13 de agosto de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (La caida de Andriapolis-Alpha. Parte II).



Capítulo XII


La caída de Andriapolis–Alpha (Parte II).



Extracto perteneciente a Sillmarem Libro I: Gambito de Dama


Por Gabriel Guerrero Gómez



—La guerra ha empezado —dijo Rebecca con voz lúgubre, apenas con­trolando su alteración. Un sudor frío cubrió todo su cuerpo, con una profunda sensación de derrota.


—Empezó hace mucho tiempo, mi Dama. Ahora simplemente abrimos los ojos, cuando tenemos los pies quemados y estamos a punto de caer sin saber dónde sujetarnos ni a quién recurrir —dijo secamente Yassu lanzándole una punzante mirada en la oscuridad a Rebecca.


—Puede que no todo esté perdido —dijo Rebecca.


—¿En verdad lo creéis así, mi Dama? —dijo con ironía Yassu.


—De no ser así, yo no estaría aquí.


—Puede, o puede que tan solo busquéis salvar el pellejo.


Rebecca tensó el antebrazo buscando su puñal pero, con una fulminante reacción, Nika la contuvo aferrándole fuertemente la muñeca, hasta tal punto que Rebecca apenas si contuvo un gemido de dolor.


—No habría nada que complaciera más al Imperator que presenciar como nos autodestruimos ante sus ojos. Os sugiero que os controléis, mi Dama. No olvidéis quién sois ni vuestras obligaciones para con los vues­tros. Tenéis una posición que defender, una misión que asumir y terminar. Procurad recordarlo siempre —dijo severamente Nika lanzándole una cen­suradora mirada a Yassu y viendo cómo Demetrius se había girado y oprimía su hombro.


Afortunadamente no todo el mundo ha perdido el juicio, pensó.


—Procurad no despreciar el sacrificio de vuestros camaradas —razonó Nika.


Esta se limitó a asentir en silencio, pero sus hombros aún permanecían rígidos y el resto de su cuerpo envarado.


¿Hay rencor en la voz de Yassu?, se preguntó Nika.


—Cada uno es lo que hace y hace lo que es —murmuró Rebecca igno­rando a Yassu.


Alexa era pasto de las llamas. Rebecca pensaba que su sola presencia, en cierto sentido, había precipitado todo aquel desastre, aunque no estaba segura de que con su ausencia no sufriera tal destino. Seguían descendiendo. Rebecca sintió cómo el piloto conectaba los discos de aterrizaje, con una leve presión en sus tímpanos.


Por su ventanilla apareció la entrada del gran museo de Noctropolis, con la intersección de dos enormes conos oblicuos de unos cuatro pisos de altura, fabricados con cristal y plastanio.


—Preparaos para salir sin deteneros —ordenó Demetrius.


—Los identificadores y rastreadores dan negativo. La zona está despejada. No hay un alma en un kilómetro a la redonda.


Rebecca desenfundó su subfusil, al igual que Nika y Yassu. Un par de ca­lles más arriba del gran museo, el transporte amortiguó su velocidad, se inclinó levemente por su parte trasera, temblando su morro, y estacionó por último en un estrecho callejón iluminado por una levito–farola que parpadeaba estropeada. Yassu abrió su escotilla.


—Fuera, rápido y en silencio.


Rebecca apretó contra su cuerpo la mochila. Nika también obedeció, escrutando a través de las sombras que daba la niebla al callejón. Su posición era muy vulnerable. Rápidamente Demetrius cubrió el vehículo con un manto de camuflaje.


Avanzaron sigilosos atravesando un par de oscuras vías de transporte. La niebla lo cubría todo. La parte superior del museo adquiría más altura a medida que se aproximaban. Una incómoda y sucia humedad se les metió en los huesos al paso de barro y charcos. Rebecca sintió el escozor de sus heridas. Cojeaba. Nika la tomó del brazo ayudándola a sujetarse. Yassu la ayudó también. Parecía que las fuerzas la abandonaban.


Demetrius apostó algunos de sus hombres en varias esquinas creando un círculo defensivo. Dos de ellos, fuertemente armados con rifles de precisión y lentes nocturnas, cubrían con sus cuerpos a Rebecca. Sabían lo imprescindible de su supervivencia. Demetrius estaba usando todo tipo de medidas de seguridad.


