13 de mayo de 2009

ESCENAS DE SILLMAREM (El hijo de Rebecca)






 “El Hijo de Rebecca”.


“La crueldad de la violencia premeditada es una valiosa arma al servicio del poder. La ciencia, la economía y la cultura pueden llegar a ser instrumentos para potenciar su rendimiento”.


Conde Alexander Von Hassler.

(El arte de gobernar).



CAPITULO III. “El hijo de Rebecca”.

Llovía; espesas cortinas de lluvia azotaban los techos de Ravalione, capital del planeta Ákila, corazón del Imperio de las dos águilas de platino. Largas raíces de electricidad cruzaban el firmamento cual grietas de luz en la oscuridad. A través de los jardines de la fortaleza imperial, Rebecca, actual regente del Imperio, corría furiosa en pos de unos intrusos.

No sabía quiénes eran, poco le importaba, aunque estaba segura de que le devolverían a su hijo. Los quería vivos, después… ya vería lo que haría después. Portaba en una mano un subfusil de asalto, y en su corazón puro odio.

No muy lejos, a sus espaldas, los Xiphias cedidos por su tío, Miklos Sillmarem, trataban de protegerla corriendo desesperados, aunque Rebecca sabía que los Homofel, especialmente escogidos por Navinok, que corrían a su alrededor aguardando cualquier orden suya, eran los que mejor podían ayudarla en ese momento. Le daban seguridad en una ciudad en la que nada había seguro.

Lo que más le preocupaba era saber cómo habían logrado penetrar en sus aposentos, secuestrar a su hijo y superar todas las medidas de seguridad de la fortaleza incluyendo sus cien niveles interiores.

Los cinco círculos de la fortaleza habían cambiado de posición, las salidas y entradas habían sido selladas, nuevos precipicios se habían abierto, y los fosos estaban llenos de agua con animales venenosos. Quienes habían logrado tal hazaña debían conocer con precisión los holoplanos de la fortaleza.

Todo ello inducía a pensar en una traición desde palacio, pero no estaba segura ya que aunque algunos estaban siendo localizados, otros habían tomado una ruta alternativa de escape, demostrando ignorar dichos conocimientos.

Eran éstos los que se llevaban a su hijo pequeño. El barro le hacía más pesada la marcha, y Nika, su marido, no dejaba de llamar a su intercom de pulsera. Debía estar tan desesperado como ella.

Los intercambios de disparos y fogonazos se confundían con los ruidos de la tormenta; coches-aéreos con el emblema de Sillmarem levitaban con potentes focos rastreando los alrededores; por un momento, un círculo de luz se posó circundando su cuerpo.

Rebecca, con un gesto, les ordenó que avanzaran sin pausa mientras las olas rompían con furia en el puerto de la fortaleza imperial y el viento agitaba furioso el ramaje de los árboles.

Se hacía una idea de la causa por la que habían secuestrado a su hijo. Lo usarían para obligarla a ceder el poder y librarse del heredero de Viktor Raventtloft I, el Príncipe Umasis, retomando así las riendas del poder del Imperio. El acoso al que la venían sometiendo las intrigas de la nobleza imperial no había cesado desde su llegada a Ravalione, pero, sin duda, esto superaba los límites de lo que era capaz de soportar.

No muy lejos de Rebecca seguían corriendo, acosados por sus Homofel, los intrusos. A la zaga, otros tantos cuerpos con los azulados uniformes de los Homofel iniciaban con ellos una lucha cuerpo a cuerpo. Siete figuras humanas con morfología algo distinta, cubiertos por extrañas armaduras oscuras, luchaban con violencia. Tal como había sospechado Rebecca, debían ser muy peligrosos para atreverse a luchar contra sus Homofel.

A sus espaldas, una escuadra de Xiphias tomaba posiciones mientras una patrulla de Homofel, en frenética y salvaje persecución, pisaba los talones a varios de los fugitivos que habían logrado penetrar y superar las defensas de la fortaleza imperial. Permanecían con vida corriendo hacia el este, entre la lluvia, atravesando los bosques imperiales; gritos de muerte desgarraron la noche.

Rebecca ya no era una muchacha; había pasado de ser adolescente a mujer en un proceso profundamente doloroso; se negaba a ser sometida por el Imperio y sus intrigas. Era una constante lucha por sus valores, la supervivencia y la independencia, en un mundo donde prácticamente se carecía de ética.

