26 de agosto de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (In extremis. Parte II)


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Capítulo XXXII
In extremis (Parte II).

Muy lejos de allí, en otro lugar, habiendo logrado escapar a duras penas, Rebecca aún no podía creerlo. Cerca de ella, plenamente consciente del proceso, podía sentir en la corriente la presencia de Yassu y los demás, todo ello mentalmente controlado por los Itsos.
Percibió cómo, con increíble celeridad, las moléculas se atraían unas a otras, dándole forma a multitud de células, de dedos, de manos y extremidades. Su cuerpo, su ropa, su macuto, con una hormigueante sensación, ad­quirieron una consistencia sólida. Frente a ella vio los rasgos de Yassu.
Parecían hallarse en el interior de un túnel. Su mente desconcertada, intentaba coordinar ideas, aunque sin conseguirlo. La burbuja había desaparecido y el brillante corredor luminoso también. Su visión se hallaba salpicada por multitud de puntos blancos. Con este método creado por los Itsos se podía viajar a miles de kilómetros de distancia en cuestión de pocos segundos. Fascinante, pensó Rebecca.
Sentía que la cabeza le daba vuel­tas. Había sido como montarse en una montaña rusa de increíbles dimensiones. Inspiró, contuvo la respiración un segundo y exhaló el aire fatigadamente. Sus energías estaban al límite. Se llevó la mano a la frente. Le ardía, tenía mucha fiebre. Se miró el pellejo levantado de la piel de su mano. Una mueca de dolor se reflejó en su rostro. Tenía serias quemaduras y cortes en las manos, las rodillas y la cara. Todo a su alrededor era desconcierto.
Apenas si podía entrever o reconocer las facciones de las deformes manchas que trajinaban torpemente a su alrededor. Deja que tus sentidos trabajen para ti, se dijo mentalmente. Sus pupilas aún tardarían en acostumbrarse. Oscuridad y más oscuridad, pensó, mareada.
Sintió el escozor de la suciedad y el pegajoso sudor fermentado de su ropa. ¡Lo que daría por un baño caliente! A unos cuantos metros, logró distinguir a Yassu. Se apretaba las sienes con ambas manos, intentando despejar la mente y aclarar las ideas. Todavía no comprendía muy bien todo lo que les había sucedido ni cómo ni quién. ¡Los Itsos! Habían sido los Itsos, se resistía a creerlo, necesitaba unos cuantos minutos para hacerse a la idea.
—¡Increíble! —articuló débilmente.
—¡Dioses! No lo puedo creer.
Rebecca, cuanto más pensaba en lo sucedido, más desconcertada se sentía. A priori era algo cuando menos inconcebible. A su alrededor, con doloridos gestos, distinguió las siluetas de los cadetes, los hombres de Demetrius, Alexia y no muy lejos de ella a Nika que todavía permanecía inconsciente. Aquel viaje se había desarrollado con extraordinaria rapidez. Ahora, los tres Itsos se desplazaban e inclinaban de un lado a otro con rapidez, sanando y aliviando las heridas de unos y otros. Sus manos relumbraban al posarse sobre sus pies y brazos, curándolos con eficacia. Rebecca logró levantar su espalda, identificando también el perfil de un alargado vehículo–aéreo.
De su interior, después de abrirse una esclusa que emitió un siseante sonido, emergió una figura alta y ataviada con el azulado uniforme de Thenae. Ramsés había demostrado ser un gran estratega.
Un húmedo frío penetró en sus huesos haciéndola tiritar. Dos manos firmes sujetaron gentilmente sus manos, enfundándole dos guantes–térmicos con suma delicadeza. Rebecca alzó los ojos, recorriendo unos musculosos brazos para encontrarse frente a los sonrientes rasgos de un auténtico nativo de Sill­marem. Por sus azulados ojos, sus rasgos patricios y pelo blanco era un hijo de Atalantika, de las tierras al norte de Marelisth. Era un hermano de la vieja rama de los Atlansill, los genuinos hijos de Sill, descendientes directos de los antiguos Atlantes de la Terra–Mater. Hacía tantos años que no se encontraba con uno de ellos, que le era extraño hacerse a la idea.
—¿Eres hijo de Sill, un hermano? —preguntó Rebecca no muy segura ni de sus fuerzas ni de su cordura.
—Soy el primogénito de la casa de Malantika. Mi nombre es Alextos Alexandretis y es para mí un honor y un placer comprobar que la sobrina de Miklos aún permanece con vida. En Sillmarem ya todos empezábamos a pensar que habíais…
