10 de septiembre de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (Los Hiberiones. Parte II)




Capítulo XXXVII

Los Hiberiones (Parte II)

—Debemos ocultarnos. Demetrius nos quiere en la Jungla de Puline, ¿cuántos hombres?
—preguntó Alexia.
—¿Demetrius? —susurró con cálido respeto, Sunas, estudiando a sus dos prisioneros.
Sunas, la sombra solitaria. Curioso nombre, pensó Rebecca.
—Solo una pequeña partida. Estos que veis aquí y doscientos más.
—Sunas, una noble se halla contigo —dijo Alexia.
—Espero que no… —comenzó a decir Titlomes, nervioso.
—Entonces ocúltanos pronto. ¿Rebecca? —Alexia disimuló mal su ansiedad.
—Aquí estoy.
Alexia espiró el aire, aliviada, quitándose el broche de su capa y tomándola con una mano para descender mejor por el sendero de piedras.
—Menos mal. Llegamos justo a tiempo —dijo Titlomes mientras bajaba, esforzándose por no perder el equilibrio.
—Retira a tus hombres, Sunas. Retíralos antes de que suceda alguna desgracia —exigió Alexia.
—Como queráis, Señora.
Sunas hizo una seña y sus hombres se retiraron a una distancia prudencial. Así que Demetrius tiene alianzas con las tribus Hiberiones. Es bueno saberlo, pensó Rebecca siguiendo con la mirada a Alexia. La mano de Ramsés también se notaba allí. La sola presencia de Alexia y su reconocida autoridad era buena prueba de ello. Los Hiberiones no eran simples piratas, sino comerciantes y curtidos exploradores de aquellas tierras. Solamente se mantenían apartados de los territorios de los Itsos.
Rebecca identificó en la oscuridad a Alexia. Titlomes, el agente de Ramsés, se detuvo a tomar aire. Era más una criatura de ciudad. Les habían seguido y encontrado con asombrosa rapidez. Por supuesto, contaban con un plano idén­tico al nuestro. Aun así, si ellos han podido localizarnos, otros también podrían, meditó Rebecca, inquieta.
Desperdigados focos de luz iluminaron aquella sala amarmolada que en sus buenos tiempos debía haber lucido una incomparable belleza.
—¿Estáis bien, mi Dama? —preguntó Alexia.
—Creo que sí. Afortunadamente nos reencontramos mucho antes de lo que esperábamos
—murmuró Rebecca mirando a Sunas.
—Pericles nos ayudó, nada temáis ahora. Seguidme, os lo ruego.
—¿Nuestro vehículo? —preguntó Rebecca.
—No os preocupéis por él. Mis hombres se encargarán —cortó secamente Sunas.
—Guíanos, Sunas —pidió Alexia con suavidad.
—No os preocupéis, mi Dama, y no nos juzguéis mal. Somos un pueblo hospitalario pese a este malentendido. Comprendedlo, todo anda revuelto última­mente. Corren malos tiempos desde que los imperiales rondan por estas tierras. Que el diablo se los lleve a sus pozos para siempre —terminó por decir Sunas, escupiendo al suelo y dando varias órdenes a sus hombres.
Alexia condujo a Rebecca por una pasarela, adentrándola a un húmedo subterráneo. Giraron por un pasaje. Pudo distinguir a su espalda la inconfundible sonrisa de Nika tranquilizándola. Sunas, encabezando al grupo de escolta, se detuvo ante una pared y oprimió algo en su muñeca.
La pared se desplazó al interior y a la izquierda, mostrándoles unas escaleras que se perdían en la oscuridad. Sunas les invitó a seguirle. Al final de la escalera, un amarillento resplandor les esperaba en lo que, al cruzar la entrada, Rebecca identificó como una sala de té, ornamentada con tapices artesanales, cojines de seda y cesterías confeccionadas con hojas.
A Rebecca le llamaron la atención no solo las vestimentas de aquellos guerreros, sino sus armas. Las leyendas populares de Sillmarem y sus cantares de gesta hacían mención a las armas portadas por los Delphinasills que lucharon en la Guerra del Fuego Negro contra los antiguos Príncipes de Tiran usando armas de luz. Por supuesto, aquello no eran más que leyendas, aunque pudiera ser que no carecieran de algo de verdad. Increíble, flechas de luz.
Desvió su mirada sobre un pequeño que jugaba con un hilo–láser con considerable pericia. Un juguete peligroso para un niño. Un juguete de psicó­patas, pensó Rebecca.









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