7 de agosto de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (La caida de Andriapolis-Alpha. Parte I).



Capítulo XII



La caída de Andriapolis–Alpha (Parte I).



Extracto perteneciente a Sillmarem Libro I: Gambito de Dama



Por Gabriel Guerrero Gómez



¿A QUIÉN PERTENECE EL SOL DE LA MAÑANA?

¿A QUIÉN PERTENECEN LAS ESTRELLAS DE LA NOCHE?

¿A QUIÉN PERTENECE EL PERFUME ESTIVAL DE LAS FLORES?

¿A QUIÉN PERTENECE EL ROCÍO DEL AMANECER?

¿A QUIÉN PERTENECE LA SERENIDAD DEL CREPÚSCULO?

PERTENECEN ÚNICA Y EXCLUSIVAMENTE A LA FUERZA DE LA VIDA.



NOAH SALEK.


(MEDITACIONES)



Un grupo de naves–thorax surgió de un banco de nubes para proteger su huida, sobrevolándoles en dirección contraria. El transporte se acercó a toda velocidad a una espesa barrera nubosa, buscando su amparo. Las naves–thorax en formación cerrada, crearon a sus espaldas un círculo defensivo, gravitando en un perfecto orden de batalla.


Yassu se enderezó y observó por una de las ventanillas su ciudad natal, antes de que el vehículo atravesara la impenetrable barrera de nubes que presagiaban una creciente tormenta. De una ojeada pudo ver cómo la mayoría de edificios de la ciudad volaban por los aires, generando toneladas de escombros. Surgió un incendio que con ayuda del viento terminó por cubrir toda la ciudad. Miles de hombres luchaban cuerpo a cuerpo, entre el fuego y el humo, por azoteas y calles, sintiendo de cerca las caricias de las llamas en sus rostros.


El incendió alcanzó varios depósitos de energía provocando una enorme explosión en cadena que resquebrajó las estructuras del palacete. Derrumbándose con estrépito poco después y sepultando a todo aquel que aún seguía dentro.


—Qué alto precio estamos pagando —murmuró Yassu con tristeza.


Rebecca y Nika sintieron en la oscuridad el pozo de dolor de Yassu, man­teniéndose en silencio. Conocía a cada uno de los cadáveres y luchadores que yacían en el suelo.


—Hay acechadores por todas partes. Hemos salido por poco —dijo Deme­trius—. Tanto en la parte norte como sur del planeta, se está iniciando el éxodo masivo de más de setenta millones de seres humanos, buscando el amparo de los planetas interiores de seguridad de la Interfederación.


—Entonces… —titubeó Rebecca.


Andriapolis–Alpha está perdida —dijo ásperamente Demetrius.


Rebecca se miró las manos ennegrecidas y mugrientas.


—Donde quiera que voy, llevo una maldición de muerte conmigo.

Nika Corintian le acarició suavemente la mano con su dedo pulgar.

El intercom de Yassu parpadeó:


Acorazados imperiales orbitan cerca de Jurak–7.


—La flota de invasión ya está aquí.


Hileras de refugiados abandonaban la ciudad mientras las naves de de­fensa de la Interfederación luchaban contra los "Dragones Estelares" imperiales. Multitud de estelas señalaban el desembarco o salida de las naves de transporte que, sobrecargadas, apenas si podían tomar el vuelo, sobrepasando el aura de luz que coronaba la ciudad. Un aura que con el paso de las horas comenzaba a perder fuerza entre lejanas explosiones.


El transporte se vio envuelto durante unos minutos por una capa gris de nubes. Tomarían rumbo norte hasta la cordillera de Consis, para hacer escala en la ciudad de Noctropolis. Un halcón–solar debía aguardarles allí para partir a Thenae. Cuando salieron del banco de nubes pudieron apreciar, al alcanzar la estratosfera, la curvatura del planeta.


Todo parecía despejado. Demetrius estudiaba el panel de control. Re­becca, pese a la falsa sensación de seguridad, no lograba disipar la angustia de la agobiante persecución a la que se veía sometida. Parecía como si se hallase presa en una burbuja de cristal que le impedía cualquier decisión propia, arrastrándola, en ocasiones, contra su voluntad. En el fondo nada depende de uno mismo, pensó.


