15 de agosto de 2009

ACTOS BÉLICOS DE SILLMAREM. (Extracto III).



ACTOS BÉLICOS DE SILLMAREM (Extracto III).


…–Están limpiando este sector. Seguro que dentro de poco aparecerá la infantería para hacer limpieza –dijo Ulises.


Las tareas de limpieza consistían en asesinar a cualquier superviviente, sembrando la muerte por doquier. Lo que los Dioses no se atreven a hacer en su caprichosa justicia, lo hacen los hombres en su injusticia, pensó Anastas viendo cómo otro trío de cazas peinaba el pueblo en sólo unos segundos, segando todas las vidas que les permitía su armamento.


–Están en las últimas, no lo lograrán –dijo Atlas.


–Debemos ocultarnos. Hay que intentar desaparecer de su punto de mira, mi Señor –aconsejó el piloto sin girar la cabeza.


–Esta aldea está condenada.


–¡Maldita sea! No podemos hacer nada, mi Señor. Os lo ruego, estamos en grave peligro, recapacitad debemos partir lo… –insistió el piloto.


–Los cazas los están masacrando –añadió Ulises.


–Piloto, dirígete hacia ellos. Preparad vuestras armas, vamos a salir –ordenó Miklos ajeno a los consejos de los tripulantes de la nave.


A tan solo unos cuantos metros de ellos, un sinfín de ráfagas levantaron numerosas hileras de polvo del suelo, clavando sus aguijones de energía con velocidad y destrozándolo todo a su alrededor. Miklos vio a un grupo de niños que buscaban el cobijo de los bosques. Los látigos de ráfagas se les acercaban por momentos.


El primero en caer, con las piernas amputadas fue uno de los mayores, que cayó acribillado y agarrando de la mano a su hermano pequeño, siendo convertido en una masa informe de carne, y yendo a parar sus pies casi a los bordes del vehículo de Miklos.


–¡Malditos bastardos!


Miklos trató de salir del vehículo en auxilio de los niños.


–¡Quieto Señor! ¡Por la Diosa Yllanna! Están muertos y no podéis hacer nada para evitarlo, nada –gritó Ulises.


–¡Sujetadle!


–¿Os habéis vuelto locos? ¡Soltadme!


–Ya no podéis hacer nada por ellos, Señor. Serenaos, os lo ruego.


–¡Salgamos de aquí! –ordenó Ulises al piloto.


Miklos se desembarazó de los Xiphias, y de un salto salió del vehículo con pies alados, amagó entre la arboleda hasta atrapar con una mano a uno de los muchachos, regresando al vehículo mientras a sus espaldas una maraña de estelas mortales astillaban todo a su alrededor. Ulises y Anastas agarraron fuertemente de los hombros a Miklos.


–Coged vuestras armas, quiero un fuego de cobertura. Piloto, sacarás a los niños de este sector, es una orden –gritó Miklos sabiendo que la única posibilidad de salvar a los niños era subiéndolos a la nave y cubriendo su huída.


Los Xiphias cogieron a los niños llenando el transporte. A su alrededor, Anastas, Miklos, Ulises, Atlas y el resto de soldados de Sillmarem disparaban, rodilla en suelo, descargas al cielo con grandes disparadores de giro automático.


Los Xiphias tomaron en brazos al último pequeño, arrastrándolo al interior y precintando la puerta en tanto el vehículo arrancaba entre explosiones y llamaradas, atravesando una cortina de fuego a todo lo que daba de sí su motor, mientras los demás cubrían su partida…




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