—Poco ha faltado hermano, poco ha faltado —dijo Rebecca extendiéndole ambas manos.
Alextos la ayudó a levantarse. Rebecca tropezó y habría caído de nuevo al suelo si Alextos no la hubiera sujetado fuertemente.
—Dioses, mi cabeza —dijo Rebecca.
Todo había sido calculado por Ramsés, al menos hasta ese instante.
—No os preocupéis, mi Dama, yo… —dijo Alextos.
—Ayudad primero a los heridos.
—Seguro que…
—Por favor —rogó Rebecca con una dulzura que acalló las protestas de Alextos, despertando su admiración.
El joven emitió unas cuantas órdenes por su intercom de pulsera, en un idioma que Rebecca identificó como grecan. Del estilizado vehículo–aéreo, por ambas portezuelas traseras, emergie­ron varias sombras, acercándose con fluidos movimientos al resto de hombres de Demetrius, a los cadetes y prestándole ayuda a Nika, Demetrius y Yassu. Los Itsos, una vez acabaron de socorrer a los heridos se apartaron y aguardaron pacientemente, envolviéndoles un invisible círculo de silencio.
A Rebecca se le puso el vello de punta. Por un momento se giró e inclinó la cabeza, pensativa. Los Itsos eran un pueblo y una cultura alejada por completo de las sociedades hipertecnificadas de la actualidad, ya fuera en civilizaciones como Invenio, Septem, los increíbles diseñadores de colosales estaciones orbitales o submarinas de Quinessian o la incomparable nanotecnología médica de Jantikias y, sin embargo, debían conocer en profundidad parte de los misterios de la materia y de la célula.
Unos valiosos conocimientos que tarde o temprano atraerían la pervertida atención del Imperator. No había que olvidar esta posibilidad. Su sabiduría les podía brindar una inapreciable ayuda en el futuro a los Sillmarem.
Algo se agitó a su espalda. Por el rabillo del ojo captó un movimiento. Sabía que debía obrar con mucho cuidado, los estudió sin distracciones, sin mirar en derredor, sin perder el control. A ojos de los Itsos, tanto los pequeños detalles como su comporta­miento, apariencia, voz o hasta el más insignificante gesto, adquiría significado ante su curiosidad. Un significado del que se podía sacar todo tipo de conclusiones. De nuevo, sin saber cómo, una hilera de palabras acarició su mente.
—Te llamaremos Andala, anillo de la unidad. Nuestro vínculo ha sido completado. Tú y tu semilla seréis el eslabón de la unidad entre nuestros pueblos. En un futuro no muy lejano volveremos a ti, Andala. Paz y vida, hermana.
Rebecca agitó la cabeza, confusa. Las palabras dudaban todavía en asomarse por sus labios temblorosos, heridos con diminutas cuchilladas de los cristales y astillas del bombardeo anterior. En vano trató de balbucear algunas frases inco­herentes. Un esférico satélite se dibujó en el aire con destellos luminosos. Los Itsos, sumergidos dentro de una esfera de energía, unieron sus lanzas–relámpago desencadenando un súbito y cegador estallido de luz, siguiéndole una profunda oscuridad. ¡Lo habían hecho! ¡Lo habían hecho de nuevo! ¡Habían desaparecido en un parpadeo y sin dejar el menor rastro! Y se habían llevado algunos cuerpos que solo ellos podían ya cuidar.
—Debemos partir, mi Dama —susurró Alextos.
Debían hallarse a unos cien kilómetros al noroeste de Noctropolis.
—¡Todo el mundo al vehículo! —Ordenó Alextos—. ¡Ayudad a los heridos! ¡Vamos, tenemos muy poco tiempo!
Sus cadetes acompañantes se unieron al resto apremiándoles para levan­tarse y ayudándoles a alcanzar el transporte por su propio pie.
—¡Metedlos dentro del vehículo, pronto!
—¡Anaxander, tú, Acte, Ursus, Nerva, Kavakos, Croton y Popea ayudad al Gobernador y a su acompañante! ¿A qué diablos estáis esperando, perros de mar? —dijo Alextos.
Una figura surgió de la oscuridad y tomó del brazo a Rebecca:
—Soy Titlomes, el agente de Ramsés. Os separareis para reuniros más tarde en la Jungla de Puline. No muy lejos de aquí hay un garaje que da a un callejón. Atravesareis la ciudad fronteriza de Arkum y penetrareis en territorio Hiberion. Alexia y yo os seguiremos después. Ahora seguidme, un transporte os aguarda —dijo perdiéndose en la oscuridad.
Nika miró a Rebecca y se encogió de hombros.
—Bien, sigámosle.








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