19 de agosto de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (In extremis. Parte I )


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Capítulo XXXII
In extremis (Parte I).

«EN OCASIONES, LA VIDA PUEDE SER UN SENDERO DE LÁGRIMAS PERO NO POR ELLO DEJARÁ DE SALIR EL SOL».
PROVERBIO REBELIS.
Escaparon in extremis, al mismo tiempo que una patrulla de Walkirias entraba en tropel en la estancia, encontrándose entre un caótico amasijo de metal, piedra y unos cuantos cuerpos desmembrados. Una de las Walkirias imperiales con el grado de comandante y una profunda cicatriz cruzándole el rostro, ordenó silencio, agudizando el oído.
Pudo percibir un sutil ruido entre los escombros. Alguien se desplazó a su espalda, gestos nerviosos, multitud de pisadas en la oscuridad, cuerpos armados abriéndose paso entre los deshechos, las agitadas luces de sus mini–linternas explorando en derredor compulsivamente, intercambio de órdenes y comunicados de sus pecto­com, susurros.
A su derecha, una lámpara dorada en cuya columna de cerámica de Indha lucía finamente esculpida una bailarina con un brazo roto. De nuevo alzó una mano reclamando silencio con un imperioso gesto. La quietud fue rota con otro sonido acompañado de un gemido. Alguien, probablemente uno de los resistentes del ático, trataba de escapar de los escombros.
La Walkiria dio dos pasos, sorteó ágilmente una enorme viga y con sus musculosos brazos levantó con facilidad un pesado trozo de madera y parte de lo que quedaba de un lujoso escritorio. Se inclinó, esforzándose por identificar el punto de origen del ruido, captando cómo un cuerpo en las sombras respiraba con dificultad.
La guerrera saltó entre un par de enormes pedruscos, escrutando una silueta con vida e identificándola como uno de los hombres de Demetrius, el Gobernador de Andriápolis–Alpha y Almirante de la Interfederación en el Sistema Delta–Ledas. Se inclinó sonriente y, con especial cuidado, acercó la punta de su bota y presionó con fuerza en la herida de su muslo derecho. El guerrero gimió angus­tiado. Era muy joven, demasiado. En vano buscó un arma para acabar con su sufrimiento pero…
—Vaya, vaya, vaya. Pero qué tenemos aquí. ¿Buscas esto, joven guerrero?
—dijo la Walkiria cogiendo del suelo un puñal de manufactura Rebelis y guar­dándoselo en el bolsillo oculto de su capa.
Otra Walkiria rozó su hombro al conectar un rastreador biotérmico que emitía un agudo zumbido.
—Aprecio tu valor, pero me temo que no será suficiente para que sobrevivas a menos que, ¿cómo te lo podría decir? Colabores con nosotras voluntariamente, joven Rebelis —dijo la Walkiria con la sonrisa torcida, presionándole de nuevo con la punta de su bota en la herida.
El joven guerrero muy débil ya, apenas gimió.
—Oh vamos, vamos, no es para tanto. Puedo ser una chica muy razo­nable, solo te pido que seas sensible a mis necesidades. Esfuérzate un poquito más, por favor.
—No creo que dure mucho —susurró una voz en la oscuridad.
—Hazle caso, desgraciado, si quieres vivir —escupió otra de las Walkirias imperiales, la más joven del escuadrón.
Su Comandante ordenó silencio. Las jóvenes eran demasiado impulsivas. Necesitaban aprender.
—Comandante, si seguís con ello morirá. No será útil si… —dijo alguien a su espalda.
—¿Te atreves a cuestionar mis métodos, Natasha?
—No, Comandante.
—Bien. Orinaré sobre tu tumba, joven Rebelis. Y ahora dime, ¿dónde está tu Señor y sus invitados?
La Walkiria repitió la operación. Su rostro era impasible.
—Vamos, sé razonable. Como ves, yo trato de serlo. Si no pones nada de tu parte, será difícil que nos entendamos.
De nuevo presionó en la herida, con mayor fuerza que las veces anteriores. El joven Rebelis chilló desesperado.
