5 de noviembre de 2009

Épicos momentos de Sillmarem (Parte I).



ÉPICOS MOMENTOS DE SILLMAREM (Parte I).



EL SILENCIO DE LA MUERTE



“Tú, humano, en el momento que naces, ya posees una única certeza, que algún día habrás de morir, ¿ves como no somos tan diferentes?”.



Navinok, el Homofel.




Kariska se arrastró sobre una roca; el goteo de las primeras rachas de lluvia se fue convirtiendo en granizo, transformando el terreno en un barrizal intransitable. Relámpagos de luz agrietaban el oscuro cielo de la noche. Desmontó la mira telescópica de su subfusil mientras Sabaseny y Navinok la observaban en silencio. Después pulsó un botón en la parte lateral de la mira, conectando así la lente nocturna infrarroja. Enfundó el arma en su cartuchera, y se puso a estudiar el terreno a su alrededor.


– ¿Crees que alguien nos habrá detectado ya? -susurró Sabaseny gateando sobre el suelo y estudiando el movimiento de las tropas.


–Lo veo poco probable. No sé cómo vamos a sacar a esa gente de ahí. Esos guerreros están por todas partes -contestó Kariska.


La Homofel extrajo un cilindro de una de sus botas, del cual desmontó la cabeza para sacar una levito-cámara. La soltó y comenzó a deslizarse pendiente abajo enviando detalladas imágenes a una holoimagen de su comunicador de pulsera. Navinok las estudió con mucha atención.


-Debemos tomar una decisión, nuestros guerreros están inquietos -dijo Sabaseny.


-Lo sé, pero no lo veo claro. Debemos aguardar nuestra oportunidad -susurró Navinok, pensativo.


Ante la escasez de vehículos de superficie y blindados, Navinok y sus Homofel estaban usando los caballos artificiales de Invenio, criaturas transparentes que dejaban ver sus órganos internos translucidos, y que podían llegar a usarse como arma llegado el caso.


-Han colocado collarines a los prisioneros -dijo Kariska con amargura-.

Esto cada vez se pone peor.


Ella también había sufrido tal vejación bajo la despiadada mirada de Slava Taideff, en el planeta Thenae. El Imperio poseía un don especial para crear infernales ingenios como los collarines eléctricos, paralizadores, collarines-nervo que actuaban directamente sobre el sistema nervioso central, anestesiantes e incluso explosivos. Inconscientemente se acarició el cuello, esbozando un gesto de desagrado.


-¿Cómo los vamos a sacar de ahí? -preguntó Sabaseny, nervioso.


-Da la orden de ir desplegando rastreadores por las salidas del cañón. No quiero sorpresas -ordenó Navinok a Sabaseny viendo cómo varios resplandores cual cadena de estallidos luminosos se materializaban alrededor de los prisioneros humanos.


Algo cortó la respiración de Navinok. De repente, los globos de luz se repartieron entre los escudos de gentes de Sill para, a continuación, desaparecer llevándose consigo a todos los civiles que podían. Nunca en su vida había visto a tantos Itsos.


Sólo habían quedado rezagadas unas quinientas personas. Los Itsos habían teleportado a los más débiles y vulnerables, los que más lo necesitaban. Los que aún permanecían ahí, iniciaron la huída, momento que aprovechó Navinok para dar la orden de ataque, y de ese modo llevarlos a lugar seguro.


Algunos guerreros Koperian retrocedían asustados por la súbita aparición de los Itsos. Los temen, pensó Navinok. Un dato a tener en cuenta para el futuro. Aun así y ante los gritos de sus superiores, los Koperian se rehicieron rápido y comenzaron a disparar a los fugitivos con sus alargados y puntiagudos rifles de triple disparo-giratorio.


A modo preventivo, los Itsos circundaron la retaguardia con un escudo de energía que se iba debilitando poco a poco con las, cada vez más numerosas, descargas Koperian. Eso le otorgó a Navinok un tiempo precioso para poder actuar.


La tierra alrededor de las pendientes embarradas comenzó a temblar. Los generales Koperian pensaron que podía tratarse de un movimiento sísmico o un simple corrimiento de tierra. No obstante, el retumbar del suelo aumentaba por momentos, paralizándoles extrañados sin saber muy bien qué hacer, ni qué dirección tomar.


Un atronador bramido nunca percibido por sus oídos sembró el pánico entre sus densas filas. Gritos estremecedores desgarraron el aire; manchas de barro parecían adquirir vida propia; salpicaduras de tierra mojada se acoplaban a alargadas siluetas en movimiento, y entonces, cuando sólo faltaban unos metros para arrollarlos, se desprendieron de sus mantos de camuflaje, y desconectando los campos de invisibilidad de sus monturas de Invenio, cobraron forma ante los estupefactos Koperian los aterradores rasgos de los Homofel repletos de rabia, galopando a lomos de sus caballos con los ojos iluminados de un azul cegador, y con los cascos de sus patas encendidos al rojo vivo, abrasando cualquier cosa que se interpusiera en su camino, creando una imagen de pesadilla que parecía haber surgido del mismísimo infierno.


Como imparable corriente, arrastraron a los Koperian mientras se precipitaban con sus cascos fluorescentes, crujiendo huesos y mandíbulas.


La caballería de guerreros Homofel, a galope tendido, aplastó las primeras hileras enemigas con el incesante relincho de sus monturas artificiales.


Los Koperian apenas se podían mover de tantos que eran, ondulante serpiente que fue desgajada por distintos tramos. La elección de Navinok fue acertada, puesto que el fuego láser se reflectaba en las corazas-espejo de las armaduras de sus caballos. Más escuadrones, surgidos de los árboles cargaron engrosando las filas de cabeza. Empuñaban katanas de origen Rebelis y desplegaban sus garras retráctiles y colmillos, creando estallidos de sangre por doquier.


-Debemos proteger los flancos -dijo Sabaseny.


-Llévate un par de comandos y cúbreles. Conduce a los civiles a las cuevas. Allí resistiremos -dijo Navinok.


-¿Por cuánto tiempo, Navinok?


-El que podamos. ¡Ahora vete!


Sabaseny actuó con premura y creó impenetrables cortinas de fuego a su espalda. Sólo cuando su intensidad descendió, se adelantaron los Koperian. Navinok observó a los oficiales Koperian. Estaban tan confiados por la fuerza de su número, que ni siquiera habían usado patrullas de rastreo, empalizadas, centinelas o carros blindados.


Las escasas naves de Sill aún operativas hicieron las veces de señuelo para atraer sobre sí a las fuerzas aéreas Koperian. La mayor parte de sus unidades blindadas todavía operaban en las ciudades, ofreciendo a Navinok una única oportunidad para coger desprevenida a la infantería Koperian, muy superior en unidades.


Por ello, había ordenado numerosas incursiones por sus alas, usando la sorpresa de aliada. Jamás esperarían una carga de caballería, algo inverosímil para sus estrategas, aprovechando las ventajas de un terreno inclinado que se abría en una larga pendiente. En definitiva, una cadena de montañas que Navinok aprovechó con astucia…