Asey–Stephan había hecho un buen trabajo con su alumno, aunque no llegara a comprobarlo nunca. Avanzó corriendo hasta la próxima esquina. Dos de sus hombres avanzaron unos cuantos metros por delante de él, ocultándose y arrodillándose, intercambiando signos con las manos. Demetrius alzó la cabeza y la asomó con el cuerpo muy pegado a la pared por la esquina siguiente, tratando de penetrar a través de la niebla.


Rebecca percibió las ágiles siluetas de los hombres de Demetrius, ocultán­dose en las sombras, cuidándose mucho de dar la espalda. Sus rifles con miras telescópicas lo exploraban todo. Cautamente Demetrius se detuvo de nuevo, tanteó la zona con la mirada y con una seña, los atrajo hacia sí.


Había un silencio antinatural que ponía los ner­vios a flor de piel. Todo permanecía callado. Las calles vacías, sin movimiento alguno o señal visible de vida. Todo el mundo parecía haberse esfumado con las naves de la Interfederación, huyendo de la invasión imperial. Demetrius parecía inquieto.


Rebecca notó cómo su nuca se tensaba. Llevaba muchos días sin comer nada sólido, estaba a punto de desfallecer. Se apoyó y tomó aliento en una vieja y desgastada pared de ladrillos. Varios papeles bailaron por un pequeño golpe de viento a sus pies. Torcieron por una callejuela. Demetrius aceleró el ritmo de marcha.


Los cazarrecompensas del Imperio proliferaban por todas partes, sobre todo los Zasars. Toda precaución era poca. El rostro de Rebecca sintió la humedad de un estrecho canal. El frío parecía penetrar por todos sus huesos aún más si cabía, obligándola a cerrar los cierres de su capa y cubrirse la cabellera con el capuchón. Cruzaron un puente de mármol. El canal estaba vacío, ninguna embarcación a la vista. Extraño…


Noctropolis permanecía envuelta por un estremecedor halo de silencio. El perfil de cualquier cosa inanimada se hallaba difuminado cual cuadro antiguo por el paso del tiempo. Torcieron en otra bifurcación, por una angosta callecita. Recorrieron una plaza y penetraron por la parte trasera del gran museo de Noctropolis. Ya en la entrada Demetrius, indeciso, con expresión rabiosa, echó una mirada en derredor, farfullando. Rebecca siempre escudada por sus hombres, Yassu y Nika, apenas se tenía en pie.


—¿Dónde diablos se habrá metido esta condenada mujer? —repitió para sí Demetrius con ojos vigilantes a pesar de no poder ver nada.

De la cortina de niebla surgió una sombra que se les aproximaba pres­tamente, alertando a Rebecca y a Nika. La reacción de la hija del Archiduque de Portierland fue inesperadamente rápida para Yassu,


Demetrius y el propio Nika. Con salvaje determinación estuvo a punto de saltar sobre la sombra, de no ser porque Yassu murmuró el nombre de aquella figura ensombrecida por la niebla.


—Es Alexia, es amiga. Nuestro contacto.


Durante un par de palpitaciones, los pensamientos de Rebecca giraron concentrándose en un único punto: es amiga.


—Demetrius, ¿eres tú?


La sombra adquirió forma y consistencia ante sus pupilas, pudiendo apreciar un rostro, piel y ojos de canela, de asombrosa belleza que impresionaron a Nika y a Rebecca. Su voz era extrañamente cálida, con un acento y tono desconocido para sus oídos. Demetrius acercó su intercom de muñeca y emitió varias órdenes.


—Alexia, guíanos al interior del museo, pronto.


—Seguidme, están por todas partes —dijo Alexia saludando con una leve y precipitada inclinación a Rebecca y a Nika.


Rodeados por escoltas de Demetrius, les guiaron junto a Yassu y Alexia a través de los jardines interiores, penetrando después de subir una escalinata por un pequeño pasadizo hasta la penumbra de una salita que conectaba con un corredor y desembocando por último en los sótanos del museo.


Alexia los guió entre un laberinto de cajas embaladas, cajones y baúles de transporte precintados. Mientras Rebecca estudiaba los movimientos de Alexia, su capacidad mnemotécnica terminó por catalogarla como una Sintoide de última generación, de las más avanzadas de su categoría. Le había costado identificarla.


