29 de octubre de 2009

ACTOS BÉLICOS DE SILLMAREM. (Extracto V).




ACTOS BÉLICOS DE SILLMAREM (Extracto V).




…—En los subterráneos lograremos despistarlos. Ganaremos el tiempo que necesitamos


—gritó Rebecca apretándose contra Nika.


Éste miró hacia arriba.


— ¡Sujétate!


Con un brusco arco descendente se introdujo por uno de los túneles de tráfico subterráneo. Un par de coches aéreos colisionaron entre sí tras ellos. Una de las naves perseguidoras zozobró contra una vagoneta a suspensor que Nika apenas sorteó, creando tras ellos una demoledora reacción en cadena de accidentes y explosiones en varias vías internas.


La cadena de incendios cubrió los túneles de espuma extintora. Su moto–jet resurgió de una espesa nube de humo negro, rumbo a los suburbios externos de la ciudad. Unos metros más adelante otro perseguidor se estrellaba contra el campo energético de un edificio transformándose en una azulada bola de fuego.


Su nave acompañante logró rectificar el rumbo frenando bruscamente. Una lluvia de restos calcinados cayó sobre algunos transeúntes de la acera que, despavoridos, corrían gritando en busca de un hueco en el que refugiarse.


Nika giró por otro callejón esquivando por unos pocos centímetros la proa de un enorme transporte que emergía lateralmente, con pesada lentitud, en busca de un espacio–puerto para depositar su carga. Otro coche aéreo, en un efecto dominó, frente a él, giró bruscamente partiendo en dos el pico de un carguero que descendió en picado arrasándolo todo con increíble estrépito.


Un devastador estallido apenas contenido por las barreras de seguridad y campos de contención de los edificios colindan­tes. La lluvia de chispas descendió hasta el pavimento, reflejándose en los espejos de los edificios, como si de una exhibición de juegos pirotécnicos se tratara. Otro coche colisionó llevándose por delante todo lo que se encontró a su paso.


Rebecca deglutió y se mordió con fuerza el labio inferior hasta hacerse sangre. Creía que el corazón le iba a estallar. Mi ángel de la guarda debe estar haciendo horas extraordinarias, pensó apretando con fuerza los nudillos.


Nika logró mantener el control de la moto descendiendo con suavidad a las profundidades de otro carril. Gracias a las conexiones neuronales de su casco podía manejar el aparato como si fuera una prolongación de su cuerpo y aunque era francamente agotador estaba llevando la máquina hasta el límite de sus posibilidades.


Tras ellos, un vehículo de la policía perdía el control estrellándose envuelto en llamas contra una terraza a su derecha. La deflagración provocó una cortina de motitas luminosas que descendían hasta extinguirse en la nada.


Lo último que divisó Rebecca era cómo un ancho deslizador de tres pisos se abría paso entre aquella cortina de fuego arrancando y expandiendo un número inmenso de restos carbonizados, diseminándolos por una superficie de varios kilómetros. Entre los peatones, todo era caos y confusión.


El último vehículo–interceptor se situó tras ellos disparándoles arpones luminosos. Estaban ya en las afueras de la ciudad, cruzando las últi­mas vías de salida.


Inesperadamente, Nika accionó los frenos, elevó la moto–jet encabritada, pasó por encima y se colocó con considerable pericia justo de­trás del interceptor, accionando la boca de disparo delantera y provocándole sendas fisuras al blindaje de los propulsores del interceptor, que reventaron y le hicieron patinar contra la pared del subterráneo, incrustándose contra un vehículo del carril contrario y formando dos llameantes masas metálicas que cubrieron el pavimento. Nika apretó la mandíbula sin mirar hacia atrás e incrementó la velocidad de su vehículo…






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