31 de agosto de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (Los Hiberiones. Parte I).



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Capítulo XXXVII
Los Hiberiones (Parte I)

«CUANDO VEO TANTA MUERTE, HORROR Y ABANDONO A MI ALREDEDOR, TODAVÍA ME PREGUNTO CÓMO EL HOMBRE PUEDE SOPORTARSE A SÍ MISMO SIN PERDER LA CORDURA».
CONDE ALEXANDER VON HASSLER.
(MIRANDO MÁS ALLÁ DE LA CARNE)
Parecía un buen lugar para hacer un alto en el camino. A partir del lago se esparcían innumerables tramas de rutas laberínticas y no sería fácil encontrar el camino adecuado para enlazar con la Jungla de Puline. Se acercaban viendo agrandarse sobre las rocas, a aquel gigantesco cono envuelto en silencio. A sus pies, se combinaban con las húmedas brisas, anillos de estanques de diferente forma y color.
A su lado, una portentosa muralla que había conocido días mejores y lo que aún quedaba de una antiquísima civilización que antaño fuera la capital de un Imperio ya desaparecido.
La moto–jet se detuvo y Nika desconectó los motores principales, abrién­dose la alargada y opaca burbuja de protección. Sus cuerpos comenzaron a sentir la hostilidad de aquel lugar. Rebecca descendió del vehículo sintiendo cómo se hundía en las cenizas. Tenía los músculos agarrotados por permanecer mucho tiempo en una misma posición.
Flexionó su cuerpo y estiró los brazos produ­ciendo algunos crujidos. A su espalda, Nika activaba el sistema de camuflaje del vehículo. Rebecca estudió con calma toda aquella petrificada inmensidad. Nada, todo era silencio. Comenzó a andar sorteando las rocas desgastadas de la muralla, buscando el cobijo de la sombra.
Nika la siguió de cerca con su mochila en una mano y en la otra un holoplano. Rebecca se dejó llevar por la irresistible tentación de deambular por las ruinas de aquella misteriosa ciu­dad que en su día debió ser un importante núcleo de comercio. Nika se situó a su lado e hizo una silenciosa seña a Rebecca. Dio dos pasos e inclinándose con especial detenimiento pudo apreciar varias huellas. Rastros recientes de humanos.
—Alguien estuvo aquí, Rebecca, y no hace mucho. Ni siquiera se ha molestado en limpiar su rastro —dijo Nika en voz baja inclinando su dedo índice sobre las huellas mientras sus ojos miraban vigilantes—. No estamos en lugar seguro.
Su mano se deslizó hasta desabrochar una de las dos cartucheras que portaba bajo las axilas, desenfundando una de sus pistolas. La luz de carga parpadeaba con verdosa intensidad. El aire hedía a azufre. La lejanía parecía temblar ante sus cansadas retinas. Rebecca se puso de cuclillas, inspeccionando el suelo. Siguió las huellas y olisqueó el aire esforzándose por identificar algún olor.
Dio unos cuantos pasos más, asomándose a la dentada abertura de una pared de mármol repleta de fisuras. Nika se puso a su lado. No hubo apoyado su pie derecho cuando sus aguzados sentidos vibraron y pudo sentir los latidos del corazón de alguien retrocediendo hacia atrás. Ese alguien los empujó pesadamente, haciéndoles caer al vacío dando volteretas por una sábana de grava, desembocando en una cámara interior.
Rebecca soltó una maldición reprochándose su propia torpeza al no prever aquel falso rastro. Una sencilla trampa había bastado para atraparlos. Sus músculos se prepararon para cualquier acto hostil. Una riada de diminutos cantos de pizarra circundó sus pies. Probable­mente una antigua cámara palaciega, pensó Rebecca tratando de localizar a Nika antes de ponerse de pie.
Este, aún aturdido, desconectó el seguro de su arma. Podía distinguir en la oscuridad ágiles cuerpos tomando posiciones a su alrededor. Con cuánta facilidad nos han cogido. Tan solo han tenido que esperarnos. También él, maldijo su torpeza. Habían sido muy silenciosos. Aquellos rastros de la super­ficie habían sido dejados adrede. Una mera distracción, sencilla y eficaz. Nadie se atrevía a romper el silencio.