Siguió estudiándola con especial cuidado en tanto les conducía a través de estrechos pasajes atestados de más cajas, baúles y obras de arte con la marca identificativa de su origen, Thenae, Sillmarem o Nemus–Iris. Sorprendente, pensó. Cuántas obras de arte, ¿qué ocurrirá con todas estas maravillas? ¿Se perderán también?


Giraron apresuradamente por otro corredor, saliendo a una cámara llena de esculturas y cuadros.


—Increíble —susurró observando cómo Alexia justo debajo de una estantería repleta de varias coronas antiguas, presionaba con sus dedos índice y pulgar los ojos de un león de cerámica. Estos se encendieron con un brillante resplandor mientras que una ranura se abría a su izquierda, mostrándoles la oscura entrada de lo que parecía ser el acceso a un pasadizo secreto.


Lástima, una auténtica lástima, pensó.


A los pies de la entrada Rebecca apreció un cuerpo encogido entre un desor­denado y sucio amasijo de ropas oscuras. Rebecca se acercó y, para su sorpresa, a la vez que lo destapaba, se topó con el rígido rostro y mirada vacía de una Walkiria imperial. Le abrió el pecho y pudo comprobar que llevaba tatuado el inconfundible escorpión escarlata de los comandos de ataque de las Walkirias imperiales. Una interrogativa mirada surgió de sus ojos al posarlos sobre los de Alexia.


—Debe ser un elemento aislado —murmuró Rebecca suavemente.


—La encontré dentro del museo. Rastreé la zona, puedo aseguraros que está despejada —contestó Alexia sin alterar ni un ápice la calidez de su voz.


—Si esta Walkiria ha logrado llegar hasta aquí, las otras deben estar muy cerca. Debemos salir cuanto antes, debe haber células dispersas —dijo Rebecca.


—Partamos ya —se apresuró a decir Yassu.


—Todavía no —dijo Demetrius—. Alexia hazle un rastreo médico.

Alexia inclinó la cabeza y de su macuto sacó un guamet, un guante médico de diagnóstico rápido. Se lo enfundó hasta el codo y comenzó a analizar las heridas de Rebecca, emitiendo un insistente zumbido a medida que sondeaba sus heridas, aumentando de intensidad cuando la zona que analizaba estaba infectada.


Una proyección holográfica brotó de su mano izquierda mostrándoles la parte interna de la pierna afectada. Su guante había explorado posibles lesiones internas. La imagen holográfica les señaló con precisión las heridas tanto de su rodilla, como de su piel y diversas partes del cuerpo.


—Sus heridas superficiales no revisten especial importancia salvo el hueso de su rodilla y contusiones de ambos tobillos. Su organismo sufre debilitamiento general fruto de una deficiente alimentación y falta de descanso. Sus niveles de estrés sobrepasan la gráfica aconsejable y su desequilibrio psicológico aconseja un internamiento de descanso lo más urgente posible. En otras palabras, está a punto de perder el conocimiento. Sugiero…


—Tonterías, me encuentro perfectamente.


Alexia fue a replicar pero un discreto gesto de Demetrius la contuvo. Se acercó y tendió en silencio un par de píldoras a Rebecca. Esta las apartó con desconfianza.


—Son solo caramelos de energía, os ayudarán a continuar, mi Dama.

Rebecca se volvió a negar para desesperación de Nika. Demetrius las tomó y se las tendió a Rebecca, Alexia apretó los dientes.


—Por favor, es por vuestro propio bien, os lo ruego.

Lo dijo con firmeza pero también con humildad así que Rebecca se las metió en la boca.


—Partamos ya —dijo Demetrius.


Cruzaron la entrada del túnel y bajaron por unas mohosas y húmedas escaleras. A su espalda Rebecca sentía las respiraciones de todos los miembros del grupo, sus pisadas.


El zapateo de las escaleras aumentó de intensidad a medida que recorrían el último tramo. Otra bifurcación y desembocaron a lo que parecía ser un desagüe. El olor era insoportable. Algunos de los hombres de Demetrius maldijeron al sentir cómo sus botas se hundían en el cenagoso alcantarillado. Estaban en las cloacas. ¿Dónde demonios vamos? se preguntó Rebecca.



































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