Se había convertido en mujer sin apenas ser consciente de ello, y ahora veía con los ojos de la experiencia un mundo distinto, con mucho, de lo que había dado por sentado de niña. El presente y su cambiante realidad parecían ser un constante desafío para sus recuerdos, su valor y su cordura, más crudo de lo que había esperado que fuese nunca.

Seguía corriendo desenfrenadamente, con la garganta seca y la lengua pastosa. Corre maldita sea, ya falta menos. Vamos, hazlo por él. Es tu hijo, se decía a sí misma Rebecca mientras avanzaba a gran velocidad. El cansancio parecía agobiarla y perseguirla con implacable tenacidad en una batalla que ganaría en breve tiempo, aunque no sabía cuánto; las rodillas le dolían.

Al ver las primeras señales de fuego recordó la casa de su padre, el Archiduque de Portierland, en llamas. Podía ver a su padre con los ojos enrojecidos y el hollín en sus arrugas. Le había salvado la vida de perecer torturada a manos de los Casacas Negras del Imperator, antes de morir asesinado por una Walkiria imperial.

El recuerdo de la lenta, susurrante y profunda voz de su padre la hizo estremecerse con dos resonantes palabras que martilleaban su memoria sin compasión: "Han muerto". Su familia había sido asesinada.

Desde su adolescencia no había oído a nadie, más que a él, hablar la lengua del spangle con tanta elegancia. El spangle era una galacto-lengua, una mezcla evolucionada del antiguo español e inglés, cada vez más utilizada en todo el universo como lengua oficial.

Si alguien quería hacer cualquier transacción comercial, le era imprescindible hablarlo con fluidez, exceptuando el Imperio, naturalmente. En Sillmarem, el spangle era la lengua oficial junto al grecan, un griego evolucionado, y el latinnova, un latín también más moderno.

Las palabras se negaban a huir de su memoria, "han muerto". Un latigazo de dolor le sacudió el alma. El sonido de sus Homofel hizo que su corazón se sobresaltara haciéndola abandonar sus recuerdos. Tenía que dosificar sus energías como le habían enseñado sus instructores en Marelisth, Thenae y Portierland.

Fijó la mirada en el suelo mientras saltaba un arbusto espinoso; la mayoría de la vegetación del bosque imperial era venenosa, eso le había dicho o, más bien advertido, su marido, Nika.

Rebecca y sus Homofel salieron de las sombras a un pequeño claro empantanado; bajaron a grandes saltos por un inclinado terraplén, frenando con los talones y casi trastabillando por el exceso de velocidad; volvieron a tomar impulso en un pequeño montículo con un par de zancadas; una ráfaga de disparos zumbó sobre sus cabezas; Rebecca cruzó uno de los últimos jardines corriendo con la reserva final de energía que le quedaba; pasó justo por debajo de un granítico arco escoltado por dos gárgolas de piedra situado a la entrada del mismo que, como ángeles guardianes, la invitaban a entrar a su reino vegetal.

-No voy a perder a mi hijo, no voy a perderlo –murmuraba.

Con gesto brusco apartó una rama, notando una punzada de insoportable dolor en su brazo derecho. Varias espinas se habían incrustado en su hombro, enterrándose más a cada movimiento, desgarrándole el músculo. Soltó un pequeño gemido, se percató de cómo el veneno penetraba en la sangre y le adormecía parte del brazo, sintiendo que le hormigueaban hasta las yemas de los dedos.

Para colmo de males, a cada latido de corazón el veneno se expandiría más. El dolor, el dolor, maldijo con irritación.Intentó recuperar algo de calma con poco éxito. Su estado era deplorable. Debía hacer un esfuerzo final para dominar su calvario o tanto sacrificio se perdería en el amargo fruto del fracaso. -Ya está bien. Empecemos desde el principio.

Rebecca solía necesitar solo unos segundos para prepararse y entrar en trance de autosugestión. Tomó aliento profundamente utilizando, por unos instantes, el propio movimiento mecánico de la carrera como guía para su auto-hipnosis.

Casi instantáneamente, se redujo el ajetreo de su cerebro; controló su pánico reduciéndolo a un nivel de temor-alertivo, dominable; aguardó a que los efectos de su bloqueo mental terminaran por disiparse volviendo entonces a concentrarse en la persecución con la facilidad que le otorgaba la práctica.

