaris apenas pudo articular palabra, sólo una leve exclamación de sorpresa al comprobar cómo Ekonyes, de nuevo, cogía a la última Walkiria y le enterraba su puñal en el cuello.


-¿Ekonyes? -susurró Pholaris tratando de discernir su silueta.

-El mismo, levántate.


-Despejad el sendero -ordenó Löthar pensando cuan irónico hubiese sido lograr atravesar los tres cinturones de satélites defensivos del planeta Ákila y perder la misión por un estúpido descuido. Löthar sabía que, lamentablemente, las grandes batallas se habían ganado y perdido por detalles tan fútiles como aquél. Ironías del destino, pensó.

Ekonyes arrastró el cuerpo de la primera Walkiria. Pholaris le ayudó, y el resto de Xiphias, ya más aliviados, avanzaron posiciones. Se deshicieron del cuerpo, ocultándolo en un zarzal. Pholaris tenía las facciones pálidas como el mármol, y respiraba con dificultad.


-Lo lamento Comandante, no volverá a suceder.

-Eso espero, estas bajas se podían haber evitado -dijo Löthar con severidad-. No nos interesa que sepan dónde estamos. No podemos dejar un reguero de cadáveres a nuestro paso.


-¿Cómo estás, camarada? -preguntó Ekonyes cogiéndole del hombro.

-Maldita sea, casi lo echo todo a perder -se lamentó Pholaris.


-Son cosas que pasan, tenemos que acabar la misión, ¡vamos!

-Creí que no lo contaba, te debo la vida. Cuando salgamos de este condenado planeta te invitaré al mejor trago de vino de Kirinos que hayas probado en tu vida -dijo Pholaris tratando de sonreír.


-No esperaba menos de ti –respondió Ekonyes, sonriente.

Löthar alzó la mano reclamando silencio; gravito-cámaras orbitaban explorando cada hueco del jardín. Sus hombres llevaban incorporados nanodispositivos que camuflaban sus constantes vitales confundiéndolas con las de organismos vivos de su entorno, como ardillas, pájaros o pequeños roedores, engañando los detectores metabólicos de las mismas.

Con sus mantos de camuflaje podían ocultar su calor y su imagen frente a las lentes térmicas.


-Ya está bien de cháchara, abrid la entrada de servicio -ordenó Löthar.


Dos ingenieros Xiphias se acercaron y arrodillaron, con cautela, conectando un dispositivo al panel de entrada. La puerta se alzó con brusquedad y los hombres de Löthar penetraron raudos, cerrando tras de sí la puerta de servicio. Lo habían logrado, ya estaban dentro de la fortaleza imperial.







2 comentarios:

Sandra dijo...

Hola ¡Felicidades por esos 100 seguidores! Ya tengo el libro prácticamente terminado y debo decirte que es una maravilla. Está lleno de frases que hacen reflexionar además de ser preciosas. Me he perdido un poco con algunos personajes pero lo he solucionado con la lista del principio. Espero colgar la reseña en breve.

Un saludo

Gabrielacus dijo...

Hola Sandra. Muchas gracias por todo. Estas haciendo un blog muy interesante.