29 de diciembre de 2009

ACTOS BÉLICOS DE SILLMAREM (Extracto VIII)




ACTOS BÉLICOS DE SILLMAREM (Extracto VIII).




…Nika encañonó la puerta, preguntando con la mirada. Un chasquido de su subfusil fue la respuesta de Tamínides. Nika tomó la sudorosa mano de Rebecca, mientras ésta aseguraba los cierres de su mochila y supervisaba su arma. Si su sentido de la orientación no la engañaba debían encontrarse en uno de los hangares interiores para transporte del palacete. Una fuerte explosión les empujó contra la pared, y les puso de rodillas. Tamínides estornudó y soltó entre dientes una imprecación. Otra explosión en la lejanía, intercambio de disparos ensordecidos por el ruido de motores a toda potencia.


— ¡Están bombardeando la ciudad!


Las paredes temblaron de nuevo, sumiéndoles en la más densa oscuridad. El fino pañuelo de silencio que les envolvía, apenas era trenzado por sus respiraciones.


—Vamos Demetrius, vamos —su voz sonó irritada.


—Alguien se acerca —murmuró Rebecca preparándose para responder. La puerta se abrió violentamente, cubriendo la entrada la inconfundible figura de Demetrius. Su rostro bañado de sudor, sus manos con dos pistolas láser aún calientes.


— ¡Dentro del vehículo, andando!


Un poco más atrás, sobresaliendo con sus intermitentes luces sobre el oscurecido cielo del atardecer, su transporte levitaba posándose sobre la superficie de aterrizaje. Una de sus portezuelas de carga se abrió, escupiendo a varios hombres fuertemente armados. Tomaron posiciones alrededor del hangar, en sus puntos estratégicos, iniciando así un fuego de cobertura para permitirles huir, parapetados tras las vallas de seguridad.


— ¡Ahora o nunca! ¡Rápido, rápido, rápido! ¡Están por todas partes! ¡No os detengáis ante nada, vamos!


Tres vehículos se perfilaron en la lejanía acercándose velozmente hacia ellos. Apenas dieron un par de pasos y se vieron obligados a retroceder buscando el amparo de la puerta ante su primer y fulminante ataque. Rebecca de nuevo, trató de salir, sintiendo aterrada cómo los agudos silbidos de los láseres peinaban la azotea, haciéndola saltar en pedazos. Las baldosas a su alrededor se hacían añicos, mientras los tres coches aéreos iniciaban otra oleada de descenso.


Uno de los hombres de Yassu terminó de montar un bazooka, enfilándolo hacia uno de los coches–aéreos. Abrió fuego convirtiéndolo en mil pequeños puntos luminosos, que cayeron sobre el pavimento. Gritos de júbilo por todo el hangar celebraban aquella pequeña victoria pero perdieron fuerza rápidamente. La dicha terminaría pronto frente al inminente asalto de las últimas naves atacantes que abrieron fuego con todo el arsenal de que disponían.


Rebecca corrió hacia el vehículo de transporte a una señal de Demetrius, entre los escombros, sorteando con pericia los obstáculos. Saltó eludiendo un enorme amasijo de metal cuando, de repente, un rayo prendió su capa y otro cortó las correas de sujeción de su macuto, desplazándolo a unos cuantos metros de ella. Intentó volver sobre sus pasos para recuperarlo pero resbaló provocándose una profunda herida en la rodilla izquierda.


— ¡Id hacia la nave, corred, corred, daos prisa!


Tanto Yassu como Demetrius y Nika salieron al unísono en su ayuda, atravesando una espesa cortina de polvo, humo y zumbidos.


— ¡La mochila! ¡Tomad la mochila! ¡Por todos los demonios!


Avanzaron hacia ella esquivando los disparos que sobre ellos caían.

Nika se precipitó cogiendo a Rebecca de la mano y arrastrándola se lanzó tras la mochila. Sentía a sus espaldas las descargas de los coches–aéreos enemigos, arrasando y devastando todo lo que encontraban a su paso. Una fuerte explosión los sacudió, lanzándolos junto a la mochila apenas a un par de metros del vehículo de transporte.


Rebecca gimió por el dolor. Se sentía frustrada y extenuada. Yassu se giró y vio cómo de un par de lanzaderas de asalto se deslizaban al vacío numerosas estrellas de comandos de asalto ataviados con cinturones anti–g. Tomaban posiciones por el perímetro del palacete.


—Esto se pone cada vez peor.


—Una emboscada, estamos perdidos.


—Todavía no, confiad en mí —dijo Demetrius con tal determinación que hizo que Rebecca reaccionara olvidándose de magulladuras y heridas.


— ¡Deprisa, ya vuelven! ¡Moveos, moveos, malditos seáis!


Se alzó y buscó a Nika, arrastrándose tan rápido como podía, camino a la esclusa abierta del vehículo. Varios hombres de Yassu se acercaron para ayudarles. A sus espaldas, Tamínides recargó su arma para repeler la siguiente acometida de los vehículos enemigos y así cubrir su escapada.


Rebecca y Nika penetraron por la esclusa sintiendo cómo alguien desde el interior tiraba bruscamente de sus cuellos. Súbitamente Tamínides se irguió y se abalanzó hacia el único coche–aéreo que quedaba. Rebecca cruzó la esclusa pudiendo ver de refilón el gesto de Tamínides. Se está sacrificando, pensó angustiada.


— ¡No! ¡No, Tamínides! —gritó Yassu.


Se giró para socorrer a su amigo, tropezando y casi cayendo al suelo de no ser por Demetrius que la tomó literalmente de la cabellera y la introdujo dentro del vehículo. No pudo evitar ver cómo Tamínides era alcanzado por la explosión de la nave que acababa de derribar, quedando su cuerpo despedazado.


Varios troncos de la azotea salieron despedidos hasta la terraza de un edificio colindante. Trozos de vigas y piedras fueron levantadas del suelo dejando apenas el esqueleto de un ala completa del hangar. Todo el perímetro había sido devastado. Los hombres de Yassu pronto sembraron una invisible cortina de minas–trampa que les permitiría la huida.


—Ahora —dijo Demetrius pulsando un botón de su teclado de pulsera.


Sintieron el suave siseo del cierre de las compuertas externas. Su nave cambió de dirección y de ritmo. Tomaron altura, girando sobre sí mismos con velocidad. Multitud de levito–minas aéreas se elevaron a sus espaldas desde el suelo. Rebecca vio la marca de Stephan Seberg. Una ráfaga de láser impactó en su costado.


Rebecca sintió en la oscuridad cómo algunos calambrazos, al mover la rodilla le recordaban su herida. Probablemente estaría infectada. Maldijo en silencio su mala suerte. Se golpeó ante un brusco movimiento de la nave, soltando un ahogado gemido…



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