—Recapacita, es por tu propio bien muchacho.
—¡Recapacita, estúpido! —aguijoneó otra vez la novata.
Su Comandante apretó los dientes. Estos jóvenes de ahora no te dejan trabajar en paz.
—No toleraré más interrupciones, ¿queda claro? ¿He preguntado si queda claro?
—Sí, Comandante.
—Debo reconocer que no careces de coraje, muchacho. Y ahora dime, ¿dónde está tu Señor? ¡Responde, maldita sea!
El joven Rebelis, para sorpresa de la Walkiria, logró levantar ligeramente la espalda, lanzándole por toda respuesta un espeso escupitajo al rostro. Sus hermanas se rieron ruidosamente.
—Te haré un precioso collarín de sangre —siseó la Walkiria desenfundando su puñal, esbozando una feroz sonrisa de rapaz.
El joven Rebelis soltó un taco en jeropto. Aquello fue demasiado para la Walkiria. A su espalda una luz se formó.
—Sí, desgraciado.
Le asestó, encolerizada, varias puñaladas en la garganta mientras con el rabillo del ojo percibía el resplandor del Androkaze.
—¿Qué demonios…?
Giró la cabeza y vio al Androkaze entrando en estado crítico.
—¡Fuera de aquí! Todo el mundo fuera —gritó fuera de sí captando la moribunda sonrisa del Rebelis.
—¡Es un Androkaze y va a eliminarse!
—¡Desconectadlo!
—No podemos desactivarlo, es demasiado tarde.
—¡Pedid un transporte, rápido! ¡Vamos corred, corred! —dijo la Co­mandante.
—¡Es inútil, nos alcanzará de lleno!
—¡Esto no puede estar sucediendo! No me puede pasar esto a mí, no…
—¡No quiero morir! ¡No quiero morir!
Los ojos de aquel Rebelis iban a ser lo último que verían en sus vidas. Antes de poder transmitir un informe a sus superiores, observaron aterra­das cómo el cuerpo del Androkaze continuaba su proceso de autodestrucción, emitiendo una cegadora luz, una luz que de un blanco brillante se mutaba a un verde profundo, cubriendo la habitación de resplandor.
En un par de latidos más, las orgullosas hijas de Ekatón, emitiendo rabiosos chillidos por la certeza de su inminente destino, buscaron una salida desesperadamente, en tanto del pecho de aquel Androkaze de combate, nacía una desigual cadena de silbidos, convirtiéndose en rugido pocos segundos después, para transformarse en un colosal estruendo de luz que arrasó todo lo que halló en su camino.
En una millonésima de segundo, en el epicentro de la explosión del An­drokaze, la temperatura se elevó varios miles de grados centígrados, fundiéndolo todo. Metales, plásticos, cristales, etc. Arrasando absolutamente todo hasta donde alcanzaba la vista. Todo estaba siendo reducido a escombros. Un cegador, enorme y cambiante resplandor se abatió sobre aquella parte de la ciudad. Un gigantesco hongo de fuego que aumentó el calor del suelo como si de un diminuto sol se tratara, se elevaba escupiendo bolas de fuego rojo a su alrededor.
Aquella arma de destrucción dejó para siempre su imborrable huella, sepultando por completo aquella zona de Noctropolis, llevándose consigo toda criatura viviente, como si una mano hubiera asestado una puñalada de fuego a la ciudad, dejándole una profunda cicatriz.
Todos los aparatos aéreos que rondaban la zona fueron devorados en cuestión de segundos. Un huracán blanco, provocado por la energía liberada, empezó a soplar de fuera hacia dentro a gran velocidad, pulverizando todo lo que encontraba a su paso.
El hongo de fuego comenzó a perder fuerza, hasta que un negro silencio se adueñó de una extensa y espesa manta de cenizas y polvo. Oscuras ruinas humeantes sobresalían con restos y despojos calcinados de lo que segundos antes fueran miembros y órganos humanos. La muerte ha­bía extendido su mano una vez más.








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