27 de mayo de 2009

ESCENAS DE SILLMAREM (Una taza de té. Parte I)







“Una taza de té”.

“Avivar las rivalidades étnicas es una pieza fundamental de mi política, perpetuando así una ancestral costumbre de la vieja Terra-Mater, divide y vencerás. Añadiendo mi toque personal, enfrenta y controlarás”.

Conde Alexander Von Hassler.

(El lucrativo negocio de la guerra)



-Mi buen Mesala, si eres tan amable -dijo el Conde Alexander Von Hassler alargando con languidez su mano, portadora de una taza de té exquisitamente trabajada con ornamentaciones de platino y diamantes.Mesala, el leal senescal del Conde, le escanció, con una tetera a juego con la taza, un refinado té especialmente cultivado en las tierras del sur del planeta Indha, ligeramente espolvoreado con un toque de canela y miel. La predilección por el detalle en los gustos del Conde nunca dejaba de sorprender a Mesala.

La temperatura del agua, la saturación del compuesto, la presión de la tetera o la dosis para la disolución debían contener unas medidas y formas determinadas.
El Conde inhaló con complacencia el suave y penetrante aroma desplegado por el contenido de su taza, apoyando con delicadeza los labios en su borde, y saboreando cada sorbo de su preciado líquido.

Respiró satisfecho, mantuvo la mirada fija por un segundo sobre los etéreos fluidos del vapor, para después posar su mirada sobre un hermoso tablero de ajedrez.

Movió ficha y concentró, de nuevo, su mirada en un opto-buscador de biblioteca. En sí, era un dispositivo tan práctico como sencillo que constaba de un pequeño disco, no mayor que el tamaño de un botón, que se situaba en la sien y que, a su vez, conectaba directamente con el nervio óptico del lector, permitiéndole leer y buscar contenidos a una media de mil páginas por minuto.

Utilizado por un espacio de tiempo muy prolongado solía provocar dolor de cabeza. No obstante, el Conde había desarrollado su propio sistema de tal manera que cuando un tema, sección o imagen despertaba su interés, aminoraba su capacidad de lectura y procesamiento y cuando el contenido le era indiferente aceleraba su ritmo lector.

Mesala hizo un nuevo movimiento sobre el tablero de ajedrez, una auténtica obra maestra tallada en Indha. El Conde alzó la cabeza y observó el tablero. Mesala le estaba ofreciendo un cambio de ficha que él aceptó. Mesala volvió a mover requiriendo, de nuevo, la atención del Conde.

Su capacidad de concentración siempre sorprendía a Mesala. Esta vez el Conde movió girando la cabeza con una furtiva sonrisa.-Jaque mate. Esta partida es mía, querido Mesala.

Mesala arrugó el entrecejo, perplejo, y no tuvo más remedio que admitir su derrota con un pequeño gruñido, empujando su rey con la yema del dedo hacia delante en señal de rendición. El Conde tomó otro sorbo de té, sonriente.

–No desesperes, puede que me ganes… algún día. Persevera pues, como yo lo estoy haciendo ahora para alcanzar la victoria sobre mis confiados rivales -murmuró el Conde reiniciando la lectura con una sonrisa que no presagiaba nada bueno para sus enemigos.

-Mi Señor, deberíais descansar -aconsejó Mesala con preocupación, ofreciéndole más té.

-No puedo, ahora menos que nunca Mesala. Tengo que encontrar la localización de Sillmarem. Llevo demasiado tiempo planeando todo al detalle como para fallar ahora. No volveré a cometer los errores del pasado. No permitiré que vuelvan a vencerme esos malditos críos -siseó el Conde con gesto amenazador.

-Ya son hombres hechos y derechos -señaló Mesala limpiando una gota derramada del platillo de su taza de té, con suma discreción.

-Lo que sean -refunfuñó el Conde.

-Pero Señor, debéis estar descansado para atacar. Además, si todo sale bien no será necesario encontrar Sillmarem, el Imperio será nuestro, quizás negociando…

-¿Nuestro?

-Quise decir vuestro, mi Señor.

-Eso está mejor -dijo el Conde-. Si mi risueño primo accede al trono será nuestro final. Él ha sido educado al estilo de los Sillmarem, convirtiéndole, con sus empalagosos principios, en un ser bondadoso y débil, y eso es un desperdicio, una auténtica aberración para nuestro gran Imperio. Si le nombran Imperator será un pelele a las órdenes de Valdyn, el Señor de Sillmarem, y sus malditos Delphinasills. Mi querido tío estaría abochornado al ver en que ha degenerado Ravalione. Hace falta alguien con mano firme para gobernar este Imperio. Es increíble lo que ha sucedido en solo una década.

-Lo sé, Señor -asintió Mesala, respetuoso.

-Han pasado diez años desde que Rebecca Sillmarem robara el Libro Oscuro con mi fórmula, ¡la fórmula que yo creé! Un elixir que proporciona la eterna juventud y unos poderes increíbles. Diez años ya desde que Valdyn y sus amigos, solo unos críos por aquel entonces, la ingirieran logrando lo impensable.

