23 de septiembre de 2009

EL LIBRO OSCURO




EL LIBRO OSCURO




El Conde se dirigió al salón donde tenía guardado el Libro Oscuro, a la espera de la llegada del jefe de científicos de su laboratorio, Manfred Gerken, un brillante genetista que le había ayudado en el diseño y creación de sus guerreros de Ekatón, y que ahora iba a elaborar el elixir de Vitava para él. Tras cruzar la puerta del salón, ésta se cerró herméticamente, a su espalda.


El Conde alzó su mano, uno de sus anillos brilló con luz propia, alzando del suelo un portalibros sobre un elegante mueble de madera, y una burbuja de protección se abrió al identificar su presencia. Mesala apareció por una abertura lateral; el Conde invitó a su jefe de científicos a sentarse mientras observaba su preciada joya con silenciosa excitación.


El Libro Oscuro, su Libro Oscuro, después de diez años y mil y una dificultades, había vuelto a su legítimo dueño, a su legítimo creador. En sí, era una magnífica obra de nanotecnología criptográfica, y el Conde todavía no salía de su asombro al pensar en cómo el astuto Chakyn Chakiris y su equipo de científicos habían logrado abrirlo, extraerle la fórmula auténtica, y sobrevivir al proceso. Bien, si los había subestimado la primera vez, eso no volvería a ocurrir.


A su espalda, el jefe de científicos observaba con profunda curiosidad aquel extraordinario objeto. Previa advertencia del Conde, se mantenía a una distancia prudencial ya que un solo contacto con la tapa de aquel libro, y moriría al instante al no ser identificado como su legítimo propietario. De hecho, Rebecca había tenido la acertada idea de no ver ni acariciar nunca el libro del Conde, sólo portarlo dentro de un macuto. Sin saberlo, aquello le había salvado la vida de una más que probable y dolorosa muerte.


El Conde observó las hermosas talladuras de su lomo, una doble águila de platino que al simple contacto de su dedo índice se transformó en una gran K de Ekatón circundada por varias Walkirias imperiales a lomos de sus corceles alados, primorosamente esculpidas en el más puro platino de Thanos. Otro que no fuera identificado por el libro, sufriría una silenciosa y terrible muerte provocada por un nanovirus letal.


Acercó su mano derecha; los bordes rectangulares de la portada se activaron, iluminándose con un ambarino destello; sus huellas dactilares, junto a su código genético y sus retinas, leídas por un fino hilo de luz, fueron identificados y confirmados al instante, pero aquello no era suficiente. La forma del corazón del Conde y su particular actividad cortico-cerebral también fueron identificadas como las suyas. Tras ese proceso, el Conde articuló con un susurro la palabra secreta: "Eternum", y por fin la envoltura de seguridad que protegía a aquel libro se replegó sobre sí misma, dejando vía libre para su apertura.


Una primera hoja oscura se materializó ante sus pupilas. Aquel libro, a diferencia de sus congéneres, dormía, por lo tanto, podía despertar, lo que a su vez significaba que podía vivir. La excéntrica genialidad del Conde lo había concebido como a un ente artificial capaz de defenderse y activarse por sí mismo, muy capaz de buscar fuentes de energía alternativas como la luz solar si le fallaba la potente pila energética de Vignis que se encontraba en su interior.


Un ente nanotecnológico con una única función, custodiar el preciado contenido depositado dentro de él. Un trillón de combinaciones se podían deslizar ante los ojos del lector que hubiese logrado abrir el libro.


Filas enteras de fórmulas encriptadas, de las cuales sólo una era la auténtica. Una vez extraída, había que tener cuidado ya que tanto el proceso de fabricación como la combinación de sus elementos, eran tan importantes como los ingredientes de la fórmula. Además, ésta sólo podía ser extraída a una determinada velocidad sináptica, y directamente enfocada a los nervios ópticos del Conde.


Una vez cerrado el libro, el interminable proceso de creación y destrucción de fórmulas, la mayoría tan plausibles de llevar a cabo como erróneas, se volvería a iniciar a la espera de ser reactivado por su dueño. No obstante, a Chakyn Chakiris se le había pasado por alto un detalle importante, y es que aquel libro sólo podía ser activado y apagado tres veces.


Dos de ellas habían sido ya usadas, una por el Jefe de Científicos de Sillmarem, la segunda por el Conde, y ahora sólo quedaba la tercera. Después, el libro se autodestruiría, y con él su contenido. Por esta razón, el Conde daría las instrucciones pertinentes a Manfred para crear cinco frascos de elixir que serían ocultados en lugares sólo conocidos por él, para, en su momento, poder hacer uso de los mismos.


Chakyn Chakiris había logrado superar sus barreras de seguridad con una solución tan sencilla como eficaz, con otro virus nanotecnológico. Ese era un error que el Conde no volvería a cometer. Infinidad de combinaciones se deslizaron a cegadora velocidad por sus ojos, y de nuevo centró su mente en una única combinación de palabras: "Vita-Nova=Vitava". El proceso se detuvo, parpadeando fugazmente un rectángulo de luz con la información auténtica para elaborar el elixir de Vitava, el elixir de la eterna juventud. Esa información fue absorbida por sus nervios ópticos. Cuando la entregase a los especialistas, se borraría de su mente para siempre.


El Conde cerró el libro; éste se auto protegió con una fina capa de plastanio que lo envolvió completamente, volviendo a su forma original. El Conde se giró y miró fijamente a los ojos de su jefe de científicos, Manfred Gerken.


-Es, es asombroso -dijo Manfred sin poder apartar sus pupilas de aquel objeto.


-Lo sé -respondió el Conde sonriente-. Pero más asombroso que el continente, es el contenido.


-¿El contenido? ¿Es esa la fórmula de la que me hablasteis, mi Señor? ¿Sobre la que trabajamos para crear a los guerreros? ¿Por fin la habéis recuperado? Es fantástico, ¿cuándo podré verla?


-Pronto, mi querido Manfred, muy pronto…



Desarrollos tecnológicos




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