Se concentró con todo su ser en un esfuerzo consciente, en un único acto de voluntad que la proyectaba hacia su consciencia interior a la vez que su cuerpo seguía moviéndose, esquivando instintivamente los diferentes obstáculos del camino con una concentración total que desechaba todo pensamiento de victoria o derrota.

Únicamente pensaba en seguir desplazándose coordinadamente a un mismo ritmo, ignorando los terribles abismos-trampa que circundaban la fortaleza imperial. Su percepción interior la hacía verse corriendo como una inteligencia inmaterial con un único objetivo, su hijo.

Sus Homofel corrían con los ojos fijos en las altas figuras de sus víctimas. De repente, el último intruso del grupo cambió de dirección separándose de sus camaradas.

Manteniéndose inclinado y aprovechando las ventajas que le daban los accidentes del terreno, se metió en un pequeño riachuelo y fue durante unos segundos zigzagueando y cruzándolo en diagonal mientras daba tiempo a sus compañeros para escapar. Sabía que no debía caminar demasiado por el agua puesto que eso le hacía ser mucho más lento, por lo que pronto volvió a adentrarse en las espesas arboledas del bosque.

Antes de que pudiera reaccionar, un Homofel le cerró el camino y diez más lo rodearon, así que sintiéndose acorralado, y habiendo sido entrenado para actuar como un asesino, el fugitivo se abalanzó hacia ellos en una embestida brutal.

Dos Homofel fueron lanzados contra un árbol con una fuerza superior a lo que se esperaban; otro Homofel se lanzó sobre él, saltándole encima con las garras retráctiles desenfundadas; el fugitivo se arrojó al suelo, giró hasta que estuvo sobre el Homofel y lo inmovilizó sacando, a su vez, un pequeño arco de luz roja que le seccionó el cuello; volvió a iniciar la carrera tan rápido como pudo, titubeando, hasta que otro Homofel logró darle alcance cortándole los tendones de los tobillos.

El resto de Homofel lo rodearon con presteza pero, para su sorpresa, aquel extraño guerrero se desintegró dejando solo cenizas y un fuerte olor a quemado. Rebecca fue informada al instante y no le gustó nada. Están dispuestos a morir con tal de cumplir su misión. Malo, muy malo.

Era una persecución sin tregua. Las narices de los Homofel buscaban el cálido y sudoroso rastro de los demás fugitivos que escapaban corriendo. Husmeaban los caminos del bosque, captaban los olores naturales del cuerpo como una perfecta huella para sus aguzados olfatos. El jabón, los desodorantes o cualquier droga que estuviera en su organismo se convertían en un detector invisible que delataba su posición.

Cuando los fugitivos caminaban sobre la hierba o a través de la maleza, rompían ramas y arbustos que mostraban el camino que debían seguir los guerreros de Navinok. Más disparos, más bajas, más intrusos que se desintegraban. El penúltimo fugitivo atravesó el patio de otro jardín con ligereza; bajó volando la escalera guiándose por su vista nocturna llegando a una explanada; atravesó con furia una puerta vegetal repleta de enredaderas, y cayó fulminado por un disparo láser, desintegrándose al instante.

El último y oscuro guerrero superviviente giró la cabeza viendo a uno de los Homofel acercarse por un lado y, sin pensárselo, le disparó con un extraño arma en forma de hache un certero tiro en la cabeza, haciendo que el Homofel se desplomara.

Fugazmente, en el momento en que otro Homofel saltaba para matarle, el fugitivo saltó y se agachó rodando sobre sí mismo, sacó una barra cilíndrica de una abertura camuflada en su muslo derecho, y oprimió lo que parecía ser un pulsador dactilar provocando que la barra se estirase y desplegase de sus extremos dos cuchillas de doble filo muy alargadas con la forma de un triángulo.

Al voltearla a modo de hélice, creó un invisible círculo defensivo para mantener a raya y dispersar a los demás Homofel. Se volvió contra sus atacantes ampliando su fulgurante ataque, eliminando a continuación a un par de Homofel que, cayendo desplomados, interrumpieron el ruido de la lluvia nocturna con el crujir de mandíbulas fracturadas y cuellos seccionados.





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