-Al menos comprobamos que la fórmula era un éxito -señaló Mesala.

-Es verdad Mesala pero, ¿de qué nos sirvió? No solo adquirieron extraordinarios poderes, sino que lograron vencer a mi tío el Imperator en su palacio, en una fortaleza que hasta ese momento era considerada inexpugnable.


-Tuvieron la osadía de juzgarle, arrebatarle el Imperio, e incluso ejecutarle ante nuestras propias narices y… ¿para mí? El exilio. Qué gran error. Yo en su lugar nunca me habría dejado con vida. Eso es algo que pagarán caro -dijo el Conde, sonriente-. Además, ¿qué han obtenido con todo esto? Diez años de paz, una paz tan ilusoria como precaria.

-También detuvieron la guerra de conquista de nuestro difunto Imperator -murmuró con mucho tiento Mesala, consciente de que pisaba un terreno peligroso para su salud.

-Cuando es cierto, es cierto. Ahora fíjate, Rebecca Sillmarem se ha visto obligada a regentar un Imperio que no quiere, la nobleza imperial no deja de complotar e intrigar contra ella, ¡hasta han intentado atentar contra ella! ¿No ves cuánto caos ha provocado esta situación? -dijo el Conde girando la cabeza, incrédulo.

-Algo muy lamentable -asintió Mesala con prudencia.

-Son unos incompetentes, y si no fuera porque me beneficia, actuaría al respecto. Incluso algunos generales de sector tienen sus propias aspiraciones al trono, como si tuvieran derecho a acceder al poder. Este desorden solo acabará cuando consiga hacerme con el poder.

-Rebecca no podrá soportar la presión durante mucho tiempo -corroboró Mesala.

-Ahora mismo nuestro Imperio es un gigante sin cabeza que lo controle, y destrozará cualquier cosa a su alrededor si se desploma. Falta poco tiempo para la coronación del Príncipe Umasis, una coronación que no debe llevarse nunca a cabo -señaló el Conde tomando otro sorbo de té, distraído.

-Mi Señor, Rebecca y el Príncipe podrían verse envueltos en algún tipo de desgracia -aconsejó Mesala.

-Esa es una opción a tener en cuenta. Veo que jugar al ajedrez agudiza tu ingenio, querido Mesala.

-Gracias, Señor –respondió el senescal con orgullo.

-Si el Imperio reconoce la legitimidad de mi primo, que ha sido educado en los principios de los Sillmarem, con la máxima del respeto a toda forma de vida, estaremos perdidos. Es una verdadera lástima. Al pobre muchacho no solo le han lavado el cerebro, sino que también han eliminado su espíritu convirtiéndolo en un ser tan carente de carácter como una calabaza de Invenio. Sería nuestro fin, tengo que actuar.

-Sugiero un accidente discreto, en un transporte quizás -dijo Mesala.

-¡No! llegado el momento ambos serán ejecutados, tienen que pagar por pretender usurparme lo que me pertenece por derecho. Además, deben saber que hay una diferencia entre aprender un principio y ponerlo en práctica. Una cosa es el respeto a toda forma de vida, y otra muy distinta es proteger tal principio. Han sido educados para respetar, pero no para proteger tales principios. Sé que no están preparados para la guerra, y ese es un error que lamentarán en no mucho tiempo.

-Mi Señor con sus poderes… no debemos olvidarnos de sus poderes.

-Pueden ganar batallas, pero no guerras -dijo muy seguro de sí el Conde.

-Aun así no debemos subestimarlos, ya nos vencieron una vez.

-No nos vencieron, nosotros perdimos, hay una diferencia. Nos confiamos.

-Aun así, mi Señor, no es conveniente tropezar de nuevo en tales errores de apreciación -añadió Mesala haciendo de abogado del diablo.

-Lo sé, Mesala. Por eso esta vez calcularé todas las variables. Tienes que tener en cuenta que la mayoría de las personas habla con ligereza sobre la guerra, ignorando lo que significa. Violaciones, crímenes, abusos, torturas, hambre, enfermedad y muerte por doquier. Un buen militar jamás quiere la guerra porque sabe lo que es y lo que supone, el fin de todo.

-Pero los Delphinasills participaron en la batalla crepuscular.

-Únicamente en el palacio. Solo su Comandante Lakota está capacitado para dirigir una fuerza armada interplanetaria. Debemos tener cuidado con él.

-No hay que olvidar a los Rebelis de Asey y a los Homofel de Navinok, mi Señor.-No tengo intención de olvidarles. Es más, es probable que formen una parte importante de mi plan. Hasta entonces hay que centrarse en lo prioritario, encontrar Sillmarem cuanto antes. En cuanto lo encuentre, recuperaré mi elixir, y entonces ya nada me detendrá -respondió el Conde concentrándose en su mesa de estudio.












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