Aquellas sigilosas figuras permanecieron durante unos segundos, que a Rebecca se le hicieron eternos, completamente quietos, observándolos. Les apuntaban con rifles de alta precisión, esperando con paciencia. Sabían frenar los segundos de incertidumbre a su favor, sin alterarse lo más mínimo. Experimentados guerreros, pensó con desasosiego Nika.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Rebecca pudo distinguir sus ropas, ¡Hiberiones! Uno de ellos lucía en su brazo derecho un brazalete espi­raliforme. El brazalete de un guerrero de las montañas negras, de un guerrero Hiberion. Llevaba colgado de su pecho dos increíbles colmillos tallados de una pantera dientes de sable. Probablemente cazada por él mismo.
Algo se agitó a su izquierda, otro gesto al frente. Rebecca se concen­tró, controlando primero su pulso, apoyando su espalda contra la de Nika. Sondeando sus respiraciones, contando y localizando el número de siluetas. Una, dos… nueve. Cinco atrás, tras una roca otros seis. ¡Casi treinta! Una amarga aprensión se adueñó de sus intestinos. Se hallaba demasiado débil para luchar.
Nika reguló su arma al nivel de disparo con descargas cortas. Apenas si penetraba desde el exterior una trémula franja de luz, pero pudieron ver el cuerpo de alguien que recortó la entrada con los brazos en jarras.
—¿Quién osa quebrar el sagrado silencio de estas ruinas? Hablad o morid, extranjeros —ordenó aquella figura.
Rebecca se mantuvo inmóvil. A la expectativa. Ganando tiempo. La figura de azulado turbante empezó a descender despreocupadamente, hasta sentir el contacto del sólido mármol. Rebecca distendió sus músculos, alzando en una posición defensiva su pierna izquierda, en un intento desesperado de buscar una posible alternativa de escape. Nika movía lentamente su arma de derecha a izquierda haciendo otro tanto.
Eran demasiados. Rebecca podía sentir una intensa actividad de pisadas a su alrededor e incluso cerca de la entrada. Sin su nueva sensibilidad Itso, sabía que no habría podido oírlo. Eran endiabladamente sigilosos. Su cerebro funcionaba acelerado, buscando posibles alternativas. Si al menos atrapara a su jefe puede que lograra un pacto. Su olfato captó restos de un perfume y la exudación de la figura del turbante.
—¿Es que no habéis oído mis palabras, extranjeros? ¡Identificaos! Estáis en tierra sagrada.
Este es su todrer, su líder. Un líder Hiberion, pensó Rebecca.
—Deponed las armas o…
Las palabras se clavaron en sus oídos, conservando toda su fría calma. Inesperadamente para Rebecca, antes de que pudiera despegar los labios, una voz surgió al otro lado de la abertura con rabioso tono.
—¡Sunas! Maldito seas, Sunas. Diles a tus perros de presa que me quiten las manos de encima. ¡Dejadme, desgraciados! ¿Acaso no sabéis quién soy yo? ¡Sunas! Quitadme vuestras garras de encima u os degollaré con mis propias manos. Malditas panteras de lava.
El hombre del turbante azulado se detuvo contrariado, alzando el mentón y esforzándose por identificar aquella voz profunda y temperamental. Rebecca notó cómo un cerrado grupo de figuras los rodeaban, aproxi­mándose con asombrosa habilidad, husmeando con la punta de sus armas a su inminente presa. Podía sentir el calor de sus alientos. Nika le rozó ligeramente con el codo. Rebecca asintió. Un latido más y saltaría como una flecha hacia el grueso de aquella herradura de cuerpos.
El hombre del turbante alzó una mano. Las figuras se detuvieron en seco, sin bajar la guardia. Rebecca se detuvo también, dudando de que lograran salir con vida de allí. Venderse caro, quizás por una fuerte suma de dinero. Son comerciantes, gente práctica, pensó.
—¡Sunaaaaas!
La figura embozada pareció reconocer aquella voz. Una furtiva alegría iluminó sus pupilas que, inquietantes, lanzaron una profunda mirada a Rebecca, acariciándose astutamente una poblada barba negra. La capacidad mnemotécnica de Rebecca clasificó e identificó el timbre de la voz. Pertenece al agente de Ramsés, Titlomes.
—Sunaaaaas.
Y esa voz es la de Alexia. Su elegante silueta se dibujó en la entrada.
—Cuán oportuna —susurró por lo bajo, Nika.
Su rostro parecía una máscara. Con una mano apuntaba con su arma, con la otra se atusaba el bigote con una despreocupación que despertó varios murmullos de admiración entre las siluetas envueltas por las sombras.
—Quietos, mantenlos quietos. Controla a tus hombres, Sunas. No los toquéis, Sunas ¿No habrás…? —dijo Alexia.
—Poco ha faltado.






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