—¿Vuestros hombres? —preguntó Rebecca.


—Los que no escapen, serán conducidos a campos de esclavos o utilizados para los experimentos genéticos del Imperator. Si no los despedazarán para vender sus cuerpos a los bancos de órganos imperiales —dijo Demetrius.


—¿Alguna otra alternativa? —preguntó Rebecca.


—Oh, sí. Los que tengan menos fortuna serán enviados a las cámaras de tortura como alimentos para los tecnoparásitos.


Rebecca sintió cómo un fuerte escalofrío recorría todo su cuerpo, helán­dole la sangre. Los tecnoparásitos eran una especie creada especialmente por los científicos imperiales como instrumento de condena jurídica. Tan solo la mención de su nombre ejercía una mágica persuasión a quienes lo oían. Estos híbridos de humano e insecto parasitario, mantenían con vida a sus víctimas indefinidamente para tomar su sangre y demás elementos necesarios para su supervivencia e incluso para su reproducción.


La víctima permanecía paralizada y consciente ante todo el proceso, sin poder escapar al horror de una agonía continua hasta que su organismo perecía prematuramente. Una horrible creación, usada sobre todo con los presos políticos del Imperio, fruto de la pervertida imaginación del Imperator.


—Lo lamento —dijo Rebecca.


—Cada uno de mis hombres sabe a qué se expone cuando entra a mi servicio. Conocían los riesgos y los asumieron —dijo fríamente Yassu.


—¿Como Tamínides? Era un bravo guerrero. Le debemos la vida.


—Una muerte heroica, un bravo guerrero —murmuró respetuosamente Nika, como buen Triterian.


—Ya estamos llegando, mi Dama —interrumpió Yassu.


—Punto de llegada en diez minutos —dijo a sus espaldas, Demetrius, inclinado sobre la holopantalla de control—. Descendemos.

Sobrevolaban las cumbres nevadas. Bajaron velozmente atravesando las cordilleras de Consis. Allí estaba la ciudad de Noctropolis. Los barrios modernos y el casco antiguo.


—Mi Señor, tengo un mensaje de última hora de Jurak–7, del crucero insignia Aldebarán–Omega9 —dijo el copiloto.


—Pasadlo —dijo Demetrius.


—Muchas interferencias, mi Señor… Treinta y cuatro planetas de la Interfederación han caído, incluyendo los planetas clave de Dilay, Ythas, Ysper, Gryhel, Coride e Istaladias. Un momento, hay más, mi Señor…

Demetrius palideció, el Imperio se estaba moviendo tremendamente deprisa.


—Ahora, lo tengo… Los Sistemas del escorpión rojo, Hércules V y ala de plata III, también han caído, hay más interferencias —dijo el copiloto con el rostro tenso y en la más estricta concentración.


—¿Supervivientes? —la voz de Yassu sonó débil, como si ya supiera de antemano la respuesta del copiloto, la confirmación de unos temores que se resistía a aceptar. El copiloto tecleó la pregunta en la consola de mandos.


—Negativo.

Yassu inclinó la frente. Tenía familiares y amigos en muchos de aquellos mundos.


—Hay más. Tropas de Sillmarem y la Interfederación están evacuando Thenae y todo su cuadrante. Löthar Lakota ha declarado la ley marcial en todo su sector. Se retiran.


A continuación se escucharon gritos y estallidos por los altavoces del panel de comunicación.


—¿De dónde diablos han salido esas naves–parna? ¡Retirada!, ¡retirada! Por todos los dioses, bloquead ese acorazado imperial. Estamos en su punto de mira.

Más explosiones y gritos sonaron por los altavoces.


—Las baterías de estribor concentren su fuego sobre las minas de… ¡Pronto! se nos están echando encima, no… noooo… aaaaaargh.

Una atronadora explosión sacudió el altavoz.


—La comunicación se ha cortado —murmuró cabizbajo, el copiloto.











































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